ENTREVISTA A INTERNA DEL CENTRO DE MENORES DE MALLORCA: “ESTA ETAPA ES LA QUE MÁS QUIERO BORRAR”

El Estado y sus niñas putas bajo su tutela (…) así se titula el crudo artículo redactado por Mario Díez, quien narraba desde la experiencia de su profesionalidad, su impresión ante el escándalo ocurrido en Mallorca; que las niñas hubieran sido prostituidas bajo la tutela del Estado era “un secreto a voces” desde hacía diez años según declaraciones publicadas en varios medios digitales, ya que “el Instituto Mallorquín de Asuntos Sociales no hizo nada a pesar de informes de educadores”.

Este caso de tráfico humano parece ínfimo en comparación con el monstruo que devora a las jóvenes tuteladas a rasgos generales, pues “hay prostitución de menores tuteladas en toda España” según expertos, ya que creen que “el caso de los centros de acogida de Mallorca se da en otras comunidades y el sistema está superado por el aumento de niños, de extranjeros y un modelo anticuado”. No obstante, esos argumentos parecen vacuos cuando escuchamos a mujeres como Joana Molinas -quien entró con 13 años en un centro de menores de Palma- al confesar públicamente que “la explotación sexual de niños tutelados en Mallorca existe desde hace décadas, a mí intentaron prostituirme en los 90”.

El espíritu justiciero que parece latir en los lemas feministas tales como #HermanaYoSíTeCreo, #NingunaAgresionSinRespuesta, #MacheteAlMachote o “Polla violadora a la licuadora” se ven eclipsados por los nulos resultados que ha traído la primera reunión en el Consell de Mallorca para sentar las bases de la comisión de expertos sobre explotación sexual de menores tutelados, puesto que se ha cerrado sin ninguna medida y “con la percepción, por parte de los grupos de la oposición, de la intención del PSOE y sus socios, Podemos y Més, de dilatar sus conclusiones” según periódicos digitales.

“Matrix se revuelve… Y me enseña lo que hace falta que os enseñe” escribe Mario Díez en su twitter. “El perverso sistema estatal de secuestro institucional de bebés, del primer paso al último; de los servicios sociales a los jueces. El paso a paso. Preparo vídeo y os asomo al abismo” promete, antes de añadir el hashtag de #JusticiaPoetica Infancia.

Ada Torrero (nombre ficticio para preservar la intimidad de la persona en cuestión) es una joven que se ha puesto en contacto con Alba Lobera para compartir al detalle cómo ha sido su experiencia en un centro tutelado de Mallorca tras su ingreso a los 17 años. Aunque afortunadamente su episodio en aquel lugar no está señalado por el abuso sexual, en su testimonio podemos encontrar lo que es sentirse un número desde la más tierna juventud.

Ingresar en un centro de menores tutelados no es una alternativa atractiva para los jóvenes o sus familiares. Entrar en uno de ellos indica que se está pasando por un período en el que se requiere una observación extraordinaria y un diagnóstico acorde a la situación personal de los menores atendidos. “Ingresé porque estuve en una época mala…” comparte Ada, con timidez. “Tuve intentos de suicidio y en mi familia dijeron que no podían hacerse cargo de mí. Tenían miedo de la situación, así que, entré al IMAS”.

¿La mayoría de los educadores tienen vocación de oficio?
¿La mayoría de los educadores tienen vocación de oficio?

¿Cómo de crítica es la situación de una joven que ha sentido el impulso de quitarse la vida? ¿Qué responsabilidad tendría un educador ante menores que dan sus primeros pasos en el sexo desde la inmadurez que caracteriza su edad?

“Me llamó la atención el artículo del señor Díez” comienza la joven, decidida “aunque no me sorprendió en sí lo que se decía del IMAS, porque he visto a niñas que estaban conmigo en el centro que a lo mejor se ausentaban un par de días, y al volver ya hablaban de experiencias de tipo sexual. A mí me llamaba mucho la atención; había una niña de 13 años que ya contaba esas cosas. Imagina: que una niña de 13 años me contara esto a mí con 17, pues… Resultaba chocante” sentencia. “Yo no sé hasta qué punto el IMAS tendría algo que ver o no”.

¿Llega a ser a veces necesario entrar a un centro tutelado? ¿Existe presión por parte de los educadores o administradores?

