TENEMOS QUE HABLAR

Tres palabras. Solo tres palabras que son capaces de hacer tambalear a todo aquel que las recibe. Tres palabras que llevan implícitos una serie de cambios que no siempre, suelen ser buenos: “Tenemos que hablar”. Esa fue la frase que escuché al descolgar el teléfono y oír su voz aquel día de otoño. Yo me eché a temblar. “Te voy a decir una cosa, pero no quiero que te enfades cuando la escuches”. Yo seguí temblando y lo único que salió de mi boca fue “quieres soltarlo ya de una vez, que me tienes en ascuas”.

Pero no lo soltó. Se limitó a contarme que necesitaba más espacio en su vida, respirar oxigeno y dedicar más tiempo a cuidarse. Que yo tendría que hacer lo mismo. Dejar ese trabajo que me tenía quemada, mandar a mi jefe a la mierda y olvidarme de mi mesa y mi ordenador durante un largo periodo de tiempo. Que hiciera el viaje que siempre había querido hacer y que disfrutara más de mi vida y de mis amigos. Yo seguía escuchando todo aquello y no entendía nada. “¿Me puedes decir de una vez, por favor, lo que me tengas que decir y no andarte por las ramas?”. A lo cual recibí un “si yo te contara, no te lo creerías”. “Pues cuéntamelo de una puñetera vez, que me va a dar un infarto”. 

Llegado a este punto de la conversación, estuve a muy poco de colgar el teléfono no sin antes decir todo lo que se me pasaba por la cabeza, pero él siguió con lo suyo: “ya sé que tu y yo nunca hemos hablado de nada serio”. Eso ya lo sabía; nos conocíamos desde la facultad y nunca se nos había pasado por la cabeza tener una relación formal, por eso no entendía la llamada y la temida frase de “tenemos que hablar” ¿Hablar de qué?

Mi cabeza de repente, se puso a mil por hora. Y lo único que se me ocurrió es que fuera a pedirme matrimonio. ¡A estas alturas de la vida! Si eso ya no se lleva. No hace falta firmar ningún papel para querer a alguien para siempre. Era mi manera de pensar y eso lo sabía él desde que nos conocimos. Pero en qué estaba pensando si ni siquiera éramos pareja.

«Bueno, basta ya. Hasta aquí hemos llegado. ¿Me quieres decir de una vez de qué tenemos que hablar tú y yo?» Yo corté tajante y rotundamente. Y me respondió: «¿Te acuerdas del último viaje que hicimos juntos, en el que decidimos que deberíamos hacer algo para cambiar nuestra vida? Pues nuestra vida ha cambiado. Al volver hablé con mi mujer y los dos estuvimos de acuerdo. Salimos a la calle, compramos un décimo de lotería y…. nos ha tocado el gordo«.

«Tenemos dinero para hacer lo que nos apetezca. Para respirar, para cuidarnos, para viajar. Y de lo que tenemos que hablar es de tu número de cuenta corriente para poder ingresarte el dinero que te corresponde. Por cierto, tenemos reserva en un restaurante con tres estrellas Michelin para celebrarlo. Te mando la dirección en cuanto me des el número de cuenta».


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