SER MAMÁ: EL VÍNCULO DEL AMOR INCONDICIONAL

Recuerdo cuando tuve a mi primera hija, cuando me sentí mamá. Recuerdo la sensación de amor incondicional, de instinto de protección y cariño de verdad. Antes de que ella naciera, cuántas veces anhelaba que ese momento llegara. Recuerdo la gran ilusión que tenía de verla, de cogerla y sentirla cerca de mí.

Pero a veces la vida se torna de formas inesperadas y es cierto que no salió como estaba planeado. Tuve un parto complicado, no la sentí nacer y no la pude ni ver. Nació con lesiones leves y tuvieron que llevarla a cuidados de neonatología a otro hospital. Estuvimos separadas varios días mientras yo estaba ingresada. Desperté de la anestesia y allí estaban las abuelas que intentaban cubrir la ausencia que yo sentía. Me daban su sosiego, su cariño y protección.

La mamá y el bebé: el camino del amor

No hay edad para arropar, no hay edad para querer cuando se encuentra ante ti la esencia de la niñez, de la vulnerabilidad. El vacío tremendo de no tenerla conmigo, me había inundado de pena, de dolor y de tristeza. No podía creerlo, no entendía qué pasaba. Me costaba comprender por qué no estaba con mi hija, por qué no estaba junto a mí para poder proseguir unidas el camino del amor y de la protección que empezó en mi interior 9 meses antes. 

Sin duda imaginaba que estaría cuidada pero no sentiría mi cariño, aunque yo sí sintiera el suyo. Necesitaba su aliento, la sensación de tenerla para poder protegerla. No podía saber cómo sería mi niña, solo me la imaginaba, porque el vínculo de apego se rompió de forma abrupta, con un desgarro tremendo. El sentir más primitivo, más instintivo y primario que ya se había forjado desde el primer momento que la sentí dentro de mí, se quedó desconectado.

Ser madre es ver las fortalezas que no sabías que tenías y descubrir los miedos que no sabías que existían.

Linda Mooten

Yo sabía por el dolor que tenía que ella necesitaba que yo fuera su calor, su cobertura y su mayor curación. Pero no pudo ser porque le costó salir, porque mi niña sufrió en el tránsito al nacer y yo también estaba sedada, anestesiada y decidieron que tenían que salvarla. Recuerdo la impresión de esperar tenerla ahí y no encontrarme con nada, y sentir desolación.

Una unión para toda la vida

El amor de una madre no es un amor aprendido, es un amor natural, es biológico y necesario. Es un amor que conecta con el bebé y el bebé conecta con él. Es la forma natural del vínculo más intenso que se siente y que se vive de forma sinérgica. El cuerpo de la mamá se convierte en un lugar lleno de nutrición física y emocional que brinda comodidad y seguridad  compartida para dos; es unicidad vital y es, sin duda, un milagro natural. 

Se producen sensaciones con bioquímica perfectas que van a garantizar que el bebé sienta la necesidad de mantener el calor cuando ese mundo exterior le prive del bienestar del útero maternal. Y será la piel con piel, su mayor protección y su sensación de paz. Se crearán nuevas hormonas que invitarán a crecer con armonía y servirán de guía para sentir el bálsamo de la vida: las caricias afectivas.

Después de los días que estuve hospitalizada, me acerqué al hospital donde estaba mi hija y llegué a neonatología. Me acerqué a la cristalera donde estaban todos los bebés en cunas. Y como si un radar me guiara, fui directamente hacia donde estaba ella, dormida, perfectamente acurrucada, con su preciosa carita de lado y dije: «esta es mi niña.»

Sentía tantas ganas de cogerla, de abrazarla, de tenerla junto a mí, tanto como sabía que ella necesitaba de mi. La deuda que tenía contraída con ella era tremenda por el tiempo que se privó de mi contacto. Había sido un abandono, no pudiendo cubrir la esencial necesidad de estar junto a su mamá al momento de nacer.

Papá: otro vínculo especial

Yo tenía mucho miedo sí, miedo de no saber cómo cubrir ese espacio emocional en el que mi pequeña hija se quedó, sin el amparo necesario de mamá. Entré en el nido y la cogí, la abracé, la sentí, la olí y se produjo una fusión que nunca podré olvidar. Me senté y la comencé a alimentar.

Ese momento especial fue el único que calmó la angustia que estuve sintiendo durante el tiempo que me faltó su conexión y cercanía. Su padre sin embargo, desde el primer día la acompañó, la cogió, la tocó y la alimentó. Su padre la arropó y le dio amor, mucho amor. Pero yo no estuve ahí, no pudo ser.

Durante la primera infancia y también durante la niñez, su referencia especial, su vínculo de apego intenso, lo tenía con papá mucho más que con mamá. Qué cosas tiene la vida, su referencia necesaria, su caricia natural, biológica y primaria no pudo darle el calor y el afecto que ella necesitaba. Entonces, se apegó sin dudar, al que primero le dio la cobertura de amor porque también tenía muchas conexiones con él.

Y como no estaba mamá, se unió con mucho más apego a toda la sensación, la genética emocional, celular y el bienestar que le daba su papá. «¡No se me vaya también a escapar!» Cuando tenía miedo llamaba a su papá, cuando se sentía triste se acercaba a su papá, y cuando tenía que elegir, sin dudarlo y con respeto y cariño, me decía: «¿se lo dices a papá?» Yo sabía que papá era su referente, el que tenía que ir a acompañarla, arroparla y aportarle su calor. Y yo supe qué era lo mejor. Que quien le dio seguridad, cobertura y amparo, cuando más lo necesitó, no fui yo, fue él.

