¿QUEREMOS UN FUTURO ASÍ? (I)

futuro

En algún lugar del planeta tierra. Año 2043

Con los ojos como platos, envuelto en su neurotraje, el nieto preguntó —¿Me estás diciendo que os saludabais juntando las manos?

—Por supuesto —contestó el abuelo con una sonrisa ensoñadora—, ese era el ritual que solíamos hacer cuando nos encontrábamos con algún conocido.

—Abuelo, ¿qué te pasa en la boca? —dijo el nieto, con tono temeroso en la voz.

—Estoy sonriendo.

—Sonri… ¿qué? —preguntó el pequeño, desconcertado.

—Sonriendo —contestó el anciano, paciente—. Llamábamos sonrisa al gesto que hacíamos con la boca cuando nos sentíamos alegres, agradecidos, felices… Para sonreír debes subir un poco los pómulos y entrecerrar los ojos.

—¡Qué interesante!, ¡voy a probarlo! —exclamó el nieto, mientras intentaba imitar a su abuelo y solo conseguía una horrenda mueca— ¡Ay, qué dolor de mandíbula! ¿Y dices que esto servía para demostrar felicidad? ¡Más bien produce dolor!

El abuelo le miró con ojos húmedos y acarició con dulzura el cristal protector facial del niño. El muchacho cambió el rictus de su boca al estado natural, un estado inexpresivo y frío.

—Tranquilo, con la práctica lo conseguirás —le dijo su abuelo, unos de los individuos más longevos del territorio.

—Cuéntame más de los viejos tiempos, abuelo. ¿Es verdad que la gente iba sin neurotraje? —continuó preguntando el joven.

—Claro.

—¿Y no se morían al respirar el aire del exterior?

El anciano rió. El joven muchacho le miró con ojos desorbitados y dio un saltito hacia atrás, tapándose la entrada de audio incorporada en su casco para no seguir escuchando ese extraño sonido.

—Nooo, claro que no —contestó el abuelo, tras apaciguar su acceso de risa— Es más, cuando nos encontrábamos con algún familiar, amigo o incluso alguien que nos caía bien y pertenecía al otro género (en aquel momento solo existían dos, el masculino y el femenino), le dábamos un par de besos en la mejilla.

El niño le miró con ojos aterrados.

—¿Estaba permitido hacer esas cosas? Supongo que después os meteríais en alguna CID[i], ¿no?

—¡Qué va! En aquellos tiempos no existían las CID —respondió el anciano, sin poder contener la risa, a pesar de que sabía que ese gesto incomodaba a su joven nieto.

—No comprendo cómo podíais vivir sin CID y sin neurotrajes. ¿No teníais miedo?

—Claro que teníamos miedo, pero no de juntarnos con los amigos y abrazarlos, ni de besar a nuestros familiares y parejas. Teníamos diferentes miedos, dependiendo de la época: en unas ocasiones teníamos miedo a que unos señores que vivían a miles de kilómetros de distancia viniesen a nuestra ciudad y nos asesinasen con bombas; en otras a que un germen patógeno entrase en nuestro cuerpo y nos quitase la vida con un sufrimiento atroz. En fin, había miedos para todos los gustos—contestó el anciano.

—Pero entonces, ¿cómo lograste sobrevivir hasta ahora?

El anciano se encogió de hombros con una sonrisa. El niño seguía sin entender.


[i] Cabinas Individuales de Desinfección


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