Tecnología enemiga: rechazo por el reconocimiento facial

En pocos años se ha logrado alcanzar tal grado de evolución tecnológica que hemos obviado el precio tan caro que exige utilizarla en el día a día. No hablamos de facturas infladas, datos limitados o las tan insistentes como impertinentes llamadas de las compañías telefónicas que siempre pelean por ofrecernos un contrato supuestamente mejor; nos referimos al tiempo y a nuestra privacidad, dos conceptos infravalorados y menospreciados… Hasta que llegan las consecuencias que acarrea venderlas al peor postor.

El sistema ha gestado la dependencia a la tecnología, apremiándonos a ser parte de un mundo digital que no es sino una representación caricaturizada de nuestra sociedad: frívolo y materialista. Los principios han parecido corromperse, e Internet se ha convertido en un arma contra todo aquel que es o piensa diferente, o contra nosotros mismos, martirizándonos cuando no conseguimos la aprobación de los demás en base a nuestras publicaciones.

Que la tecnología no pueda definirse como algo bueno o malo (sino dependiente de las intenciones de quien haga uso de ella) es la base estrella de todo aquel que se atreve a opinar al respecto.

El reconocimiento facial es una de las modernas ramas cibernéticas que, como buena herramienta tecnológica, busca hacernos la vida más fácil a la hora de afrontar según qué tareas. Tal ha sido su impacto en la Sociedad, que se ha extendido rápidamente y sin importar hasta dónde pueden llegar sus desventajas; así es el caso de los colegios de EEUU, los cuales lo implantaron con el argumento de evitar los tiroteos en las aulas (aunque su segunda función es vigilar y estudiar a los propios alumnos). De esta forma, la Seguridad pasa a convertirse en una forma de control, y ya no sólo a nivel estudiantil: las urbanizaciones, carreteras y zonas rurales son también los anfitriones de atentas y comedidas cámaras.

En todos los casos (salvo que la información personal esté disponible de forma pública) los sistemas se cargan de forma manual con los perfiles de alumnos que serían (al juicio de estas herramientas) problemáticos o delincuentes sexuales, eludiendo que estas bases de datos basan sus acusaciones desde la hipótesis y el más puro azar (puesto que no existen expedientes policiales que avalen el porqué se añade a una persona a la lista de vigilancia de un colegio), utilizando fotografías extraídas de perfiles de Facebook e Instagram, y sin solventar otro inconveniente cuasi prejuicioso: los más afectados son los estudiantes de color, pues los sistemas de reconocimiento facial parecen ensañarse con aquellos alumnos que no sean de tez blanca.


Cuando el producto somos nosotros mismos

El reconocimiento facial exige todo tipo de rostros en su base de datos, proveniente de numerosas razas.
Son necesarios una gran variedad de rostros provenientes de diferentes razas

Puede parecer que sólo sea en EEUU donde el reconocimiento facial deje mucho que desear, pero en realidad es una contrariedad que se expande a nivel global. Esta técnica revolucionaria aún guarda muchos errores y carencias, hasta el punto de considerar que su función principal es iniciar “una caza de rostros”: los gobiernos de China, Rusia e India son también los más beligerantes con esta nueva actividad, sin menospreciar las intenciones de la Unión Europea. El objetivo de dicha caza es “ampliar la diversidad de rostros en los bancos de datos biométricos  que alimentan los algoritmos del reconocimiento facial. El acierto en las identificaciones con esta tecnología depende de la información de la que se nutre”, según relata el experto Javier Ricou.

El sistema necesita almacenar semblantes de todas las razas para asegurar el éxito; la Unión Europea trabaja para crear una base con la faz de 350 millones de personas. Jordi González, investigador del Centre de Visió per Computadorde la Universitat Autònoma de Barcelona relata que “las innumerables aplicaciones móviles de análisis facial, como Social Mapper, Open Face, Blippar o la más conocida FaceApp (la aplicación rusa que se hizo viral y que modificaba las caras de los usuarios mediante filtros de edad y género) cuyo principal objetivo sería almacenar en sus bases de datos biométricos las características faciales de los usuarios que usan esas aplicaciones”.

“Para finalizar –continúa este investigador– tenemos a las grandes empresas tecnológicas como Microsoft, Facebook o Google, que se nutren de las millones de fotos compartidas por sus usuarios para usar esa ingente cantidad de información biométrica en la mejora de sus algoritmos de identificación de caras”.

Por su parte, Francia ya especificó a principios de este mes que usaría el reconocimiento facial como identificación: de esta forma, se creará y difundirá un ID digital, pero no debido a la petición popular, sino porque el ejecutivo de Emmanuel Macron ha insistido considerablemente en implementarlo.

Expertos en educomunicación advirtieron de que precisamente el #10yearschallenge fue una trampa para los internautas: quienes hicieron el reto facilitaron a las grandes corporaciones todo tipo de datos personales. Ya son muchas las denuncias contra los pocos escrúpulos que han demostrado los gigantes tecnológicos, como el caso de Google, quien tuvo que paralizar su programa de investigación sobre el reconocimiento facial tras conocerse que proveedores contratados por la compañía, pagaban con un cheque regalo a personas afroamericanas sin hogar para realizar un escáner de su rostro. Concretamente cinco dólares a cambio de su información facial.

Asimismo, en Atlanta, las autoridades locales exigieron a Google una explicación por estos hechos. La fiscal Nina Hickson relató: “La posibilidad de que miembros de nuestra población más vulnerable está siendo explotada para avanzar en los intereses comerciales de vuestra compañía es profundamente alarmante por numerosas razones”.