 “La única solución que comparten es la de ingresar sí o sí” señala Ada, “en mi caso no era del todo necesario. Me dijeron que yo por tener 17 años no me podían obligar. Era menor de edad pero casi hacía los 18, así que no podían exigírmelo. Que la última elección la tenía yo. Les insistí como veinte veces, literal, que me quería ir a mi casa. ¿Qué ocurre? Que mi familia dijo que no, que en mi casa no me querían. Entonces, la solución que había era meterme al centro o que bajo ningún concepto yo me fuera a mi casa. Se llegó al punto de que si yo mentía en cualquier cosa y mi madre llamaba para que me ingresaran en el centro, me llevarían o a uno ‘peor’ o a uno ‘mejor’ porque habían encontrado algunos que podrían haber sido más beneficiosos para mí. Yo dije que lo que no quería era que si el día de mañana me llevaban a un centro, que no fuese de ‘los peores’, así que volví a comunicar dos veces más que no, que no quería que me ingresaran. La chica que me atendió me remarcó que me lo pensara y, después, me hicieron estar otras dos horas allí para que yo me pensara si lo que yo quería era irme de verdad del centro o no” explica. “Vamos, que no les valió las primeras veinte veces que les insistí en que no quería ingresar en un centro” subraya. “Así que, encuentro que en parte fue un sí o sí porque si estás diciendo que no, esa intención que tuvieron de dejarme ahí tantas horas fue como un ‘niña, vete al centro ya directamente’. Recuerdo haber ido a las nueve de la mañana y entrar a la puerta del centro a las tres de la tarde. Y llegar al centro se tarda quince minutos, o sea…  Imagina el tiempo que yo pude estar allí esperando. Imagina cuando me volvieron a decir que tenía que pensarme el permanecer o no en ese sitio. O sea, era un ‘sí o sí’ claramente”.

Ada nos explica que su paso por el IMAS fue intermitente debido a sus constantes crisis, algo que no parecía controlarse debidamente en el centro. La joven tampoco tuvo apoyo ni casi ningún tipo de protección por parte de los educadores.

“No llegué a ingresar varias veces en el centro” señala. “Pero con mis antecedentes entraba al hospital. Estaba un día, luego me daban el alta y volvía al centro… Luego estaba tres meses más ingresada en el hospital otra vez, volvía otro par de días al centro… Después de nuevo un tiempo largo en el hospital, y al darme el alta, ya sí que regresé a mi casa. Teóricamente para probar si me iba bien en el entorno familiar, si había habido cambios y demás. Así que, no es que volviera a ingresar en sí, sólo que como recaía, me ingresaban en el hospital, me daban el alta, volvía al centro de nuevo… La verdad es que en todas esas veces tuve muy malas experiencias” relata con firmeza. “A ver… Siempre he sido una persona muy tímida, y al principio me costaba hablar con el resto de gente. Cada uno tenemos nuestras cosas. Pero me costó mucho llegar a hacerme con alguien y, la verdad es que algunas personas eran muy conflictivas. Al principio con los educadores bien. Pero hubo una vez en la que me dio un ataque de ansiedad. Casi como que me volví loca en ese momento, fue un caso aislado también te digo. Y los educadores respondían que yo lo hacía para llamar la atención y que era fingido. Ahí me sentí muy mal, y claro, nunca faltan las típicas personas que siempre están lanzando pullitas e indirectas. A eso súmale que los educadores no te reforzaban. Y cuando se ensañan con alguien, se ensañan de verdad. Recuerdo que había una chica” continúa “que se escapó porque tuvo una pelea con un chico; decía que se largaba porque los educadores no la iban a apoyar. Después volvió, pero estuvo tres días fuera, ¿sabes?”

A Torrero se le dificultaban favores como el conseguir una prenda de ropa, y tampoco ha llegado nunca a sentirse mínimamente atendida: “No, no me he sentido atendida” responde tras pensarlo unos segundos “pero porque encuentro que hay mucho descontrol porque ahí cada uno va a su bola. Tú tienes tus tareas, sí, en ese sentido hay pautas. Pero hay descontrol en el sentido de que la gente decía ‘uy ahora me encuentro mal… Salgo. Ay, ahora estoy bien; entraré un par de días… Bueno mira, que no. Que salgo’. No sé, yo recuerdo que necesitaba unos pantalones de verdad, no tenía. Claro, en esos momentos estás bajo la tutela de menores y yo no podía decirle a mi madre ‘oye cómprame un par’. Fui a un educador y se lo expliqué. Me pusieron las mil y una pegas para ir a comprarme unos pantalones. Tenía uno, y los otros me iban bastante grandes. ¡Lo necesitaba! Vamos, que te ponen las mil y una excusas para casos así, por lo que no me parece que haya cuidados en sí. Mira, no estaba pidiendo unas camisetas o una chaqueta nueva. De hecho, una de las niñas que había me dio una chaqueta suya para que yo no tuviera que pedir nada. Sí que es verdad que se iban (los educadores) con algunos otros niños. No pretendo compararme, quizá ellos tuvieran problemas mucho peores. Pero sí que es cierto que los educadores venían con bolsas muy grandes y a lo mejor en otros casos para conseguir algo que de verdad necesitabas tenías que repetirlo miles de veces”.


