TODO VALE EN NOMBRE DE LA GUERRA

Mucho antes de que estallara el conflicto armado entre Rusia y Ucrania ya se hablaba de un apagón a nivel mundial. Algunos titulares en la prensa advertían de que podría ocurrir e incluso nos daban las pautas para sobrevivir ante esta eventualidad. Periodistas incluso se atrevían a elaborar una lista de productos básicos como mantas, pastillas potabilizadoras, bidones u hornillos. Evidentemente ante esta alarma social la ciudadanía se apresuró a acaparar este tipo de productos y los precios subieron. Casi al mismo tiempo se producía una subida espectacular del precio de la luz amparándose en una supuesta crisis energética.

Recordemos que mientras la gran mayoría de población estábamos -y estamos- sufriendo las diversas oleadas de contagios y muertes por Covid, unos pocos empresarios se están enriqueciendo de manera muy obscena. La industria farmacéutica representada en la figura de unos pocos laboratorios ha dado un salto astronómico en cuanto a sus ganancias. Un ejemplo claro lo tenemos en BioNTech que, de no comercializar ningún producto hasta la llegada del coronavirus, actualmente tiene unos ingresos de casi 20.000 millones de dólares en un solo año.

La salud es un negocio y las guerras aún más. Cuando los mandatarios toman la decisión de enviar tropas a un determinado lugar o frontera, son muy conscientes de todo lo que eso implica para la población. Esos políticos que presumen de mesas largas, grandes salones y que se visten con trajes de miles de dólares, nunca toman en cuenta a los cientos y cientos de mujeres, niños, ancianos y hombres que solo poseen una modesta vivienda en un modesto barrio de una aún más modesta población.

Las personas que ordenan los ataques a esos edificios que no tienen nada que ver con los ejércitos o con algún estamento militar, no se preocupan por sus compatriotas y mucho menos aún por “el enemigo”. Pero una guerra no es solo entre dos países. Una guerra la sufrimos todos. Muchos mueren como consecuencia de la guerra, de los bombardeos. Las familias se separan con la incertidumbre de saber si volverán a juntarse. Las televisiones se llenan de imágenes dantescas de esa guerra que está destrozando vidas e incluso algunas no dudan en manipular a las audiencias.

El drama humano es gigantesco y las movilizaciones para ayudar a los refugiados se multiplican en toda Europa. Pero ¿qué hay de los dueños de las empresas tecnológicas y de los gestores de energía? Ante el encarecimiento de las eléctricas y las petroleras surge el movimiento dominó para subir los precios de productos tan básicos como el pan. Los alimentos son ya un 21% más caros que hace un año. La invasión de Rusia y las sanciones aplicadas por el resto del mundo han elevado el coste de muchas materias primas. Ucrania era uno de los proveedores principales de España de trigo, maíz y girasol. El incremento del precio del gas hace que el coste de la cesta de la compra sea casi inasumible para muchas familias.

Las asociaciones de consumidores lanzan mensajes intentando tranquilizar a la población, para evitar el alarmismo y las compras compulsivas. Los “arengadores” profesionales se preocupan de llevar el mensaje contrario. Está más que demostrado que, cuando el ser humano cae entre las redes de un grupo numeroso de exaltados, éste pierde su independencia de pensamiento. Se mimetiza con ese grupo que confirma su sesgo y se deja llevar por la corriente mayoritaria que le indican.

Puede ser una secta religiosa, los seguidores ultras de un equipo de fútbol, el líder carismático de un partido político e incluso los fans de cierto tipo de música. Así nacen las bandas y los grupos de fanáticos que únicamente emplean la violencia para “convencer” a cualquiera de que lo suyo es lo bueno y lo auténtico. Pero no dejan de ser marionetas en las manos de unos pocos. Y eso es lo que ocurre en las llamadas a la batalla: el líder lanza el mensaje por el que “sus títeres” obedecen ciegamente. Y sin hacerse preguntas. Si muchas de esas personas pensaran por sí mismas, llegarían a plantarse delante de una columna de tanques blindados como hizo aquel hombre en Tiananmen el 5 de junio de 1989.


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