MI PARTICULAR BARRIO SÉSAMO

Cuando era pequeña lo que más me gustaba al llegar el sábado, era ir al mercado con mi madre. Ir a la pescadería, ver todo el pescado expuesto, escuchar a Paco, el pescadero. Ofrecer el mejor producto y antes de marcharnos me daba un cangrejo o un caracol, dependiendo de la temporada. Yo me iba tan feliz con mi animalito en un cucurucho de papel a seguir comprando por el mercado de la mano de mi madre. Al puesto de Antonio, el de los pollos y los huevos frescos que traía de la granja de su familia.

También íbamos a la frutería. A saludar al charcutero por que siempre que cortaba queso o chorizo, caía en mis pequeñas manos un trozo para que lo probara. Y terminar siempre en el puesto de las aceitunas. Donde había de todos los colores, tamaños y sabores y pepinillos, grandes, pequeños y gordos con un boquerón dentro. Cuando nos íbamos pasábamos delante de la casquería y yo me quedaba mirando hipnotizada aquellas vísceras. Todo el mundo te conocía, te saludaba, te preguntaba por la familia, por el cole, era genial. Después el llegar a casa con la bolsa de la compra y colocar las cosas en la nevera era todo un placer para mí. 

Ahora todo eso se ha acabado. Compramos en las grandes superficies donde nadie se conoce y todo el mundo va con prisas. Afortunadamente yo vivo en un barrio donde todavía hay pequeños comercios donde puedo ir a comprar como si fuera al mercado con mi madre. Y la tienda que me ha hecho revivir aquellos momentos de felicidad de mi infancia ha sido el pequeño supermercado de Gustavo y Caste. Allí me siento bien. Siempre que llego a comprar y pregunto “¿qué tal todo?” la respuesta por parte de Gustavo es siempre la misma “entre bien y fenomenal”.

Me encanta. Intento ir sin prisas, cosa difícil pues mi vida es un acelerón continuo, pero cuando entro en la tienda a comprar fruta, verdura, o lo que necesite, pues tienen de todo y si no lo tienen, al día siguiente Gustavo lo consigue. Siempre hay una charla de amigos, un preguntar “qué tal va todo” e iniciar una conversación para salir siempre con una sonrisa en la boca. Y además su pueblo -Villarrubia de Santiago-, tiene para escribir largo y tendido. Lo haré, seguro.

En la tienda hemos compartido lágrimas por la pérdida de nuestros seres queridos. Risas por la obra de teatro que hemos visto y nos gustó. “Piques” por el partido de futbol o de baloncesto donde ha perdido o ganado nuestro equipo. Música por los conciertos a los que hemos asistido y los recordamos. Entre unas cosas y otras nos hemos convertido en ese tipo de amigos que conoce la vida del otro, sin preguntar nada y que cuando llevas varios días sin verlo, vuelves diciendo “cuánto tiempo sin veros, ya os estaba echando de menos”. Y lo dices porque es verdad. 

En fin que cada uno tiene su “Barrio Sésamo” particular, con sus personajes a los que saludar o no, según se tenga el día. Yo he encontrado el mío que saludo siempre con una gran sonrisa: Gustavo (y Caste, por supuesto). El reportero-tendero más dicharachero de Barrio Sésamo.


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