MI BEBÉ NO ESTÁ GORDITO

Bebés; pequeños ángeles. Chiquititos, de risas dulces y sinceras. De ojos de luz y espontaneidad encantadora. Y lo mejor es cuando están gorditos, cuando sus mejillas son redondas y sus brazos carnosos. Me encanta verlos así, es imposible no querer abrazarlos, dedicarles palabras dulces con una voz aguda o llenarles la cara de besos sin importar cuánto maquillaje se les impregna después en la piel.

¿A quién no le gustaría tener un bebé?
¿A quién no le gustaría tener un bebé?

Mi bebé está muy delgado. He intentado por todos los medios que aumentara de peso. Que creciera un poco más, que su barriga se ensanchara. De verdad, lo prometo. Pero se niega a comer las papillas que le preparo o los biberones. Tampoco sirve de mucho darle el pecho. Tardé días en comprender que la culpa no era mía, sino que él tenía un problema y que su metabolismo, por alguna razón, no le permite digerir correctamente los alimentos. Dios mío, ¡cuantísimas veces he pensado que lo hacía a posta! Pasaba las noches tiñendo las paredes con mis lamentos, llegando a creer que mi bebé no engordaba porque intentaba hacerme daño; porque intentaba robarme mis mejores años, los primeros de la maternidad. Me arrepiento tanto de haber tenido esos pensamientos…

Me apena muchísimo que la gente ignore a mi niño. No quieren dedicarle ni una sola palabra amable.

Y mi marido… No quiere salir conmigo ni con nuestro hijo. Nos mira diferente. Ya no me toca, no quiere hablarme. Me insiste en que acuda a un especialista, ¡está siempre con el tema del especialista! Que tengo depresión postparto, dice. ¡Yo quiero que vuelva a ser el mismo! Que me bese, que coja a nuestro pequeño en brazos, que nos incluya a ambos en sus planes. ¿Se arrepentirá de ser padre?

Ayer en la plaza alguien llamó a la policía. Dijeron que mi bebé no era normal. Que le estaba matando de hambre. Dios mío, no paro de repetir a los agentes que hago todo lo posible para que engorde. Tengo la cocina y el dormitorio lleno de botes de leche en polvo, tarros en conserva, potitos, platos con maicena. ¡No quieren escucharme!

Por eso estaba escribiendo una declaración al detalle. Quiero que mi abogado la lea. Y en cuanto él me saque de aquí y me devuelvan a mi hijo, demandaré a las autoridades por difamación y abuso policial. No sólo dicen que no merezco ser madre, sino que soy una “enferma mental”. ¡YO! ¡UNA ENFERMA MENTAL! Pero lo que más me duele es que se refieran a mi niño como “cadáver en putrefacción”.

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