¡NO PUEDO MENTIR! (IV)

Un buen día, el que iba a ser tal vez, el mejor de su vida, Franco se encontraba en la tienda de videojuegos revisando las últimas novedades que habían salido al mercado de su videojuego favorito cuando una joven se acercó a él y le empezó a hablar.

—Hola, Franco. ¿Me recuerdas? Soy Alicia.

Franco miró a la chica.

—¿Alicia?… No te recuerdo. ¿De qué nos conocemos?

—Hemos coincidido varios cursos en la misma clase —contesto la joven con una sonrisa.

—¿Eres tú la chica que se quedaba siempre en una esquina de la clase y que nunca hablaba con nadie porque era muy fea?

Alicia rio.

—Esa misma —replicó.

—Bueno, no es que hayas mejorado mucho con los años, pero noto en ti un cierto atractivo. Me gusta tu sonrisa.

—Gracias. Tal vez no lo sepas, pero yo he estado enamorada de ti desde siempre.

—¿Sí? —dijo Franco, mientras el corazón le daba un vuelco—. Pues yo ni siquiera me fijé en ti.

—Lo sé. Nadie lo hacía.

—Tus palabras me hacen experimentar un sentimiento parecido al enamoramiento. Sin embargo eso no es posible porque no me gustas físicamente, ni te conozco apenas… No lo entiendo.

—Tal vez sea porque te estoy diciendo la verdad y tú eres incapaz de mentir y de admitir una mentira.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Franco, sorprendido.

En la tienda de videojuegos: Franco no está solo

—Dispuse de mucho tiempo para estudiarte desde mi rincón, Franco, a lo largo de los años que coincidí contigo en el colegio. Me di cuenta enseguida de que tus actitudes y acciones dejaban claro que no admitías la mentira bajo ningún concepto, por eso tuviste tantos problemas y por eso me enamoré de ti.

—Me estás dejando impresionado, Alicia —dijo Franco—. No he conocido jamás a nadie tan sincera y clara como tú. Me gustaría enamorarme de ti, me gustaría amarte y desearte sexualmente. Incluso me gustaría tener hijos contigo…

—Pero no lo sientes así, ¿verdad? —le interrumpió la joven—. Lo entiendo perfectamente, aunque tus palabras me duelan. A lo largo de los años, he aprendido que no se puede forzar el amor, ha de fluir dentro de uno mismo sin condicionamientos externos, así que esperaré a que ese amor florezca dentro de ti porque sé que no encontraré a nadie como tú.

Franco se emocionó y unas lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Alicia le miró con curiosidad.

—No lloro por tus sentimientos hacia mí, lo hago porque tú eres la prueba viviente de que no soy el único que sufre esta enfermedad, de que no soy un bicho raro.

—No es una enfermedad, Franco, es una bendición —respondió Alicia, mientras rodeaba con el brazo los hombros del joven Franco.


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