MARA Y SU EVASIÓN INTERIOR

Mara abrió la puerta, cruzó el umbral y sintió un gran alivio. El día había sido especialmente duro. Tanto caos a su alrededor la desestabilizaba con sorprendente facilidad. Además, hoy se cumplían tres años de aquel terrible accidente que la obligó a cambiar de dirección. Se sentía muy densa. Los pensamientos destructivos la habían estado acompañando durante toda la jornada a pesar de que había intentado mantenerse ocupada. 

Al llegar a casa se sintió de nuevo protegida. Esconderse en algún lugar profundo de su interior siempre fue un bálsamo calmante para ella. Necesitaba aislarse del mundo. Ni siquiera se molestó en prepararse la cena; sintió náuseas al pensar en llevarse algo a la boca. Solo quería acurrucarse en la oscuridad y cerrar los ojos para liberarse del mundanal sonido.

Se dejó caer en la cama sin ni siquiera quitarse la ropa. Las lágrimas comenzaron a brotar antes de sentir la colcha en su piel. Era necesario. Mara lloraba para zafarse de la bruma que rodeaba su mente y su corazón. A veces hay que poner la lavadora y lavar todos los trapos sucios. Asi que lloró hasta que toda su ropa quedó medianamente decente y entonces, la cautivó sueño. 

Mara y sus sueños

Sintió que caía de forma muy placentera en un gran abismo negro como la noche más oscura. No sentía miedo, al contrario, se sentía segura. Seguía cayendo cada vez más y más profundo, hasta que comenzó a vislumbrar que la oscuridad se iba aclarando. No conseguía identificar la fuente de luz pero sabía que se estaba acercando a ella.

Se vio a sí misma flotando en el espacio, acercándose a un lugar desconocido. Era raro, muy raro. No sabía dónde estaba ni hacia dónde se dirigía pero la sensación de que allí había personas que la amaban era abrumadora. Esa luz que cada vez era más potente, le transmitía un amor embriagador. 

La sensación de caída le abandonó y la tierra se hizo firme bajo sus pies. Tenía los ojos abiertos pero no veía nada. La luz era muy brillante y, aunque no era molesta, no le permitía discernir con claridad. Solo podía sentir ¡y se sentía tan amada y tan extraña! Estaba en un lugar desconocido, un lugar que no conseguía identificar y, sin embargo, sabía que ese era su hogar. Tenía la certeza de que formaba parte de ello, una gran plenitud la invadía.

Intentó evocar el miedo y el dolor pero ya no recordaba esas emociones. Cuando uno se quita un ropaje lleno de barro y se da una buena ducha caliente, ya no contempla la idea de volver a ponerse la misma vestimenta ¡sería absurdo! De la misma manera, el sufimiento y el temor ya no tenían cabida en su corazón. Estaba en casa, a salvo y llena de amor.

Experimentando el hogar

Mientras se dejaba acariciar por esos sentimientos, percibió que sus ojos se iban acostumbrando a aquella luz cegadora. Entornándolos, comenzó a vislumbrar lo que le pareció un hermoso paisaje. Ante ella se abría un hermoso horizonte violeta cortado por un cristalino océano turquesa. Las olas venían a romper a sus pies descalzos, besándolos con calidez. La espuma del mar era de color dorado y reflejaba destellos de mil colores en su calma. Una lágrima rodó por el rostro de Mara, jamás había visto algo tan bello. 

La libertad que experimentaba era sobrenatural. Alzó los ojos al cielo mientras extendía sus brazos, expandía su pecho, y se percató de que no había sol. La luz seguía siendo muy brillante pero no provenía de ningún astro exterior. Sintió curiosidad…¿cuál será la fuente de esta luz? No importaba. Enterró sus pies en la arena en un intento de echar raíces en aquel mágico lugar y se dejó llevar. 

Al cabo de unos intantes se percató de que no estaba sola. Al girarse comprobó que alguien se acercaba aunque no conseguía distinguir la silueta. De nuevo la invadió una extraña sensación: no sabía quién era aquel ser y, en su interior, tenía la certeza de que ya se conocían. Se amaban profundamente. Poco a poco la figura fue revelando su verdadera esencia. Caminaba a cuatro patas y su cuerpo era majestuosamente grande e imponente.

Cuando lo tuvo delante, Mara supo que era una especie de lobo gigante. Tenía el pelo largo, ensortijado y tan blanco que reflejaba el color del cielo en su lomo. Sus ojos eran dos diamantes que devolvían mil caras distintas a Mara, como si pudieran ver las diferentes versiones de ella misma.

Los seres amados

Ante su asombro, el animal sonrió con tanta dulzura que Mara no pudo evitar abrazarlo con todas sus fuerzas. Enredó los dedos en su pelaje, suave como la seda, y aspiró el aroma que desprendía. Olía a amor, a besos, a ternura. Como si pudiese escuchar el bagaje de su pensamiento, el lobo enseñó los dientes divertido.

– También puedo ser muy fiero – se echó a reir.

Mara estaba sorprendida ¿de dónde había salido aquella voz? No había escuchado que el animal emitiera ningún…

– Aquí no es necesario hablar Mara. Nos comunicamos de una forma mucho más sincera. Puedo escuchar tus pensamientos y ver lo que sientes ya que todo se manifiesta en tu campo electromagnético. Por ejemplo: ahora estás completamente amarilla debido a la desorientación. Aquí no se puede mentir ¡no te puedes esconder! – volvió a soltar una gran carcajada – Y por favor, no vuelvas a llamarme animal. Mi nombre es Zahara.

