Habitualmente abordo todo tipo de temas y asuntos que me parecen de importancia o al menos aquellos en los que creo aportar un punto de vista que anime a la reflexión. Ya he pasado por muchos temas, pero hoy toca hablar del sector en el que últimamente desarrollo la mayor parte de mi profesión actual y de mi proyecto personal. Por supuesto, no haré promoción de mi empresa, pero sí me parece apropiado hablar de los problemas que afronta el sector del turismo en España. Un sector que mueve casi el 13% del PIB y se sitúa como el principal motor de la economía nacional.
Desde hace bastantes décadas el turismo en España se mantiene como uno de los grandes generadores de riqueza y sostiene buena parte del empleo del país. Recuerdo cuando era un joven y empezaba a relacionarme con personas de otros países, el orgullo que sentía al escuchar cómo se reconocía internacionalmente a España por su calidad turística, por la atención que le dábamos a nuestros visitantes y especialmente por la excelencia mostrada en todas las actividades relacionadas con el sector.
Los bares y restaurantes estaban gestionados y operados por profesionales de primera fila. Camareros de profesión que con orgullo habían atendido a varias generaciones de la misma familia, desde la juventud hasta la edad adulta, haciendo del bar una extensión de la propia casa.
Establecimientos hosteleros para sentirse como en casa
Recuerdo el asombro de extranjeros que en su primer día llegaban al bar a desayunar; un par de días después ya les preguntaban si de nuevo querían lo mismo y a la semana sólo bastaba una mirada y una sonrisa para que sin mediar palabra, encontraran en la barra la selección que alegraba su desayuno.
Incluso conocían las variables que preferían sus clientes de acuerdo al tiempo o al día de la semana. En invierno era habitual añadirle al café un poco de ánimo para mitigar el frío y al llegar el fin de semana el desayuno especial, se solía disfrutar mientras se ojeaba pausadamente el periódico.
Hoy en cambio, un buen porcentaje de nuestros bares de barrio tienen ese aséptico aire de local “fast food” con su diseño homogéneo sin señas de identidad donde los camareros rotan regularmente y te atienden de forma estandarizada. Da lo mismo que lleves dos años tomando el mismo café; cada día te seguirán preguntando cómo te gusta la leche. Pero no podemos quejarnos ya que en esos casos no hay un profesional al otro lado de la barra. Habitualmente te atenderá algún joven que haya aceptado ese trabajo hasta que encuentre algo más acorde.
El cambio de paradigma
Lo que no es fácil de encontrar es alguien joven que quiera dedicar su vida a la hostelería, excepto los que sueñan con ser “chef”, sin pasar el trabajo de ser cocinero. Ahora todos los que se meten en la cocina son “chefs”, aunque casi nadie sabe hacer unas lentejas. Eso sí, les verás muy arreglados y mostrando sus tatuajes mientras hacen todo tipo de platos desestructurados y encapsulados, o preparan un capuccino adornado con dibujos y filigranas sobre la espuma.
En aquella España de referencia turística teníamos una estructura de transportes que era la envidia mundial. Los más modernos trenes de alta velocidad, una red de carreteras que se las veía de tú a tú con las de Alemania y transportes urbanos a un nivel de calidad único en el mundo. Tal vez no teníamos el esplendor del metro de Moscú o el encanto del de París, pero nuestro metro de Madrid llegó a tener más ascensores que las grandes redes de las capitales europeas y estadounidenses juntas.
Hoy no creo que necesite opinar sobre la situación de nuestros transportes públicos. Ya se miente demasiado cada día en los medios de comunicación.
Pero lo que más me duele es la dinámica que mostramos hacia los turistas. Visitantes que llegan ansiosos de aligerar sus carteras en nuestros comercios y se encuentran con respuestas de maltrato. Les agobiamos con tasas impúdicas, e incluso les enfrentamos a la muchedumbre que les insta a marcharse, expulsándoles de las terrazas e increpándoles por haber elegido libremente hospedarse en una vivienda convencional.
¿Estamos locos o qué nos pasa…?
Cualquier lugar del mundo soñaría con tener casi cien millones de turistas al año y nosotros arriesgamos una de nuestras principales vías de negocio por unas políticas estúpidas que se deciden de acuerdo a intereses particulares y que parecen trabajar para hundir poco a poco nuestra economía.
Evidentemente la estacionalización es un problema. Es cierto que un gran porcentaje de viajeros quiere ir a los mismos lugares en las mismas fechas y eso inevitablemente genera conflictos, pero es ridículo pensar que con tasas y medidas coercitivas vamos a conseguir que alteren sus agendas y lleguen a destinos menos conocidos en las fechas más convenientes. Con esas medidas nunca encontraremos una solución.
Si alguien quiere venir diez días a España de vacaciones, no se va a echar atrás porque le pongamos tasas en aeropuerto, crucero, hotel o cualquier servicio que se les ocurra a las brillantes mentes de nuestros políticos.
Nadie va a cancelar un viaje por esas minucias, proporcionalmente hablando, pero sí van a conseguir que la sensación que se lleven sea la de “no nos quieren aquí”. ¿Qué otro sentido puede tener que les cobremos de más sólo por el hecho de elegir nuestro país para gastarse sus ahorros?
Y ya ni hablamos de en dónde se revierte ese dinero recaudado. Por supuesto, no tengo constancia de que vaya a medidas que solucionen el problema por el cuál supuestamente se cobran y mucho me temo que se destina a causas más turbias.
No podemos maltratar al sector turístico y soñar con un servicio de excelencia. Antes la excelencia y el placer de hacer bien las cosas se filtraba en cada proceso, independientemente del coste del servicio. Hoy, sólo el lujo se permite mantener la calidad y estamos convirtiendo a nuestro país en un destino exclusivo para quienes estén dispuestos a pagar el peaje.
O cambiamos de estrategia, o los viajeros cambiarán de destino.
