Al bueno de Mohamed VI le ha vuelto a salir un forúnculo en el mismísimo. Se trata del Partido Nacional Rifeño (PNR) que, desde Argelia, vuelve a ondear la bandera de la República del Rif, esa que ondeara de 1921 a 1926 gracias a Abd el-Krim tras pegarnos una paliza en Annual. El cadí rifeño, formado en España, desató la Guerra del Rif (1909-1927) para liberar a su tierra del yugo colonial (Marruecos ni siquiera existía entonces). Solo cuando Abd el-Krim sacudió también a los franceses en la Batalla de Uarga, éstos se decidieron a montar una coalición para acabar con él que se materializaría en el desembarco de Alhucemas (1925) que pondría fin a dicha rebelión.
El Tratado de Fez (1912) alumbró dos protectorados. Para España la parte cutre y peligrosa, el Rif, dejando a Francia la parte mollar al sur. El montañoso Rif, encajado entre el Mediterráneo, el Atlántico y los ríos Wergha y Muluya, está habitado por bereberes que hablan tarifit, no árabe, organizados en cabilas que siempre han ansiado su propia autonomía y que nunca han reconocido, políticamente, más autoridad que la suya. Entonces, España pudo haber impulsado esa autonomía dando lugar a una República del Rif asociada. De haberlo hecho, ahora no tendríamos el problema del ‘Gran Marruecos’ que amenaza nuestro territorio nacional.
El desastre de Annual
La cagamos. Quisimos imponernos por la fuerza y, en 1921, las cabilas de Abd el-Krim, con tres mil efectivos, nos hicieron más de diez mil muertos y prisioneros en el llamado ‘Desastre de Annual’. Esa victoria aplastante trajo consigo la proclamación de la República Confederal de las Tribus del Rif que, ahora, quiere recuperar el PNR. La Sociedad de Naciones, hoy como entonces en manos de las potencias mundiales, no hizo ni caso y España perdió la oportunidad de ganar un aliado estratégico en el sur. Con visión de futuro, habríamos dinamizado esos deseos de autonomía e independencia del Rif –Abd el-Krim llegó a aceptar que el Rif fuera un territorio autónomo no independiente– y ahora no tendríamos enfrente al Marruecos que conocemos (sería la mitad y, seguramente, el socio de los yanquis sería el Rif por su posición estratégica sobre el Estrecho de Gibraltar).
Al no hacerlo, el nacimiento del Reino de Marruecos en 1956 sumó ambos protectorados creando un enemigo fronterizo que, desde entonces, no para de complicarnos la vida. No obstante, el Rif nunca quiso formar parte de Marruecos. Volvió a rebelarse en el 58 para ser nuevamente aplastado en el 59. Desde entonces, sus pobladores son tratados como súbditos de tercera. Su lucha, hasta ahora, ha sido más que nada social, buscando la equiparación con otras zonas del reino. Empero como la represión continúa, en 2021, coincidiendo con el centenario de la República proclamada por Abd el-Krim, el PNR volvió a enarbolar la bandera independentista denunciando una verdad indiscutible: que “Marruecos es un país que no conoce el respeto a las fronteras y está gobernado por una banda”, aunque se defina como una monarquía constitucional. ¡Joder, como nosotros!
El Partido Nacional Rifeño
El PNR tiene declarado que “las fronteras de la futura República del Rif no incluyen Ceuta ni Melilla”, ya que nunca formaron parte de esa república en 1921. Señalan, con inteligencia, que “a España le interesa un Rif independiente”. Un socio fiable en el norte de África frente a las ansias expansionistas de Rabat. Convengo con ellos. Aunque su sueño de independencia esté en pañales, creo que es una causa digna de ser sostenida por España. Basta de hacerle el caldo gordo a Marruecos. La mejor cuña es siempre la de la misma madera. Necesitamos como el comer un socio en el norte de África que nos guarde las espaldas, tanto a nivel de inmigración como de narcotráfico.
La República del Rif es parte de la solución a nuestros problemas en el sur. Deberíamos apoyar a los partidos que la incorporen a su programa electoral. Deberíamos reescribir nuestras relaciones con todos nuestros socios y reclamar un trato recíproco. No podemos cambiar la política exterior cada vez que cambia el gobierno. Los ingleses ya lo explicaron hace mucho tiempo: «No tenemos aliados eternos, y no tenemos enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y nuestro deber es vigilarlos». (Lord Palmerston dixit). Tomemos buena nota.
