¿QUIÉN DIJO PSICOSIS?

Hoy no me apetece levantarme de la cama. Dejo que suene el despertador de modo repetitivo ¡qué pereza! El sonido de los pájaros entra por la ventana. Su particular lenguaje se hace cada vez más insistente ¿estarán discutiendo por algún gusano? Bueno, he de tomar una decisión aunque me cueste un esfuerzo sobrehumano. Venga, arriba.

Consigo hacerlo ¡estoy de pie! Ducha, desayuno y a la calle. Lo cierto es que el día acaba de despuntar y ya luce espléndido. Qué colores nos regala la Naturaleza. Sí, madrugar hace que te reconcilies con el mundo. Me espera una larga excursión hasta la estación de tren. No importa, la disfruto paso a paso. No me cruzo con nadie en el camino.

El tren de las siete llega cargado de mochileros, viajeros y turistas., es lo que hay cuando resides en una ciudad que llama mucho la atención.

– Dejen salir antes de entrar, por favor. –Canta con aire cansino el responsable de la estación.

Aún con la ensoñación en la mirada y la sensación de marchar dentro de una burbuja, me siento. Observo frente a mí una bolsa amarilla de supermercado en cuyo interior brilla el papel de plata.

“Vaya, alguien se ha dejado el bocadillo…” –pienso.

No pasa nada. Abro mi mochila, saco el libro y me sumerjo en el particular mundo de Rodrigo Muñoz Avia (“Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos” por si a alguien le interesa).

En la siguiente parada aparece una mujer y se sienta frente a mi. Hace ademán de querer coger la bolsa y levanta al mismo tiempo la vista. Una parte de mi cerebro procesa la pregunta:

– ¿Esto es tuyo?

La otra parte le grita:

– “¡No lo muev….!”

BOOOOOOOOOOUUUUUUUUUUMMMMMMMMMMM

No hubo tiempo de nada más. El vagón se llenó de un humo denso, negro. La sorpresa fue tan violenta que propició un silencio absoluto. No hubo reacción inmediata. No se movió nadie. No habló nadie. El tren paró bruscamente y las luces se apagaron. Tuvimos suerte, no estábamos aún en el túnel. Al quedarse sin corriente, el conductor no pudo abrir las puertas automáticamente. Los hombres más fornidos intentaban abrirlas mientras el resto del pasaje rompió a gritar… o al menos eso parecía… Boqueaban, no sé muy bien si buscando aire limpio para respirar o si chillaban, tenía en los oídos un pitido…

Horrible.

Me recorrió el cuerpo un escalofrío y de un solo plumazo volví a la realidad: la chica de enfrente estaba masticando un chicle y haciendo globitos… Muy ruidoso todo…


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