NECESIDAD PROFUNDA DE CONVERSAR

-No me digas que no te pasa nada porque te conozco. Si no quieres conversar, lo respeto, pero no hay necesidad de mentir. Aquí estaré cuando quieras desahogarte-, dijo Mario.

Ella levantó la cabeza y le dedicó una dura mirada, impenetrable. Con la cara empapada en llanto, y sin inmutarse, dijo:

-Lo sé, no soy imbécil. Se que a veces hay que pedir ayuda para poder salir del pozo. Pero esta no es la primera vez que estoy en él y sé perfectamente cómo reaccionan el resto de las personas. No podéis entenderlo, sólo me mirarías con lástima e incredulidad y no necesito eso. No quiero que los demás se compadezcan de mi, no quiero que me juzguen. Lo único que deseo es que todo el mundo me deje en paz.

Él quedó unos instantes en silencio mientras encadenaba las palabras idóneas que no cerraran aún más sus puertas.

-De acuerdo, no quieres contárselo a cualquiera, eso lo respeto, pero no puedes estar segura de que nadie en el mundo te pueda entender. ¿No te parece abarcar demasiado?

Conversar abrió los corazones rotos

-Obviamente, claro que existen personas que puedan comprender los sentimientos humanos más profundos, pero estoy convencida de que esas personas son las que han pasado por algo parecido y escasean-, dijo ella.

-¿Algo parecido?¿A qué? ¿Transtornos mentales? ¿A eso te refieres, verdad?

Ella se quedó muda. La rigidez de su cuerpo se acentuó más con el peso de los pensamientos y comenzó a sollozar. Él cogió su mano y la sostuvo entre las suyas. Permanecieron en silencio unos instantes mientras ella derramaba sus lágrimas. Sentía la necesidad de conversar.

-Sé lo que es estar dentro de ese agujero-, susurró él. -Hace unos años sufrí de agorafobia. Y sí, tienes razón, no te entenderá cualquier persona. Ni siquiera aquellos que te aman. No porque ellos no lo intenten, sino porque no sufran viendo cómo te consumes día a día. Créeme, ellos también sufren, la impotencia les desgarra. Simplemente no han pasado por lo mismo que tú y no pueden darte herramientas para que vuelvas a la vida. 

El silencio volvió a imperar. Lás lagrimas seguían resbalando por su rostro y la vergüenza mantenía su cabeza baja. Aquellos dos corazones rotos se comunicaban sin articular palabra, sin mirarse.

El miedo y la angustia se apoderó de mí

-Todo comenzó sin que apenas yo pudiera darme cuenta-, continuó hablando él con la esperanza de que ella cogiera el relevo. -Una noche estaba en una fiesta universitaria en la que había gente por todas partes. ¡Ya sabes cómo son esas fiestas! Aquello parecía un hormiguero. Yo estaba en mi salsa, pasándolo en grande con mis compañeros. Entonces me subí a una plataforma a bailar con unos cuantos amigos más y, de repente, vi claramente toda la gente que había allí. Estaba rodeado por todas partes. Comenzaron a asaltarme pensamientos de angustia, tales como «si tuviera que huir ahora mismo, ¿por dónde saldría?»

-Me bajé de la plataforma inmediatamente pero el flujo de pensamientos ya era imparable y la sensación angustiosa se convirtió en un torbellino de magnitud creciente. Me faltaba el aire, no podía respirar. Tenía que salir de allí cómo fuese-, sus ojos brillaban con la intensidad del recuerdo y ella supo que era real.

-La angustia era tan intensa que no pude contenerme, el cuerpo dejó de responderme y, al final, me desplomé. Recuerdo que, al recobrar el sentido, ya me habían sacado de aquel tumulto y pude respirar aliviado-, soltó un profundo suspiro que atestiguaba la emoción contenida. -Después de aquello ya nada volvió a ser igual. Sentía miedo en cualquier espacio en el que hubiese mucha gente, en cualquier lugar cerrado: ir a clase, subir en autobús, tomarme algo en una cafetería muy concurrida, todo me provocaba terror.

-Sentía que no tenía control sobre mi cuerpo. Llegó un punto en que ya no quería salir de casa y, claro, entonces comenzó la presión de los que estaban a mi alrededor. ¿Qué me pasaba? ¿No quería salir de casa únicamente por miedo? «El miedo hay que afrontarlo» me decían, pero yo no tenía fuerzas ni para abrir los ojos al despertarme. No sabía qué era lo que me pasaba ni cómo había llegado hasta ahí. ¿Cómo iba a superarlo?

Conversar compartió el dolor y la soledad

Ella se había serenado y lo miraba profundamente. Había un vacío tan grande en aquellos ojos que sintió como un escalofrío le recorría toda la espalda. Se intuía un profundo dolor en aquel cuerpecito delgado y débil. Bajó la mirada y percibió como sus manos permanecían firmemente unidas. Ella apretó con fuerza su piel y comenzó a hablar. Su mirada se perdía en el infinito.

-Tengo bulimia-, rompió a llorar de nuevo. -Y no es la primera vez. Hace un par de años que debuté como bulímica y ahora he tenido una recaída-. Las lagrimas caían como cataratas de sus ojos mientras negaba con la cabeza en un intento de comprenderse a si misma, de entender por qué le estaba pasando de nuevo, por qué se hacía tanto daño a sí misma.