Dolor y abuso psicológico: ‘Había algún educador al que parecía que le importabas de verdad’

Ciertos educadores no parecían dedicar palabras muy acertadas a los menores
Ciertos educadores no parecían dedicar palabras muy acertadas a los menores

“He llegado a sufrir abuso emocional” comparte Ada “sexual no, y físico… Pues creo que tampoco, yo creo que lo recordaría. Pero emocional sí, porque cuando yo tenía mis crisis algún educador me ha llegado a decir que dejara de hacer tonterías, que no hiciera esas cosas, que tenía que dejar de hacer el idiota… En esos momentos pues, eran cosas que no controlaba. No podía decidir sobre mi cuerpo. No encontraba oportuno que me dijeran que ‘dejara de hacer el tonto’ o que ‘siempre estaba igual’. Una vez me sentía muy nerviosa y me bajé a la calle, a una placita. Antes de llegar a sentarme en un banco, un educador vino detrás de mí y me agarró del brazo, preguntándome que qué estaba haciendo. Después me respondió ‘bueno, tranquila. Pues quédate aquí’. No me gustó que me hiciera eso y que me cogiera del brazo”. La joven hace una pausa y baja el tono de voz. “Sobre todo era eso, ¿no? Abuso emocional. Me lo han llegado a hacer pasar mal”.

¿Es posible encontrar algo de luz en este mundo viperino? Pese a la terrible lucha que Ada llevaba contra la frialdad del sistema, la joven es capaz de compartir algo enriquecedor: “De entre todos los educadores, había una con la que me llevaba bien. Algo bueno eran las visitas que te hacían en el hospital. Casi siempre estaban cinco minutos y todo era muy despectivo, pero con algún educador sí que había un afecto positivo hacia ti, que te visitaba, te preguntaba cómo estabas. Como que le importabas, ¿sabes? Había algún educador al que parecía que le importabas de verdad. Pero esto era en momentos muy puntuales. Esto quitando lo materialista, ¿sabes? Por ejemplo” rememora “para navidades decían ‘venga, rellena una carta’ y te hacen el regalo de Reyes. A mí no me importa mucho lo material, esos momentos eran los que menos me importaban. Yo puedo hacerle un regalo a una persona en cualquier ocasión y viceversa. Pero pocos educadores demostraban afecto o atención. Momentos muy, muy puntuales”.


Los educadores a los niños: “¡Ey chicos! ¡Si lo hacéis, que sea con condón!”

“Después de haber salido del centro tuve que ir a recoger mis cosas y hablar con un educador. Mientras conversábamos, me dijo que estaban buscando a una chica interna que pululaba por el centro. Subió arriba y la encontraron en su habitación. Como no podían abrir la puerta y tampoco localizaban a un chico, lo que sugería la situación, y más después de haber visto su ventana abierta, era que… Mira, tú cuando necesitabas algo urgente porque no abrían las habitaciones en todo el día, pedías la llave. Se llegó a la conclusión de que habían pedido la llave abajo y habían subido a la habitación… Y que estaban los dos juntos. Claro, la llave se la tienes que pedir a un educador, así que por lo menos uno de ellos sabía que un chico y una chica estaban adentro. Y la llave siempre queda fuera. Entonces… Este educador ya dijo ‘si lo hacéis, que sea con condón’. Me chocó bastante pero no me impresionó tanto como el caso que he contado antes de la joven de 13 años porque esta niña aún era un poco más mayor dentro del margen que cabía en la edad”.

La edad marca una diferencia en la realidad de una persona, pero no por ello ha de hacerse distinciones despectivas. Sin embargo, según la experiencia de Torrero, no siempre parecía tenerse en cuenta las necesidades de los más jóvenes: “Cuando por ejemplo las personas de más edad acudían a hablar con los educadores, se intentaba hacer algo. Pero los que llegaban nuevos o jóvenes se les dejaba algo más de lado. Si tú les estás diciendo ‘no, esto es falso, lo que dice Fulanito de mí no es cierto’, no hacían caso. No había una igualdad entre unos y otros. Más allá de que uno tenga 13, otro 15 y otro 17 años, yo creo que se regían más por la antigüedad que llevara uno en que todo estuviera mejor para él que no en otro que acababa de llegar”.

Que una figura de poder ejerza su influencia ante los menores que tiene bajo su autoridad es algo inevitable. En ocasiones encontramos casos de profesores que siembran en sus alumnos algo de esperanza, motivación o un mensaje positivo; en otras vemos que abusos como el acoso escolar están respaldados por los propios docentes, culpabilizando a la víctima y mostrando desinterés ante la falta de recursos.


