SI QUIERES SER FELIZ, ¡DEJA DE QUEJARTE!

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Si hay un formato psicológicamente disfuncional para enfrentarnos a los conflictos es la queja. Cuando nuestro comportamiento es limitativo, disfuncional y nos incapacita para enfrentarnos a la vida, todo lo que vayamos haciendo en ella va a estar condicionado por una forma que nos va a generar sufrimiento. Por eso, es tan importante reconocer qué patrones de comportamiento son dañinos, nos impiden crecer, evolucionar y ser felices. La queja es uno de ellos.

Hay que tener en cuenta que la queja no solo no resuelve sino que refuerza el malestar y anula la capacidad de la persona para funcionar con seguridad y libertad emocional.

“Cuando te quejas, te haces una víctima. Deja la situación, cambia la situación o acéptela, todo lo demás es una locura” 

Eckhart Tolle

Cuando alguien utiliza la queja como expresión emocional, está desvalorizando su capacidad de afrontamiento y su capacidad de decisión ante lo que le incomoda o le genera malestar. La queja es una forma de expresar el miedo reprimido. El miedo a ser libre, libre de expectativas y libre de auto-exigencias.

Por otro lado, la queja tortura emocionalmente. Si la utilizamos nos estamos amargando y dañando. Nos decimos que lo que vivimos es terrible, que somos inútiles y que tenemos que aguantarnos pero no podemos soportarlo. Nos machacamos.

También, la queja interna, nutre de insatisfacción a la persona, produce excitabilidad nerviosa y sentimientos de ira interiorizada. Al final, la persona está agotada e invalidada pero volverá a utilizar la queja en la próxima ocasión porque no ha desarrollado ninguna otra estrategia más adaptativa y útil. Además, este tipo de queja va unida al uso de distractores de tipo adictivo para escapar de la frustración e impotencia que siente.

La queja expresada, busca que le den razón, que aprueben su indignación. Si no se la dan, aumentará su frustración y su queja interior. Y si se la dan, expiará su sensación de malestar con la comprensión ajena. Pero, en ningún caso habrá resuelto el problema y además su capacidad de autonomía, de fortaleza e independencia para afrontar el problema se habrá invalidado. Es más, la comprensión de la queja, activa más la frustración frente al problema y por tanto, los sentimientos negativos frente al problema se potencian. Este tipo de queja va unida a aumento de sufrimiento, ira y reactividad emocional.

Por otra parte, la queja daña nuestro organismo. Percibimos una realidad amenazante no controlable y nos genera angustia. El sistema nervioso se desajusta, el sistema inmunológico también. Es decir, las personas que viven en eterna queja se enferman.

Entonces, hay tantas situaciones que no responden a las expectativas que lo más seguro es que nos frustremos y nos quejemos en muchas ocasiones. Las cosas no salen como queremos, lo que querríamos que hicieran los demás no lo hacen, no sucede lo esperado, nadie nos ayuda…

La queja debilita…

La queja es la expresión más clara de la vulnerabilidad y la indefensión. Cuando algo que sucede no responde a lo que esperamos o deseamos y nos sentimos incapaces de afrontarlo, nos quejamos.

El sistema de creencias es autoexigente y pesimista…

La idea de que la realidad debe ser de una manera distinta a como es junto con la idea de que no se puede cambiar lo que sucede, favorecen que se produzca la queja como recurso disfuncional.

 ¿Qué hacemos mal?

Primer principio natural: la realidad nos da información para aprender y resolver. La realidad no ha de ser fácil ni difícil. La realidad es. La queja nos dice lo contrario. Es la forma de transmitir la insatisfacción pero sin poder cambiar nada. Es un formato limitante de retroalimentación de la impotencia.

Segundo principio natural: aceptar lo que ocurre para aprender y desarrollar recursos personales. Cuando nos quejamos estamos esperando ser escuchados, esperando que algo cambie y por tanto, alimentamos también nuestra debilidad al no aceptar lo que ha ocurrido.

De hecho cuando nos quejamos, nos alteramos, nos derrotamos, entramos en una espiral de malestar. Y con ello bloqueamos las conexiones que  nos capacitan la toma de decisiones, la creatividad, la flexibilidad y la búsqueda de soluciones… Y seguimos proyectando nuestra frustración en lo que no es, sino en lo que debería ser. Y no vemos salida.

Tercer principio natural: la realidad no deseada o inesperada que ocurre la tenemos que afrontar, resolver y gracias a ella nos fortalecemos y evolucionamos.

