UN PASEO, UNA TUMBA Y UNA PATA DE JAMÓN

Me gustan los cementerios. Sí, me dan paz. No soy rara, ni Emo, ni pariente de la familia Adams. Cuando viajo me gusta ver el cementerio de la ciudad. Últimamente he leído un libro recomendado por mi librera -a quien también le encantan los cementerios-, de la escritora y periodista argentina Mariana Enríquez titulado “Alguien camina sobre tu tumba”. Es un libro sobre sus viajes a cementerios a lo largo y ancho de este mundo. En él cuenta historias y curiosidades de camposantos y tumbas de personajes famosos, epitafios y esculturas que esconden leyendas dignas de leer.

En uno de estos paseos míos recorriendo el cementerio de la Almudena, ante la hilera de cruces y lápidas me quedé pensando en el precio que tiene la muerte. Y como mi curiosidad siempre es más grande que mi necesidad de caminar, me dirigí a un marmolista cerca del cementerio para preguntar cuánto cuesta una lápida simple. No voy a entrar en los detalles que me dio de los diferentes modelos que puede haber pero entre 300 y 2.500 euros el precio medio, luego va subiendo según los detalles y la inscripción que se quiera poner.

Con estos números rondando por mi cabeza, volví a mi paseo para olvidar lo que se gasta el ser humano para recordar a sus seres queridos una vez que se han ido. Pues en esas andaba yo cuando oí unos gritos que venían de una tumba. Extrañada, me dirigí hacia donde escuchaba los gritos y vi a un anciano que hacía gestos con la mano. Me acerqué a él y vi que se había caído de bruces y no podía levantarse. Evidentemente ayudé al hombre a ponerse en pie, le pregunté si estaba bien y le acompañé a sentarse en un banco cercano. 

Allí el hombre me dio las gracias y me invitó a sentarme un rato con él hasta que se le pasara el susto. Me preguntó qué hacía por allí vestida con ropa de deporte y sonrió. Yo le conté lo que ya sabéis: “me gusta venir por aquí, me relaja” le respondí. “Y usted, ¿algún pariente?” –pregunté.  El anciano me miró con esos ojos que la edad y la vida va poniendo vidriosos y me dijo: “Desde hace 40 años vengo el día de mi cumpleaños a ver mi propia tumba”. Con esta respuesta como podréis imaginar, no me quedó más remedio que preguntarle si había comprado su sepultura. “No hija, no. Ahí se supone que estoy yo pero como puedes ver, estoy aquí hablando contigo”.

Tranquilos, no era un fantasma, era un hombre de carne y hueso. Un anciano que apoyaba sus dos manos en un curioso bastón retorcido que miré con curiosidad. El hombre se dio cuenta de dónde estaba posada mi mirada y me dijo: “Extraño bastón, ¿verdad? No es ningún bastón mágico, ni soy un ser extraño. Es un bastón que pedí que me hicieran hace muchos años, los mismos que hace que vengo aquí”. Y me lo tendió amablemente para que lo mirara con detalle. Al cogerlo me fijé que era exactamente igual que el hueso de una pata de jamón. “Qué curioso, parece una pata de jamón, imagino que tendrá una historia interesante”, le dije mientras le devolvía su bastón. 

Mientras recogía de nuevo aquel extraño báculo y apoyaba de nuevo sus arrugadas manos sobre él, el hombre me miró con una expresión triste y melancólica. “Sí, tiene una historia, una historia larga y complicada que ocurrió el día que cumplía 35 años y que te contaré con mucho gusto, pero no hoy”. Y con estas palabras me pidió que le ayudara a levantarse y que le acompañara hasta la salida. Con pasos lentos fuimos caminando y conversando sobre el precio de las lápidas y lo que cuesta morirse.

Me contó que sus padres pagaban “el entierro”, que él estaba incluido y ahora no sabe qué va a pasar cuando se muera de verdad. Y entre tumba y tumba llegamos a la salida. Se despidió y dándome la espalda comenzó a caminar. Yo me quedé parada sin saber qué hacer, pero con la curiosidad de saber más sobre la historia del bastón de pata de jamón y de aquel hombre que visitaba su tumba cada año, el día de su cumpleaños. Así que fui tras él, pero antes de dar el primer paso, el anciano se volvió y me dijo “si quieres conocer mi historia, la semana que viene estaré por aquí, búscame en el mismo sitio y te la contaré”.  


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