¿PARA QUÉ HAGO LO QUE HAGO?

Nos despertamos por la mañana, desayunamos, trabajamos, comemos, volvemos al trabajo, vamos de vuelta a casa, cenamos, vemos la televisión y nos acostamos. Y así pasan los días, los meses, los años… y llega un momento en el que nuestra vida finaliza. En ese instante tan trascendental de nuestra existencia, si eres capaz de preguntarte para qué hiciste todo lo que hiciste a lo largo de tu vida y encuentras una respuesta coherente: ¡enhorabuena, has vivido tu vida con plenitud!

El ser humano hace muchas cosas de manera automática sin pararse a pensar en el sentido de la acción que está ejecutando, aunque sea en apariencia insignificante. El sistema social en el que estamos inmersos ha programado ciertos “algoritmos” dentro de nosotros, como si fuésemos alguna especie de microprocesador biológico o algo así, los cuales ejecutamos de manera inconsciente, sin pararnos a pensar en el sentido que podrían tener para nosotros. Tal vez este es uno de los motivos por los que la humanidad se siente vacía e infeliz.


¿Para qué corremos tanto?

Vivimos en un frenesí alocado. Vamos corriendo a todas partes realizando miles de acciones a lo largo del día, sin ser conscientes de lo que nos aportan en realidad, ni si nos benefician de alguna manera. Nos pasamos en modo automático casi la jornada completa y nos olvidamos de que no somos cyborgs, de que somos seres emocionales, espirituales y mágicos. Sin embargo esta “automatización inducida” nos hace olvidar ese poder inmenso que todos poseemos y por consiguiente, nos produce un malestar semiinconsciente que normalizamos. Craso error.

¿Para qué me levanto por la mañana? ¿Para qué trabajo en ese empleo en el que me tratan mal y apenas me pagan? ¿Para qué invierto horas y horas de mi tiempo dentro las redes sociales mirando fotos y leyendo mensajes de gente que no conozco ni conoceré jamás? ¿Para qué sigo consignas de personas que dicen que tienen la solución a mis problemas, cuando ni yo mismo soy consciente de tenerlos? Todas estas preguntas y muchas más deberían estar presentes en nuestra mente de vez en cuando. Sé que nos son fáciles de contestar pero el mero hecho de plantearlas ya es un enorme cambio de perspectiva. Además es un gran paso para alcanzar la felicidad y la plenitud individual.

Preguntarse ¿para qué? nos da un enfoque más claro de hacia dónde queremos caminar en nuestra vida, nos da un objetivo. A partir de ahí nos será más fácil tomar mejores decisiones que nos ayudarán a encaminarnos hacia nuestra felicidad y plenitud. Una vez que consigamos abrir camino hacia allí, ya podremos preguntarnos: ¿para qué hemos nacido? en un sentido más amplio que abarque a los demás seres con el objetivo de crear una sociedad con un «para qué» que merezca la pena.


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