La queja es la reacción que incapacita, debilita e impide que se resuelva el problema desde la libertad. Es decir, la queja nos esclaviza. La queja se conecta con rigidez mental. Como si no hubiera opciones más que la que debe ser. La queja también activa tensión y desazón, frustración y rabia. La queja refuerza la posición de vulnerabilidad frente a la vida. Por otro lado, impide conectar con capacidad de decisión y afrontamiento. La queja bloquea la evolución personal, la capacidad de superación y limita la vida.

¿De dónde viene el formato emocional de la queja?

La queja surge de mi estado dependiente, de mi parte infantil, de la que espera que alguien le escuche y le salve,  le atienda y  le resuelva. Es, por lo tanto, un pensamiento caprichoso vinculado con las necesidades infantiles de estar bien, de recibir atención, cuidado y protección. Solo los niños, cuando no se cubren la necesidades, se quejan como recurso. El adulto que se queja se inhabilita como persona. La queja es un formato infantil no resuelto.

Nos quejamos cuando somos dependientes y necesitamos del mundo adulto para conseguir lo que queremos. La queja es la forma de intentar que el mundo nos ayude. La queja parte de la propia sensación de incompetencia. Por eso es tan importante liberarnos de ella.

¿De qué forma podemos abandonar el formato de queja y desarrollar una actitud que nos ayude a avanzar, a crecer y a sentir seguridad para afrontar los desafíos vitales?

1)Tomar conciencia de las quejas. Ser consciente de qué es lo que genera una conducta de queja permite conocernos y empezar a cambiar. Esos momentos en los que estamos frustrados, enfadados, insatisfechos, hartos… Por mucho o por poco y nos quejamos. Bloqueamos el dolor y surge la queja.

Ante todo, y en primer lugar, aceptar la realidad. Ver qué está pasando y qué estamos sintiendo. Y, observar, si se puede cambiar. Y si no, ver cómo lo podemos aceptar y reflexionar sobre qué  aprendizaje se extrae de la situación dolorosa y frustrante. A veces, además de tomar conciencia, hay que esperar el momento.

2)Desarrollar confianza vital. La confianza vital es aceptar la vida tal cual se presenta y nuestra capacidad para hacerla frente. La vida no es un lugar para sufrir, ni siquiera para disfrutar por sí misma. La vida es un lugar para evolucionar y aprender. Es decir, no hay ninguna circunstancia vital que pretenda hacernos daño. Es la forma en que nos enfrentamos a ella, cómo la vivimos lo que nos informa de cómo actuar, avanzar y evolucionar. Nuestras limitaciones se pueden ir abandonando cuando afrontamos situaciones difíciles y confiamos en que cuando aparecen es para aprender a superarlas.

3) Buscar opciones y soluciones. Cuando algo sale mal, cuando no se cumple lo que queremos o lo que esperamos que ocurra, cuando no nos gusta lo que hay, primero hay que aceptarlo y luego ver si lo podemos cambiar o buscar otras opciones que nos aporten bienestar o seguridad. Explorar en nuestro interior. Escucharnos. En este plano, la libertad de hacer lo que sentimos y lo que queremos es lo que tiene que vencer a la queja como forma de aguantar lo que no sucede de acuerdo a lo esperado.

4) Respetar nuestras sensaciones y desarrollar paciencia. Las sensaciones son fenómenos naturales que nos informan de cómo actuar ante la vida. Cuando queremos cambiar, hay que esperar el momento para que podamos llevarlo a cabo. También debemos reconocer que todo proceso natural tiene un tiempo y un ritmo. Que para regular cambios, nuestras sensaciones, tanto emocionales como físicas nos informan de cuándo podemos actuar.

5) Reconocer las señales. Por otro lado, durante el proceso de insatisfacción que genera un problema, se producen múltiples señales que nos dan información y nos señalan el camino. Un consejo o un desprecio, una actitud de alguien, una lectura, una circunstancia fortuita… Cualquier información nos dice hacia dónde es conveniente ir. Escuchémoslas.

6) Vencer los miedos. Además, vencer los miedos emocionales es flexibilizar la idea de cómo hay que afrontar la vida. Y saber entonces que lo que nos va a permitir ser felices es desdibujar lo que me hace infeliz y cambiarlo. Que el miedo solo nos mantiene atrapados en las miserias de las creencias que nos mantienen quejándonos y no resolviendo nada.

4) Y finalmente, disfrutar del logro de conseguir libertad y cambiar la realidad. Una vez que se recorren estos pasos, la felicidad, como tránsito vital, está asegurada. Es la conexión con el logro, con la satisfacción de ser libre y de actuar para alcanzar el bienestar, evolucionar y también conseguir cambiar la realidad que limitaba la vida y que favorecía la insatisfacción y la queja.

La adversidad no es lo que nos sucede, es como nos enfrentamos a lo que nos sucede.

Aprendemos a vivir enfrentándonos a la adversidad.

Evolucionamos, superándola.


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