PANDEMIA Y CONFINAMIENTO PARA VALORAR LAS COSAS SIMPLES

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Esta pandemia, sus medidas de prevención (tan estrictas como insólitas por su impacto mundial) y sus restricciones, nos hicieron entender de golpe, lo vulnerables que somos y que no somos invencibles. Por eso, tenemos que cuidarnos y mantenernos a salvo en nuestras casas, en donde nos hace muy bien ponernos a reflexionar sobre la felicidad que se encuentra en las cosas simples que nos suceden cotidianamente. Esta columna es un llamado a la esperanza en la voluntad humana, para que cuando todo esto termine, podamos disfrutar más la vida y estemos más preparados para entender la belleza y solemnidad que hay en las cosas más sencillas de esta existencia. Un abrazo, una caricia, una simple reunión con amigos o asistir a clases, por ejemplo.

La pandemia sin duda está haciendo estragos en el mundo, es una calamidad más de todo lo que sucede en la tierra. Gracias a la tecnología tenemos la posibilidad de tener la información al instante, aunque este factor a veces no es tan favorable porque esta sobreinformación genera pánico y ansiedad respecto sobre lo que va pasando día a día y el asedio de noticias a toda hora genera estrés.

Como sabemos, los efectos adversos de la pandemia están siendo devastadores y debido a las consecuencias, intentar comprender estas nuevas problemáticas mundiales no es algo a lo que los intelectuales contemporáneos se les haya escapado por suerte. De hecho, algunos de los pensadores y escritores más influyentes de la actualidad se han estado manifestando por las redes sociales, en los medios de prensa y hasta escribiendo libros al respecto. Es muy adecuado que podamos pronosticar sobre cómo las consecuencias del coronavirus van a repercutir en el mundo cuando todo esto acabe. ¿Cuándo se encontrará una solución a la crisis que ha dejado miles de muertes, una caída considerable de la economía mundial y el aumento del desempleo por el desplome de la actividad económica (sobretodo en los países más vulnerables que son los que más sufren las consecuencias)?

Por suerte, varios ilustres escritores se han pronunciado al respecto. Por ejemplo, el filósofo esloveno Slavoj Zizek, publicó  hace 2 meses “Pandemia” para reflexionar sobre el tema. Su colega y valorado escritor Byung-Chul Han está dando varias entrevistas. También el distinguido Yoval Noha Harari, que ha dedicado al tema varios editoriales en sus redes sociales. Pongo de ejemplo a estos tres  escritores, porque en los últimos años vienen publicando best sellers y se dedican a hablar sobre nuestros tiempos siendo críticos de la sociedad y de los poderes que imperan actualmente.

Estos eruditos sin duda vienen cuestionando al orden mundial hace rato, mucho antes de la pandemia. Digo esto porque lamentablemente este virus está poniendo en vilo a la salud y estabilidad económica global, quizás como nunca antes se haya visto con una enfermad. Los intelectuales escriben sobre este fenómeno que a todos nos preocupa y afecta de alguna manera. En cierta forma ayudan compartiendo su sabiduría para interpretar mejor el contexto internacional, ayudando a pensar mejores soluciones  y estimulándonos a reflexionar al respecto supongo.

Por eso, en esta ocasión, aprovechando que tenemos este espacio para comunicarnos con los lectores, no es que quiera compararme con los eximios autores que mencioné antes. Pero este es un canal que compartimos con nuestros fieles lectores, que son a quienes nos debemos el trabajo y el esfuerzo de complacerlos con los mejores artículos que podamos escribir. Desde mi humilde lugar, me quería dirigir hacia ustedes para enviarles un abrazo, en este caso un gran abrazo digital para todos.