El reconocimiento facial y la inteligencia artificial añaden más tensión a la ya imposible relación entre nuestra privacidad e Internet; no hace mucho tratamos en It-Magazine el acoso cibernético y la falta de recursos que impedían tomar las medidas de precaución y protección adecuadas.


Intimidados por la revolución digital

Uno de los usos más escandalosos del reconocimiento facial es el del servicio ruso FindFace, el cual permite encontrar la red social en VK de cualquier persona a partir de una foto. Es decir: gracias a una fotografía robada de una persona en concreto puedes encontrar su perfil en VK, en el cual se facilitan datos personales tales como nombre, edad, apellidos, lugar de residencia, estudios y vínculos sociales (entre otras cosas).

El reconocimiento facial se basa en las apps gratuitas que las grandes corporaciones nos facilitan.
Las grandes corporaciones trafican con nuestos datos, a menudo ofreciéndonos apps gratuitas

No obstante, la comercialización con datos íntimos e imagen propia no es algo que afecte sólo a los ciudadanos de a pie: las personalidades más llamativas del momento también sufren las desventajas de las herramientas del reconocimiento facial: el deepfake se utiliza como arma de ingeniería social contra gente de élite. De hecho, se augura que cada vez resultará más sencillo “hacer un deepfake” (un vídeo falso en el que se cambia la cara del protagonista por el de un personaje famoso, como un político, actor o cantante. Los motivos de la compraventa de un vídeo deepfake son muy variados: desde puro entretenimiento, hasta chantaje o creación de una fakenews). Esta tecnología funciona gracias a redes neuronales e inteligencia artificial, las cuales avanzan día tras día.

Si una persona sube una fotografía comprometedora a cualquier red social cuyo perfil sea administrado por ella y posteriormente dicha imagen es difundida por terceras personas, ¿de quién es la culpa? ¿De quien difunde indebidamente dicha imagen o del usuario que la ha publicado en su espacio (y por ende, acusado de facilitar a otros la ejecución de ciertos delitos)?

Sea como fuere, cuando eso ocurre el daño ya está hecho, y resulta complicado (por no calificarlo de imposible) compensar las heridas emocionales pertinentes. Hemos planteado esa situación tan común como hipotética, y aunque existen cientos de casos diferentes, todos se basa en lo mismo: robo y mal uso de información. Así, por ejemplo, artistas y artesanos se ven obligados a añadir marcas de agua y todo tipo de barreras para proteger las fotografías que ayudan a promocionar sus trabajos, bajo la amenaza de que otros usuarios plagien sus creaciones y aprovechen inadecuadamente tales aportes. Ventajas y desventajas que luchan entre sí en esta imparable revolución digital, la cual, por más que nos resistamos, será impuesta acorde a los intereses de las grandes compañías.

Para nuestra desgracia, tanto Internet como los dispositivos electrónicos son un arma de doble filo más dañina que conveniente en la mayoría de los casos. Sin embargo, la necesidad agudiza el ingenio, y podemos encontrar cientos de remedios para protegernos de semejante invasión a nuestra privacidad.


Cómo desarmar al reconocimiento facial

Javier Cortés, periodista, nos describe hasta cuatro soluciones popularizadas entre los usuarios de Internet que, debido al hartazgo que supone sentirse un producto para las grandes empresas, han meditado ciertas formas para pasar desapercibidos y salvaguardar su rostro.

La primera es la original idea de descargarse pegatinas de código QR para ponérselas en la cara. A riesgo de parecer un disparate, es completamente eficaz: esos recuadros en blanco y negro impiden que la inteligencia artificial sepa que tiene delante a una persona.

En segundo lugar, el uso de gafas cuya montura tiene un patrón de colores. Según medios como Retina El País, un grupo de investigación desarrolló unas gafas de colores que, además de cubrir ciertos rasgos físicos de una persona, están impresas con un patrón que un sistema inteligente podría percibir como los detalles faciales de otro individuo.

Por otro lado, otras gafas para combatir el reconocimiento facial son las que dispensa la marca Reflectacles,  cuyas lentes pueden absorber la luz infrarroja, lo que hace prácticamente inservible que esta tecnología permita descifrar quiénes somos en una grabación. Con ellas puestas resulta imposible utilizar la función de desbloqueo facial de cualquier dispositivo móvil.

Hay hasta cuatro formas populares para desarmar el reconocimiento facial
Los usuarios son conscientes de los inconvenientes del reconocimiento facial y han buscado métodos para burlarlo

Por último, la máscara hiperrealista de Leo Selvaggio es otro truco para anular el reconocimiento facial. Este artista decidió ceder su imagen para este curioso proyecto hace cinco años, preocupado por el punto al que estaba llegando el ámbito digital. “Solo Chicago tiene más de 25.000 cámaras conectadas en red a un solo centro de reconocimiento facial”, advierte la página web de URME Surveillance (la compañía con la que dio a conocer su iniciativa). “Utilice uno de nuestros productos para presentar una identidad alternativa cuando esté en público”, añade, en lo que podría ser su eslogan.

Pese a que son muchas las soluciones compartidas para evitar el acoso a la privacidad y el estudio de nuestra intimidad, vemos que  poco a poco van apareciendo nuevos servicios, proyectos e incluso leyes que, bajo el pretexto de acomodar nuestra rutina y afianzar más nuestra seguridad, parecen violentarnos hasta en los detalles más insignificantes.

¿Hasta qué punto vamos a permitir depender las grandes empresas y su indiscreta tecnología?

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