MI CORAZÓN ROTO Y DOLORIDO

Mi corazón latía tan rápidamente que no podía controlarlo. Me desperté angustiada y me di cuenta de lo pesados que eran mis párpados, no podía abrirlos. Estaba en una ensoñación muy profunda y mi cuerpo aún no respondía. Como un polluelo que intenta salir de su cascarón, hice acopio de toda mi fuerza y conseguí moverme levemente. Estaba tumbada en el suelo con el cuerpo dolorido. Todo estaba cubierto por un líquido pegajoso, caliente, y el hedor que impregnaba el ambiente era insoportable. Entorné los ojos y entreví otros ojos que me miraban fijamente. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

¿Dónde estoy? Balbuceé, pero nadie contestó. Con todo el valor que pude reunir, me incorporé un poco y abrí los ojos. Contemplé aquel cuerpecito inmóvil: su cabello rubio, sus mejillas sin rubor, sus manitas y su mirada inerte, fija. Un gran charco de sangre nos envolvía a ambos. Era tan pequeño, tan vulnerable. No pudo hacer nada para defenderse y no se podía hacer nada para salvarlo.

Aquella visión me destrozó y lloré amargamente. Busqué a mi alrededor y sentí que alguien más yacía a mi espalda. Al girarme pude ver al bebé. También con la garganta cortada. Ahogué un alarido. El dolor que me provocaba aquella escena era desgarrador, de hecho, era tan punzante que empecé a recordar.

Mi corazón volvió a recordar el amor

Recordé a un hombre al que amaba más que a nada en esta tierra, un hombre por el que lo habría dado todo. Era mi mundo y yo el suyo. Encontrarnos fue lo más maravilloso de nuestra vida. Recordé como ansiaba él ser padre y como yo no podía darle hijos. Hicimos todo lo que estaba en nuestra mano y en dos ocasiones estuvimos a punto de conseguirlo, pero lo perdimos todo en nuestro empeño.

Nos perdimos a nosotros mismos por el camino. Yo no me sentía mujer sino un desecho. Él dejó de amarme. Su deseo de tener hijos era mayor que su amor por mí, de tal manera que me abandonó. ¡El muy bastardo me dejó! Yo habría dado mi vida por él y él me abandonó.

Me provocó el dolor más insoportable de toda mi existencia. Me sentí tan pequeña, tan miserable. ¡¡Tan poca cosa!! Sentí tanto odio por mí misma, por no ser capaz de concebir hijos. Era odio visceral, lo sentía en mis entrañas, lo sentía crecer. Era una oscuridad que cada día se hacía más grande, una oscuridad que lo estaba consumiendo todo. Me devoró por dentro.

Aquel hombre rehizo su vida como si yo nunca hubiese formado parte de ella. Encontró a una buena mujer, se enamoraron y crearon su propia familia. Desaparecí por completo de su mundo. Yo ya no era absolutamente nada para él, salvo un triste recuerdo. Sin embargo, él seguía siendo todo para mí.

El odio había anidado en mi interior y mi obsesión cada día era más retorcida. Esperé pacientemente durante años para poder asestarle el golpe perfecto que le provocase el mismo sufrimiento. Si yo no podía tenerlo, él tampoco lo tendría. Por eso esperé hasta que tuvieron más de un hijo. Aguardé el momento idóneo y aquí me encuentro, en un charco de sangre con sus dos hijos muertos. Y no me siento mejor. Creía que la oscuridad se disiparía, pero no es así, es aún más y más profunda. Siento que devora mi alma.

¿Qué he hecho? Dios mío, ¿qué he hecho? Ellos eran inocentes, no tenían culpa de nada, y ahora sus cuerpecitos son como el mármol, pálidos, inmóviles, como pequeños ángeles esculpidos. El remordimiento y la culpa me atraviesan el corazón, me atrapan. Mis lágrimas brotan desde lo más profundo de mi ser.

El dolor me inunda

La oscuridad se cierne sobre mí, me envuelve y me consume por completo. No puedo ver nada más allá de mi sufrimiento, de mi remordimiento, el dolor es lo único que existe. No hay salida posible. Así que cojo el puñal con el que he acabado con sus vidas y lo hundo en mi estómago, con la esperanza de que la muerte traiga paz a mi retorcida alma, pero no es así.

Me elevo sobre mi cuerpo consumido y el sufrimiento permanece, atraviesa conmigo el umbral. Yo creía que la muerte era una liberación, pero sólo es una puerta. El monstruo del odio forma parte de mí y me acompañará donde quiera que vaya. La oscuridad me traspasa, me deforma, siento que está a punto de destrozarme en miles de pedazos.

Me despierto con el corazón en un puño y me doy  cuenta de que estoy gritando. Todo está muy oscuro, no sé donde estoy. ¡Tengo tanto miedo que siento el corazón palpitando en mi boca! Estoy aterrorizada. Las lágrimas me empapan la cara. Con mucha dificultad, llevo la mano hasta mi pecho y siento mi propia respiración. Como tantas otras veces, este gesto me tranquiliza. Extiendo el brazo y enciendo la luz.

Estoy en casa, en mi habitación, tumbada en mi cama. Todo ha sido una terrible pesadilla. Respiro profundamente. Me levanto al baño, me echo agua en la cara y trato de despejar la mente. Todo ha sido un sueño, me repito. Pero es que era tan real, tan vivido, con tantos detalles, que me hace sentir muy confusa. Había llegado a creer que realmente era esa mujer. Pero ¿Y si realmente soy esa mujer? ¿Y si sigo dormida? Mi mente sigue aún turbada.

Vuelvo a echarme agua en la cara. Está muy fría. Siento con firmeza el suelo bajo las plantas de mis pies. Este instante es real. Con esta sensación me meto de nuevo en la cama, pero dejo la lámpara encendida y ya no puedo volver a dormir.


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