¡NO PUEDO MENTIR! (II)

Franco prefería pasar el día jugando a videojuegos a tener que formar parte de una farsa social. Se había quedado solo en casa, a pesar de contar con apenas doce años de edad y no le importaba. Sonreía al recordar la “conversación” que había tenido con sus padres poco antes de tomar la decisión de acudir a la boda de unos “amigos”.

Franco no entendía el motivo de aquella extraña obligación que tenían los adultos de asistir a celebraciones organizadas por personas a las que apenas veían. O incluso les caían mal. Tampoco le encontraba sentido a “tener que pagar” por hacer acto de presencia en esas invitaciones. Una invitación se supone que se hace porque el anfitrión desea de manera altruista que el invitado le acompañe en ese evento tan importante para el primero. Pero no solía ser así y por eso Franco era incapaz de entender por qué utilizaban la palabra “invitación” cuando querían decir “intercambio comercial”. La realidad es: «Yo te ofrezco mi fiesta a cambio de que tú me des tu dinero«.

Por más que Franco había intentado explicar a sus padres que aquello no tenía sentido, que si habían sido invitados, pagar por ello no entraba dentro de la definición de “invitación”, solo consiguió que se enervaran más. Ellos aseguraban que tenían que entregarles una cantidad nada despreciable de dinero a los novios. Cuando Franco les preguntaba el motivo, sus padres respondían “porque es así, todo el mundo lo hace”. Esa respuesta dejaba descolocado al joven Franco. Le parecía increíble que los adultos adoptasen aquella mentira como norma social, solo porque la gran mayoría la aceptaba.

Franco sabía que sus padres apenas conocían a la pareja que se iba a casar. De hecho, ni siquiera les caía bien. Por ese motivo Franco era incapaz de comprender la razón por la cual, no solo aceptaron su invitación, sino que les iban a dar una cantidad muy alta de dinero. Al joven todo aquello le parecía hipócrita y así se lo hizo saber a sus padres.

Al final la farsa social tuvo lugar… sin él. “La verdad es que este castigo es mejor que la alternativa”, pensó Franco, mientras reventaba de un disparo la cabeza de zombi que a punto estuvo de morderle.


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