UNO Y UNO PUEDEN SER CUATRO

Salir por la mañana temprano en esta ola de calor, es algo a lo que me he acostumbrado últimamente. Cuando salgo de casa pienso que habrá poca gente por la calle pero no, es la hora de salir a pasear con el perro porque hace menos calor, a hacer deporte o simplemente a disfrutar de una temperatura agradable por la mañana temprano.

Suelo hacer el mismo recorrido todas las mañanas y casi siempre me encuentro con la misma gente pero hay una persona que me intriga cada día. Va caminando, gesticulando y hablando solo. Claro que ahora ver hablar a alguien no es extraño. Con los auriculares puestos cualquiera puede ir hablando con el móvil mientras camina. Bueno con auriculares o a voz en grito, esa especie de moda que se ha impuesto entre la gente de hablar como si estuviera en la barra de un bar, mirando el teléfono. Y así te vas enterando de las conversaciones más inverosímiles. 

Pero volviendo a aquella persona que habla sola. El otro día justo cuando estaba pasando por su lado, se me desató el cordón de la zapatilla. Entonces me fijé que no llevaba auriculares y tampoco el móvil en la mano pero él estaba hablando con alguien. Me quedé intrigada. Mi curiosidad siempre me puede y como el que no quiere la cosa, le pregunté la hora para entablar una conversación y así satisfacer mi curiosidad. 

El hombre se paró, miró su muñeca y como no llevaba reloj, preguntó al “aire” si sabía qué hora era. Al segundo me dijo la hora y siguió caminando. Yo le paré y le pregunté cómo había sabido la hora si no llevaba reloj ni había mirado el móvil. Me contestó que su amigo se lo había dicho. “Su amigo ¿dónde está?”, pregunté. Me sonrió y dijo: “Aquí, a mi lado”.  Y yo me quedé con dos palmos de narices pensando que o estaba ciega, o el hombre estaba loco. Él siguió su camino y yo el mío. Mientras caminaba me quedé pensando en las películas en las que hablan de los amigos imaginarios que tiene un niño.

O los que ven personas, oyen voces e interpretan la realidad de manera anormal. Como en la película “Una mente maravillosa” donde el matemático John Forbes Nash, que recibió el premio Nobel de Economía por su trabajo sobre la teoría de juego, sufría esquizofrenia y hablaba e interactuaba con personas que solo él veía. Pensando en eso llegue a casa.

Cuando al día siguiente volví a salir para mi paseo matutino y madrugador, iba con la idea de encontrarme al personaje solitario. Y así fue, y no pude por menos que pararle e invitarle a un café. Me miró extrañado pero como nos veíamos casi todos los días, no le pareció mal y aceptó mi invitación. Nos sentamos en una terraza y me quedé perpleja cuando acercó dos sillas más y pidió dos cafés y dos chocolates con churros. Ante mi cara de asombro, el hombre me pidió disculpas porque no me había presentado: “Estos son Elías y Benito y les encanta el chocolate con churros”.


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