-Y ahora estoy peor que la primera vez porque la recaída me ha destrozado. Creía que podía, que tenía fuerza, pero no la tengo. Me siento tan sola. Sé que tengo a mi familia y amigos, personas que me quieren y me apoyan. Pero aquí dentro-, se tocaba el pecho con rabia-, sólo estoy yo. Aquí no puede entrar nadie más, nadie puede ayudarme. Sé que en esto estoy sola y no sé si puedo. Además no soporto hacer daño a los que quiero, están sufriendo por mi culpa.

Escuchaba sus palabras de aliento

Rompió en llanto de nuevo, esta vez con el corazón encogido. Como una niña pequeña, busco el refugio de su abrazo. Ya no había tensión en su cuerpo. La frustración y el enojo se habían esfumado y sólo quedaba un cuerpo dolorido que intentaba zafarse de las agudas punzadas del sufrimiento humano.

-No estás sola-, susurró él con una voz dulce y tierna. -Siempre tendrás cerca a alguien que te ama dispuesto a sostener tu mano, dispuesto a recorrer el camino contigo. Pero tú, querida amiga, tú eres quien debe hacerlo. Nadie puede hacerlo por ti. Por mucho que te amen, por mucho que quieran aliviar tu carga y llevar tu peso, no pueden hacerlo, debes hacerlo tú. Con su ayuda, por supuesto, pero tú eres la protagonista. No puedes huir. No puedes esperar a que «alguien» venga a recogerte del fango. La única salida es que te levantes por tí misma.

Ella hundió su cara entre sus brazos, no quería escuchar sus palabras. A estas alturas, le faltaban agallas para oir aquello. El aguijón del dolor se clavaba en su alma. Le resultaba mucho más fácil entregarse a aquella oscuridad que la envolvía y dejarse llevar por el terror que se había instalado en su corazón. Continuó llorando durante un buen rato. Cuando vació todo el dolor y se calmó, empezó a hablar con otra voz. Estaba relajada, tranquila, pareciera que esa voz brotara desde otro lugar.

Las emociones controlan mi vida

-Cuando las emociones habitan en nosotros resulta muy difícil deshacerse de ellas porque se funden con nuestro verdadero yo. Una ya no sabe diferenciar lo que es genuino e innato de lo que es adquirido. Una ya no sabe distinguir entre lo que es importante de verdad y lo que no. Me dicen que la solución es aprender a quererme a mí misma pero, ¿cómo cojones se aprende eso? Me despierto cada día en un mundo que destesto, que arrasaría hasta los cimientos si puediese.

Un mundo en el que las personas y el resto de seres vivos no importan ni una puta mierda. ¡No importamos nada! Aquí solo merece atención lo superfluo, lo material, lo mezquino. Y de la misma manera se recompensa el egoísmo, el individualismo, la avaricia e inmundicia. Pero la loca soy yo. Soy la que tiene trastornos mentales. Yo soy la que se desequilibra por intentar adaptarme a esta sociedad desquiciada sin valores humanos. Yo soy la que tiene que luchar.

Y no, no me digas que existen muchas personas que realmente merecen la pena, eso lo sé. También sufro por ello, por las personas bondadosas. Personas con un corazón que no les cabe en el pecho sometidos por psicópatas. Es demasiado para mí. Es una carga enorme levantarme cada día para mejorar un mundo que, desde mi humilde opinión, debería extinguirse, al menos así descansaríamos. Quizás por eso haya desarrollado esta enfermedad, porque en mi interior hay tanta desolación que sólo deseo dejarme morir.

-Es muy triste todo eso que dices Marta, es tristísimo-, dijo sin soltarle las manos. Quería transmitirle calor, amor, fuerza. Quería transmitirle ganas de vivir.

Mi mundo es el del amor y la unión

-Lo es-, hizo una pausa mientras inspiraba lentamente y soltaba el aire sonoramente, como si quisiera deshacerse de todas esas emociones que se agolpaban en su pecho. -Es muy triste no encontrarle sentido a la vida, pero así es. Yo no soy capaz de vivir de forma insustancial, no va conmigo. Mi alma necesita más amor, más colaboración, más unión. Lo siento con mucha claridad y estoy segura de que aquí no lo voy a encontrar. Este es el mundo del «tonto el último» y el «sálvese quien pueda«.

-Pues si, desgraciadamente. Pero también es el mundo de los besos cálidos y los abrazos eternos. El mundo en el que un corazón repleto de amor te coge la mano y no la suelta hasta que tú has soltado todo el dolor que almacenabas dentro. Es el mundo en el que la risa se contagia. El mundo en el que compartir tu dolor puede hacer que éste se divida y compartir tu alegría hace que ésta se multiplique. El mundo en el que conversar te hace aligerar tu carga.

Un mundo en el que habita el miedo, por supuesto, sin embargo también habita el coraje y el valor que inspiran corazones. Pero sobre todo, sobre todas las cosas, es el mundo en el que el amor puede mover montañas y ¡hay miles de ejemplos cada día! ¡En cada rincón del planeta! No dejes que el odio empañe tu mirada. En este mundo hay muchas cosas por las que merece la pena vivir. Atrévete a vivirlas.

Ella había comenzado a llorar de nuevo pero, esta vez, las lágrimas recorrían un rostro sereno y calmado. -Gracias-, dijo Marta con ojos llenos de ternura y los dos se fundieron en un reconfortante abrazo.


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