¡NO PUEDO MENTIR!

Franco siempre pareció un niño normal, aunque distaba mucho de serlo. Franco no podía mentir, por mucho que lo intentara. Sus padres, preocupados por esa extraña actitud que tantos malos ratos les había hecho pasar, optaron por contactar con una afamada psicóloga.

—Ponte cómodo, Franco.

El chico se sentó en silencio en el diván. Su mirada se mantenía fija en los ojos de la psicóloga.

—Tus padres están muy preocupados por ti.

—¿Por qué? —preguntó el muchacho, mientras escudriñaba la mirada de la doctora.

—Hay ciertas actitudes por tu parte que les incomodan.

—Dígame un ejemplo —contestó el joven, impertérrito.

La doctora hizo una pausa calculada para observar la reacción del muchacho. Seguía con los ojos fijos en ella y su gesto no cambió.

—¿Recuerdas lo que ocurrió hace dos días?

—Sí

—¿Quieres contármelo?

—No quiero contárselo, pero debo hacerlo porque para eso estoy aquí y para eso mis padres le pagan lo que le pagan.

La doctora mantuvo la compostura gracias a su larga experiencia, a pesar de que sintió una desagradable punzada de ansiedad en el estómago.

Franco no puede mentir

— Aquel día iba de compras con mis padres —explicó el muchacho— cuando nos encontramos con una pareja. Mis padres comenzaron a hablar con ella alegremente. Al principio no sabía quiénes eran, pero de pronto reconocí la cara de la mujer. Eran unos antiguos vecinos nuestros. Entonces recordé cómo mi madre siempre despotricaba contra esa señora: que si era una imbécil, que si era una chula, que si era una cotilla… Así que, al ver a mi madre hablar con ella como si fuesen grandes amigas, sentí la obligación de aclarar las cosas.

—Entiendo…

—No, no lo entiende —repuso Franco de inmediato—. No puede entenderme porque no está dentro de mi mente. Usted es igual de falsa que mi madre. Usted solo dice lo que en la Universidad le han dicho que debe decir. Usted miente, usted hace creer a sus pacientes que les escucha y les entiende, pero no es así. En realidad a usted no le importa lo que sientan, porque de ser así, se volvería loca.

La psicóloga bajó la mirada, haciendo ver que revisaba unos documentos, para ocultar la vergüenza que sentía.

—¿Por qué finge leer esos papeles? —dijo el joven, implacable, sin dejar de mirarla.

—Hemos terminado la sesión, Franco. Puedes irte.

La psicóloga respiró aliviada cuando Franco salió por la puerta de su consulta. Aquel crío era muy especial, sin duda.


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