Ada explica que en su caso hubo manipulación, control innecesario y excusas triviales para intentar romper la unidad familiar.

“En una ocasión me dijeron que iba a permanecer tres días en el centro. Esto me lo dijeron un jueves, por lo que en teoría el lunes siguiente me iba a mi casa, supuestamente. Se lo dije a un educador cuando me preguntó si necesitaba algo en concreto; le respondí que no, porque el lunes me iba. Llegó el lunes y cuál era mi sorpresa de que no me llevaban… Así que no fui. Ahí empieza mi problema. Si a mí me dicen que puedo irme a mi casa o que puedo ver a tal persona pero luego me lo niegan, ya una se empieza a preocupar. Me di cuenta de que desde el primer momento ellos hacían todo lo posible para alargar mi estancia todo lo posible, sin razón”. Comparte Torrero. “También he tenido un par de experiencias en las que no me dejaban ver a mi familia”. Añade.


 “Comenzaron a meter mierda (…) intentaron llevarse también a mi hermana”

Los educadores utilizaron excusas triviales para llevarse a la hermana de Ada
Los educadores habrían usado excusas triviales para intentar llevarse a la hermana de Ada

“Un día tuvimos una salida y una educadora me preguntó por unos asuntos personales que tenía con mi padre. Le respondí y ella me dijo ‘bueno, es que hay cosas que tampoco tienes por qué tolerar, porque tu padre tal y es que eso no debería ser así, fíjate cómo es’. Y era como que… Pues vale. No le des la razón pero no metas más cizaña donde no la hay… Por otro lado, a raíz de que yo ingresara en el centro, metieron en mi entorno a una educadora familiar cuando yo ya era mayor de edad. Pregunté el motivo dado que ya tenía 18 años y me dijeron que era por mi hermana, porque no la podían dejar sin atender. Yo seguía cuestionándolo, ¿por qué, si el problema era conmigo? Nada, no me respondieron nada razonable. La educadora siguió con nosotros, después dijeron que nosotros no queríamos atenderla y otras excusas. Poco después nos cambiaron de técnico referente. Vinieron varias veces a nuestra casa a comprobar la situación familiar, y luego comenzaron a meter mierda. Que si así no podían tenernos, que si esto no debía ser así, que fíjate la casa… Quiero hacer hincapié en que nosotros no teníamos una mala situación ya. La cuestión es que llega un día en el que tuvimos a un familiar indispuesto y solía descansar en el comedor, lo que les sirvió de excusa para volver a decir que el comedor estaba desordenado, la casa fatal y que mi hermana no podía estar ahí. Empezaron a decir a mi familia que estaban incapacitados para cuidarnos y que por eso a mi hermana que se la tenían que llevar a un centro de menores. Menos mal que medió una tía mía… Como ves, muchas veces no es necesario tanto control, y parece que hacen lo posible para separarte un poco de la familia”.

Por otro lado, la joven Torrero relata brevemente una anécdota -de su época de instituto- cuya protagonista no tuvo tanta suerte: “En una ocasión vi a una mujer que estaba sentada cerca del IMAS, con una tienda de campaña y un cartel que decía ‘Devuélveme a mi hijo’. Por lo visto se lo quitaron sin razón, y después de dos meses se lo devolvieron”.


Estigma social: las víctimas siempre son señaladas

Antes de terminar con la entrevista, Ada se sincera un poco más y opina: “Creo que estamos en una sociedad donde se prejuzga a la gente que ha estado en un centro. A veces no es porque no te atiendan adecuadamente en tu casa; y repito, hay personas que han tenido buenas experiencias… Aunque no es todo tan bello como lo pintan en general. No todo es negativo pero sí que las mayoría de cosas que pasan en un centro es malo para lo que tendría que ser un centro de menores” alega. “La sociedad tiene muy mal visto que estés en un centro y es uno de los motivos por los que no he contado nada” continúa la joven. “Más allá de que hablen de si he hecho algo malo o no por estar en el centro, me repercutiría negativamente a mi estado emocional. Todo lo vivido allí no ha sido muy positivo. Si hago un listado de pros y contras, hay más contras que pros. Es como algo que… Que quiero olvidar, ¿sabes?”. Tras un breve silencio, finaliza: “Este es el capítulo que más he intentado olvidar de mi vida. Esta etapa es la que más quiero borrar”.

More from Alba Lobera

5G: BLOQUEADO EN SUIZA Y DENUNCIADO EN EEUU, PERO ESPAÑA CALLA POR NEGOCIOS

Desde It-Magazine hemos denunciado la geoingeniería y los peligros que acarrean las...
Read More

3 Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.