OTRA VIDA MEJOR CON UNA PATA DE JAMÓN

Buscando a Wally. Así he estado toda la semana paseando por el cementerio de la Almudena buscando al anciano que visitaba su tumba. Recorriendo el mismo camino un día tras otro, a ver si me topaba con él en algún momento. En esas andaba yo paseando entre cipreses cuando me di cuenta de una cosa, no sabía el nombre del anciano. Ni siquiera me fijé en el nombre que estaba inscrito en la tumba, ni la fecha del fallecimiento, ni nada de nada. Además me dijo que solo iba por allí el día de su cumpleaños. Y que yo sepa solo se cumple una vez al año, claro que también se muere una sola vez. Así que me fui de nuevo hacia el lugar donde lo encontré pensando si todo fue una tomadura de pelo, y yo soy una ingenua de cuidado. 

Cuando estaba a pocos metros de donde lo encontré, oí que alguien me gritaba “¡joven, joven!”. Me volví y allí estaba la pata de jamón sujetando el cuerpo de aquel anciano.Pensaba que no vendrías”, me dijo con una sonrisa en los labios. Me acerqué a él y ofreciéndole mi brazo para que pudiera apoyarse y caminar juntos le respondí: “No podía perderme esa historia que me ha tenido en vela toda la semana”. Nos acercamos a su tumba y nos sentamos en el banco más cercano. Miró fijamente a la tumba y empezó a hablar como si yo no estuviera allí.

Aquella mañana me desperté con un extraño sabor de boca. Me dolía la cabeza y tenía un recuerdo vago de lo que había ocurrido la noche anterior. Era mi cumpleaños y mi amiga Eva vino a celebrarlo conmigo, pero se marchó una vez sopladas las velas de la tarta que me había preparado y brindado con champan. Eva es médico. Se dedica a viajar por el mundo ayudando a todos aquellos que sufren y no pueden acceder a la medicina. Por la mañana salí de la habitación algo somnoliento y me dirigí al cuarto de baño para darme una ducha y ponerme en marcha. Era sábado, no trabajaba y además ¡era mi cumpleaños!

Al pasar por delante de mi salón para ir al baño, me fijé en una mancha en la alfombra. Subí las persianas para que la luz entrara y me arrodillé en la alfombra, un kilim que Eva me regaló cuando volvió de su último viaje a Turquía. La mancha era roja y ocupaba gran parte de la alfombra pero no recordaba haber bebido vino tinto durante la cena. Bueno, ya lo limpiaría después de tomarme un café”. En ese punto del relato le pregunté si Eva era su novia. Giró la cabeza, me miró con los ojos llenos de lágrimas, negó con la cabeza y siguió con su historia. 

“Mientras me tomaba el café me fijé en la mancha de la alfombra y recordé que Eva llegó después de un viaje de una semana, diciendo que no se podía perder mi cumpleaños. Desenvolviendo los regalos y cantando el cumpleaños feliz a voz en grito para que yo me ruborizara, pues sabía que esas cosas no me gustaban demasiado. Yo soy muy tímido y discreto en todo lo que tiene que ver con mi vida personal. Toqué la mancha con la mano, olí el líquido que se quedó en mis dedos: era sangre. Me asusté y empecé a mirar si tenía alguna herida en mi cuerpo pero no, al parecer todo estaba en orden. Y de pronto sonó el teléfono, respondí y una voz masculina preguntaba por Eva. Era la policía, un vecino había llamado la noche anterior quejándose de gritos y golpes en mi apartamento, llegarían en 15 minutos”.

Yo estaba que no daba crédito a aquellas palabras. ¿Era un asesino? ¿Había matado a su amiga? Estaba como Teresa de Jesús cuando escribió aquello de “vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero”. Pues eso, que una parte de mí decía que saliera corriendo y otra no me dejaba moverme del banco donde estábamos sentados para escuchar aquella historia que no sabía cómo iba a terminar. Bueno sí, con la tumba del anciano que estaba tan vivo como yo. 

Cuando la policía entró en mi apartamento fue directamente hacia la mancha de la alfombra. El agente me miró y me dijo que Eva no había llegado a su casa, que el vecino había escuchado una pelea y un fuerte golpe y que estaba ahí para encontrar respuestas. Yo le dije que no recordaba que la mancha estuviera cuando me fui a la cama. Eva se marchó y esta mañana he visto la mancha.

En ese momento un policía apareció con un cuchillo jamonero en la mano manchado de sangre, lo metió en una bolsa de pruebas y se lo llevó para ver si era la misma que la de la alfombra y para analizar las huellas. A mi todo me parecía una película, un mal sueño, una pesadilla. Yo no tenía ningún cuchillo para cortar jamón, no tenía ni jamón en mi cocina. Tuve que ir a comisaría y tras unas cuantas horas contando una y otra vez lo que ya había contado, me dejaron salir”.

Vaya cumpleaños, iba pensando yo cuando al llegar al portal me encuentro con Eva”. “¿No querías cambiar de vida? ¿Que a los 35 ya era hora de salir corriendo y vivir de otra forma? Pues ese es mi regalo de cumpleaños. La sangre es tuya, las huellas son tuyas y tu cuerpo va a desaparecer porque la cantidad de sangre que hay en la alfombra es tal que ningún ser humano sobrevive a tal pérdida. Además como médico tuyo que soy, ya te diagnostiqué en su día como paciente con anemia aplástica, vamos que no produces células sanguíneas nuevas y sufres sangrados descontrolados.

Ayer te di un tranquilizante para poder sacarte algo de sangre, por eso te has levantado hecho unos zorros. Así que venga, haz las maletas y vámonos de aquí, tu nueva vida empieza, ya. Por cierto, el certificado de defunción lo acabo de firmar y enviado a la policía”. Yo no pude por menos que preguntar el significado de aquel extraño bastón. “Querida, estaba el cuchillo jamonero, solo nos faltaba el jamón. Así que lo compramos, nos lo comimos y yo me hice este bastón”.


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