Es que pienso que estos momentos nos vienen proporcionando una gran oportunidad para pensar sobre esas pequeñas cosas que solemos pasar desapercibidas. Una simple charla o reunión con amigos, leer un buen libro, ver una buena película, escuchar buena música o leer buenas revistas web como esta… En muchos países del mundo, el aislamiento social, las restricciones ciudadanas y la llamada cuarentena, nos ha posibilitado mantenernos a salvo. Y así, valorar estas cosas cotidianas que son parte de nosotros y no solemos darnos cuenta de lo importantes que son.

Les cuento que en mi país (Argentina) ya llevamos 2 meses de aislamiento social obligatorio, por lo que empecé a pensar en situaciones como esperar la hora de clase en el campus con un radiante sol en las tardes de verano. Es un hecho cotidiano que extraño y que ninguna plataforma de aprendizaje virtual podría suplantar. Como el hecho de estar en el aula rodeado de mis compañeros y discutiendo los temas de cátedra en persona. Pero aún más simple, es el hecho de respirar, algo que esta enfermedad impide realizar del todo bien cuando ya está en su fase avanzada, dando con el peor de los finales… Y  tal vez, hasta hace unos meses, no caíamos en cuenta de la suerte que teníamos al poder levantarnos a la mañana, tomar el primer aire del día, abrir la puerta, salir y llevar adelante nuestra rutina.

La pandemia de las oportunidades

Estamos en la era de la información, donde todo el tiempo estamos conectados, los medios siempre hablan de las calamidades del cambio climático, las finanzas mundiales, el mercado internacional, las catástrofes, y todos los peligros y amenazas que nos enfrentamos… pero esto se ve que nos tomó por sorpresa.

Pero como yo soy siempre tan optimista, pienso que esta es una gran oportunidad para ser mejores, para cuidarnos más, para valorar cada muestra de afecto, para entender lo frágiles que somos, para valorar más los detalles simples de la vida, para ver que, quizás, nos hacemos muchos problemas por nimiedades o cosas pequeñas y sobrevaloramos cosas superficiales o efímeras.

Yo tengo la esperanza de que cuanto todo vuelva a la normalidad, la vida pueda ser mejor antes, sé que estaremos mejor preparados para enfrentarnos al mundo con todo lo que hemos aprendido. Porque realmente creo que la pandemia nos ha enseñado a valorar la vida y todo lo que nos rodea como nunca antes a pesar de lo impactantes y duros que han sido estos primeros meses de década recibiéndonos de esta manera tan catastrófica.

Para cerrar, a modo de ejemplo, quiero compartir una cosa que me pasó a mí, una situación anecdótica:

En la universidad tengo una profesora muy estricta, que me regañaba cada vez que llegaba tarde a su clase. Tan rígida en sus prácticas, que me vi obligado a recusar su materia. (Por ello, y porque quizás no estudie lo suficiente…). La semana pasada dio una clase en videoconferencia. No pude ver el vídeo… Y entonces extrañé algo tan simple y cotidiano como ir y tomarme el bus sobre la hora y llegar tarde a la universidad para que esta mujer me retenga parado 15 minutos en la entrada y me humille frente de toda la clase.

Parece tragicómica esta situación, pero llegó un momento que se tornó gracioso, es más, diría que se volvió parte de la rutina. Tal es así, que cuando yo llegaba más temprano que la profesora, me quedaba dando vueltas para volver a entrar tarde, para que empezara así el show de antes de las clases.

Mi profesora se esfuerza mucho para dar una clase en directo y por entender cómo funcionan las plataformas de videoconferencia, los procesadores de texto, el escáner, entre otros. Todos estamos poniendo de nuestra parte haciendo todo lo que está a nuestro alcance para tratar de salir adelante. Por ustedes, queridos lectores, me arriesgo a que esta eximia profesora lea este artículo, vea mi foto y nunca más me den mi diploma. De todas formas es un riesgo que quiero asumir. Es que la rutina misma tiene  estos pequeños riesgos que le dan sabor a nuestra vida y que valen la pena, y que lógicamente, en confinamiento y aislados, extrañamos.

Gracias por estar allí. Hasta la próxima.


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