UN CUENTO CLASICO ANTES DE NAVIDAD

Había una vez en un país muy, pero que muy lejano, tan lejano que no se podía encontrar en los mapas, un bondadoso rey que se casó con una plebeya. Fruto de ese amor nació una niña. La princesa creció rodeada de amor. Un día de repente, la princesa cayó en una tristeza de la que nadie supo por qué, de ahí la famosa frase de “la princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?” que todo el mundo conoce. El rey desesperado, como buen padre, envió mensajeros por todo el reino para encontrar a la persona que diera con el remedio. La voz se difundió como si de una red social se tratase y la necesidad del rey para devolver la alegría a su queridísima hija se conoció en todo el mundo.  

Hasta el castillo llegaron brujos, hechiceros, magos, curanderos y todo tipo de individuos que aseguraban tener el remedio para devolver la sonrisa a la princesa. Pasaron días, semanas y meses y ninguno de los remedios que aquella gente trajo hasta la princesa funcionaba. La pequeña cada vez estaba más triste y no se levantaba de su cama. La desesperación del rey era enorme. La reina hablaba con los astrólogos que miraban las estrellas para confirmar si algún cruce de los astros había influenciado en la princesa.

Pasó el tiempo y todos aquellos buscavidas que llegaron en su día al castillo, dejaron de ir, devolviendo la soledad y la tristeza al reino. Un día llegó hasta las puertas del castillo un viejo chamarilero con su carro lleno de trastos viejos, como la ropa que vestía él mismo. Los guardias le dijeron de muy malas maneras que se fuera, que allí no necesitaban nada de lo que llevaba en el viejo carro. Pero el chamarilero no se fue y pidió ver al rey. Aquellos guardias se burlaron del hombre y lo empujaron para que se marchara rápidamente antes de que el rey se enterara de su visita. Sin embargo no se marchó e insistió en ver al rey porque tenía la solución para devolver la sonrisa a la princesa.

En aquel momento su majestad estaba paseando cerca de la entrada del castillo. Una casualidad como otra cualquiera, y escuchó las palabras del chamarilero. Enseguida se acercó hasta los guardias y les pidió que dejaran pasar a aquel hombre. No tenía ya nada que perder, la princesa hacía mucho tiempo que no se movía de su cama. Así que lo llevó hasta el lecho de la pequeña y esperó. Pero el hombre le pidió con toda la educación del mundo que le dejara a solas con la princesa, y que en cuestión de unos minutos volvería la sonrisa a su cara.

El rey no sin poner ciertos peros, terminó por salir de la habitación. El chamarilero se sentó en la cama y acercando sus manos cerradas hasta la cara de la niña se las mostró. Inmediatamente abrió las manos y las volvió a cerrar. La curiosidad de la princesa hizo que llevara sus pequeñas manos hacia las del hombre queriéndolas abrir de nuevo. Él las retiró con cuidado y una vez más, se las volvió a mostrar, abriéndolas y cerrándolas rápidamente. La princesa estaba como loca, quería saber qué había en las manos que no llegaba a ver. Entonces el chamarilero se puso en pie y de nuevo hizo la misma operación. La niña se levantó de la cama y empezó a pedirle con hilo de voz al principio, pero más fuerte después que le enseñara lo que tenía escondido en las manos.

Al escuchar la voz de su hija el rey entró en la habitación y vio a la princesa saltando en la cama y pidiéndole a aquel extraño que le mostrara de nuevo las manos. Con cierta incredulidad se acercó y le preguntó al hombre qué era lo que guardaba entre sus manos para que su hija hubiera vuelto a tener la alegría de siempre, la energía propia de su edad y la sonrisa de nuevo en su rostro. El chamarilero abrió las manos y no había nada. Sorprendido el rey le dijo que había engañado a la princesa, pero el hombre le dijo que no, que únicamente le había devuelto la ilusión.

Y con esas sencillas palabras salió del castillo, cogió su carro y se marchó. El rey y la princesa corrieron tras él para conocer su nombre pero cuando llegaron  a las puertas del castillo, el hombre había desaparecido. Se miraron, se rieron y volvieron a entrar. Eso sí el rey le dijo a la reina que esa semana tenían que comprar un cupón de la ONCE.


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