Un amor pendiente de conectar

Hay un amor superior que se quedó pendiente: el de desear que ella tuviera la sensación de protección y de amor. Y si no pude dárselo yo, sabía que mientras ella lo necesitara, sería mucho mejor que se lo diera quien ella eligió como su mejor opción.

No me cabe concebir ninguna necesidad tan importante durante la infancia de una persona que la necesidad de sentirse protegido por sus padres.

Sigmund Freud

Ella fue creciendo y conmigo se producía siempre una sensación extraña de dificultad de unión. Algo costaba entre ambas. El vínculo parecía que no iba a resolverse. Una frialdad al mirarnos, al besarnos o abrazarnos. Un vacío entre las dos difícil de definir.

Y desde muy pequeñita, ella siempre fue mi guía. Era esa figura adulta que cuidaba de la vulnerable de mamá que no le daba seguridad. Al fin y al cabo, no hizo muy bien su función de asistirla a ella cuando más la requirió y necesitó. Y reforzó la atención acordándose de todo: ¿»Mamá, has cerrado la puerta del coche»? ¿»Has tomado tus medicinas mamá?». «Mamá recuerda que yo no puedo tomar chocolate». Su mirada decidida que me decía «ya está» y que me dejaba fría, parada, sin rechistar. A veces me ponía a prueba, a ver si yo la atendía. 

Ciertamente se creó una relación extraña marcada por esa pausa que no debió de existir y que generó una forma de sentir, de crecer y de vivir distinta a la deseable y a la esperada en el proceso vital, en el proceso natural de nacer y ver a tu mamá y disfrutar de su amparo y construir el apego vehicular para la vida emocional y social. 

El crecimiento dificulta la unión

Y llegó la adolescencia, el segundo nacimiento. Y entonces hubo inclemencias y más vacíos que nunca. Parece que resurgía el dolor del nacimiento en una forma reactiva de devolución, de rechazo y de repudio. Estaba muy enfadada, y me lo hacía saber con desprecios, con ausencias y falta de sintonía. Pero sin duda sabía que esto era transitorio, que era necesario que regulara su espacio, que liberara el dolor que conectaba con traumas emocionales que tenía bloqueados.

Necesitamos dejarles saber a nuestros hijos que la relación con ellos es más grande que cualquier problema.

Gordon Neufeld

Tenía que asumir que yo fui la responsable de no poder darle amor en  el momento primero donde más necesitó. Y sufrió, bien que sufrió. Y ahora era ese cambio evolutivo para sacarlos de adentro, de esa memoria remota, inconsciente que en las crisis evolutivas del periodo adolescente se vuelve tan insolente.

Yo sabía que mientras dijera que no, yo no iba a presionar porque la puerta del amor nunca se iba a cerrar, solo había que estar, atenderla y esperar. A veces, era costoso de digerir. Yo entonces desconectaba y ya está. Luego volvía con fuerzas esperanzadas a conectarme con ella.

Nuestros pequeños maestros

Entonces siguió creciendo, madurando y aprendiendo. Teniendo sus experiencias, su búsqueda de alegría, de ilusiones y de afectos. Y siempre me dio lecciones de madurez, de coherencia, de honestidad, de bondad y de sensibilidad.

Puedo asegurar que fue mi gran pequeña maestra. Pero la deuda seguía, parece que no saldaba. Parece que aquella puerta nunca terminaba de traspasarse y llegar a encontrar mi corazón y llenarme con su vínculo de amor. Me quería, lo sabía, la quería, lo sentía. Pero había que esperar que una ráfaga de viento la abriera de par en par. 

Y es así donde aprendí que el amor maternal siempre está ahí, que merece de paciencia y fortaleza para sortear dolor y encontrar el bienestar que produce comprender que la vida busca siempre el equilibrio perdido, el reajuste natural que es, sin duda, proporcional a lo que supuso el daño que creó el desequilibrio. 

Un día ya en su etapa de segunda juventud, con su independencia hecha, una mujer maravillosa, llena de sueños y vida, de emociones vivenciadas pero poco compartidas, sufrió un momento duro, un momento de dolor, de intensa alteración y de una angustia profunda. Y la puerta, lentamente y con mesura, se tornó hacia mí y por fin la necesidad de ser atendida por mamá volvió a aparecer en la vida, una vez más.

El vínculo maternal siempre conecta

Pero ahora yo si estaba tras la puerta y la pude consolar, acompañar, ayudar, atender y cobijar. Se produjo la catarsis. Comenzaron a sanarse las heridas iniciales y comenzamos a darnos caricias emocionales.

Entonces comprendí que en el amor maternal nunca hay momento para el desaliento. Que los hijos siempre están esperando ser queridos y que nosotras tenemos que ser capaces de ver que la vida siempre nos va a dar segundas oportunidades. Solo hay que confiar, mantener la frecuencia del bienestar y el amor y no dejarse llevar por la desesperanza o la frustración.

Cuando ella sanó y superó su gran crisis, la vida le invitó a disfrutar de su mayor ilusión, de renovación  vital, de sueños llenos de fuerza y vida llena de amor, de confianza y de pasión. Y ya lo hicimos unidas y compartiendo el proceso. Este nuevo nacimiento nos permitió por fin sentir la dicha y felicidad que precisa, de verdad, el vinculo maternal. Y al final, cada paso que tus hijos dan, son la guía natural para curar las heridas, aprender a superarte y para evolucionar. Los hijos siempre serán nuestros mejores maestros.

Escucha lo que te dicen con su conducta, sus gestos, sus reacciones y emociones, sus momentos de desaliento o sus tremendas rabietas. Cada vez que hablan te dicen cómo debes comportarte. Y es de verdad, increíble, si les escuchas aprendes, dejas el ego de lado y te nutres profundamente de la esencia de la vida. 


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