TAMBIÉN ME GUSTA OTRA NAVIDAD

Tengo que reconocerlo: cada año cuando llegan las fiestas de Navidad, me vuelvo cada vez más Grinch, que es sinónimo de grouchy, que significa gruñón. El Grinch es un duende al que se considera un símbolo de la Navidad, como una caricatura de lo que el egoísmo moderno produce en estas fiestas. Y cada año estoy más de acuerdo con su filosofía, si podemos llamarlo así. El personaje de este duende hace referencia al consumismo. A la preocupación de cada uno en sí mismo olvidándose del resto del mundo y de cómo viven los demás. Por eso el Grinch quiere acabar con la Navidad. Y debo dejar claro que me encanta la navidad -con minúsculas-, poner el árbol, reunirme con la familia y cantar villancicos. Mantener viva la tradición que desde pequeña he vivido en mi casa, pero que ya no es lo mismo.

Si vemos la Navidad desde el punto de vista cristiano, es una fecha muy importante para esta comunidad ya que se celebra el nacimiento de Jesucristo. Un nacimiento que tuvo lugar en un establo, al calor de sus padres y de los animales que allí vivían. Es decir, en la más absoluta pobreza. Si ahora aquel niño levantara la cabeza y viera en lo que se ha convertido la celebración de su nacimiento, estoy segura que volvería a quedarse dormido sin pensar en lo que le sucedería después.

Pero no voy a meterme en estos líos. Solo una cosa: de adulto Jesús de Nazaret dedicó su vida a repartir lo poco que tenía y ayudar a todo aquel que lo necesitara. Ahora lo único que hacemos, y utilizo el plural porque lo hacemos todo el mundo, es entrar en esa vorágine consumista que nos invade en estas fechas. No podemos parar de comprar comida, regalos y todo lo que se nos ocurra. No hay límite, es Navidad.

Y además de gastar como si el mundo se fuera a acabar mañana, llega el momento de reunirse con la familia. No hay más días en el año, solo en Navidad. “Vuelve, a casa vuelve, por Navidad”, y ¿por qué no vuelve en agosto que tengo un mes de vacaciones? O ¿en cualquier mes del año que me venga mejor?

No, tiene que ser en Navidad para juntarnos todos. Incluidos aquellos a los no hemos dirigido la palabra durante todo el año, pero claro, llega Navidad y hay que celebrarlo con la familia. Tenemos que preparar un festín que muchos van a estar pagando todo el año siguiente. Pero no importa, felicitamos las fiestas a toda la agenda de nuestro teléfono móvil, aunque tengamos contactos a los que no hemos vuelto a hablar desde el año en que los conocimos. Quién sabe, tal vez con esta felicitación retomamos el contacto y nos volvemos a ver, un punto positivo para esta iniciativa.

En fin, por muy Grinch que me esté volviendo cada año, tengo que reconocer que cuando llegan estas fiestas, aunque me niego a gastar más de lo estrictamente necesario, siempre me gusta darme un capricho navideño. Lo pongo bajo el árbol o sobre la mesa, según lo que toque. Este año es un libro de la escritora francesa Annie Ernaux. Catedrática y profesora de letras modernas y ganadora del Premio Nobel de Literatura de este año por, según palabras del propio jurado “la valentía y la agudeza clínica con las que desvela las raíces, extrañezas y restricciones colectivas de la memoria personal”.


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