VIOLENCIA: ARDE BARCELONA

La ciudadanía asiste atónita a los graves disturbios que se están sucediendo en Barcelona durante las protestas en favor de la libertad del rapero Pablo Hasél. Desde hace días y en directo por televisión los manifestantes han destrozado comercios, cajeros y mobiliario urbano con total impunidad. La violencia lejos de diluirse, aumenta cada día con lamentables escenas como la de una joven rociando gasolina y prendiendo fuego a un furgón de la Guardia Urbana con un policía dentro. El resto de la manada jalea al “héroe” mientras que afortunadamente el policía logra escapar ileso del vehículo. 

¿LIBERTAD DE EXPRESIÓN?

Las protestas de estos jóvenes radicales son convocadas en razón de una supuesta falta de libertad de expresión en España. La Constitución de 1978 en su artículo 20 consagra este derecho fundamental en línea con las legislaciones de los países democráticos de nuestro entorno. No obstante, este derecho (como el propio artículo 20 señala) no es un derecho absoluto. El límite lo fijan los ataques a otros derechos fundamentales, especialmente cuando se atenta contra el honor de otra persona o se incita al odio y la violencia.

Es precisamente en base a esta excepción por la que el rapero Pablo Hasél ha sido condenado. Opinar no es delito en nuestro país, pero incitar al odio sí. “Àngel malnacido, te mereces un tiro, te apuñalaré, me has arruinado, te arrancaré la piel a tiras”, “No me da pena tu tiro en la nuca, socialisto”, “Merece también un navajazo en el abdomen y colgarlo en una plaza” son algunos de las decenas de mensajes por los que ha sido condenado.

¿Cómo responde un estado democrático a esta violencia extrema? En primer lugar debe producirse la condena del Poder Ejecutivo como máximo administrador de la voluntad popular que es inequívocamente pacífica.  Esta condena debe ser inmediata y rotunda. No caben esperas ni peros ni excusas. Los titubeos de algunos gobernantes y partidos a la hora de condenar, no hacen más que dar alas a los violentos y denigrar el papel de nuestros gobernantes y nuestras instituciones. La violencia nunca está justificada y en esto estamos de acuerdo la mayoría.  

En segundo término ¿cuál es el papel de la Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado? La misión principal de Policía Nacional, Mossos y Guardia Urbana es proteger los derechos y libertades y mantener la seguridad pública. Esa seguridad pública está siendo puesta en jaque cada día en Barcelona con ataques a bienes y personas que son intolerables en democracia. La respuesta debe ser contundente por su parte.  

El apoyo total a las F.C.S.E por parte de la población es un hecho. La policía democrática está para proteger al ciudadano y no caben menosprecios ni dudas sobre su buen hacer. Cuando un grupo reducido de violentos quebranta la convivencia, es su obligación restituirla con toda la legitimación que la ley le confiere.

VIOLENCIA JUVENIL

El hecho de que muchos de los detenidos por estos incidentes sean menores, pone encima de la mesa una realidad que no por invisible debería dejar de preocuparnos como sociedad. ¿Qué lleva a decenas de jóvenes a realizar estos actos vandálicos? ¿Qué o quién provoca que parte de las futuras generaciones crezcan odiando? Y lo peor de todo y la gota que colma el vaso ¿cómo pueden transformar ese odio en destrucción de una manera tan vil y continuada?

La adolescencia y la juventud son etapas que los que ya hemos vivido sabemos difíciles, pero resultaría lamentable reducirlas a la violencia y al vandalismo como única vía de escape. Las instituciones y la sociedad civil debería mirar con preocupación el fenómeno de la violencia juvenil que sigue creciendo. Además lo hace desigualmente en función de los territorios. Está claro que Cataluña tiene un problema, como lo tuvo y ahora en menor medida sigue teniendo el País Vasco.

No dejemos a nuestros jóvenes crecer en el odio y el sectarismo. En España sabemos mejor que en ningún sitio lo que trae el odio y la violencia. Vivimos una deplorable Guerra Civil que dejó miles de muertos, una sociedad dividida, antidemocrática y que nos acarreó un retraso de años. Si muchos años después salimos de aquel trance fue gracias al entendimiento y a la palabra. Hagamos uso de ella para hacer valer nuestra libertad de expresión, pero sin dejar que el germen del odio y la violencia crezca en nuestros jóvenes. Eduquemos en el respeto a los demás, porque respetar a los demás es respetarse a uno mismo.


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