Se miró las manos, asombrada. ¡Tenían un brillo amarillo! Volvió a estrechar al lobo entre sus brazos y mentalmente le pidió perdón. Se alegraba de volver a estar en su compañía.

– Un momento… – dijo Mara.

– Sí – contestó telepáticamente Zahara – Así es. No es la primera vez que nos encontramos y tampoco es la primera vez que pisas este suelo sagrado. Este es tu verdadero hogar y pronto regresarás a él.

– ¿Pronto? Si ya estoy aquí.

Antes de que Mara pudiera pensar nada más, Zahara se recostó en la arena y le hizo un gesto con la cabeza para que subiera a su lomo.

– ¡Vamos! Tenemos que devolverte la memoria.

El gran viaje de Mara

Mara se sentó a horcajadas y sus manos se agarraron con suavidad al frondoso pelaje. Volvió a aspirar su olor con los ojos cerrados. Sintió la fuerte musculatura de Zahara, la potencia de sus patas al correr, la firmeza con la que saltaba de un lado a otro. Reconoció su increíble fortaleza. Sí, era tierno y dulce y, a la vez, un majestuoso guerrero.

Abrió los ojos y contempló ese hermoso horizonte de nuevo frente a ella. El cielo púrpura se encontraba acunado ahora por dos imponentes montañas: una verde con explosiones de color que se iban abriendo paso; la otra negra, aparentemente sin vida, proyectaba una enorme sombra sobre el valle. 

– Te estás poniendo roja Mara. ¿Acaso sientes miedo? No hay motivos para sentir miedo, estás a salvo.

– Es esa montaña oscura Zahara, me transmite incertidumbre.

Zahara sonrió de nuevo mientras aceleraba el trote y pensó: «pues allí vamos».

Mara hundió la cabeza entre su pelo y apretó los ojos con fuerza. Desde el momento en que aterrizó en aquel paraíso, el miedo, el dolor, la rabia y la desesperación la habían abandonado. No quería volver a experimentar esas emociones otra vez, no. Contrajo su cuerpo todo lo que pudo para evitar que esos sentimientos penetraran en su piel.

– ¡Mara! ¡Mara! – Zahara estaba inmóvil y utilizaba su voz para hacerla reaccionar – ¡Mara, mírate! ¡Mira lo que te estás haciendo!

Mara abrió los ojos y vio sus manos fuertemente asidas a Zahara. Estaban rojas como el fuego y emanaban una especie de vapor muy denso. Se tocó el pecho que tenía un color rojo muy intenso, tanto que se estaba volviendo negro.

– ¿Qué me pasa? – dijo Mara aterrada.

– Te estás cerrando. Has dejado que el miedo se apodere de ti y has abierto la puerta a sentimientos como la rabia y el rencor. Ya te dije que aquí no puedes esconderte. Lo que forma parte de ti, se manifiesta. Este lugar sagrado refleja todo lo que existe en tu interior.

– No lo comprendo – y diciendo estas palabras Mara se echó a llorar.

Zahara no dijo ni pensó nada más. Simplemente comenzó a caminar hacia el valle sombrío. Mara se retorcía y apretaba los dientes como un animal acorralado. La tensión aumentaba vertiginosamente conforme Zahara se acercaba a la oscuridad. No pudo soportarlo. De un salto se alejó de Zahara y comenzó a gritar:

– ¡No puedo Zahara! ¡No puedo aguantarlo! ¡Quiero volver a la playa!

– No podemos volver Mara. Has venido aquí para esto, tienes que entrar en el valle. 

El poder de las emociones

Al oir estas palabras, Mara comenzó a arder. Se convirtió en una bola de fuego, roja como la sangre que desprendía fragmentos candentes como si de un volcán se tratara. Se había sumergido de lleno en el sufrimiento y la rabia. Los recuerdos y las emociones arrasaban su ser como un tsunami. 

Zahara no podía acercarse. El calor que emanaba de Mara era demasiado, le estaba abrasando. Quería consolarla pero ni siquiera escuchaba sus pensamientos.

– ¡No fue culpa tuya!-gritó Zahara acercándose cuanto podía- ¡No fue culpa de nadie! ¡Por favor, no te castigues más!

– ¡Claro que fue culpa mia! ¡Fui yo quién se distrajo! ¡Yo llevaba el volante! ¡Yo, yo la maté! -Mara soltó un aullido que hizó temblar la tierra.

– ¡No Mara! Estás equivocada… ¡Ella está viva! ¡Está feliz y te está esperando! 

El silencio recorrió todo el lugar como una onda expansiva y, a su paso, sembró la serenidad. El llantó cesó de forma instantánea y con una voz apenas audible Mara se preguntó cómo podía ser posible.

– Este es tu verdadero hogar ¿recuerdas? Aitana llegó aquí hace tres años – Zahara hizo una pausa para evaluar el rostro de Mara que se calmaba con cada palabra que pronunciaba- Está con seres de nuestra familia, es feliz. Sabe que pronto se reencontrará contigo. 

– Mi hija… ¿Mi hija está viva? – Mara sacudía la cabeza mientras lloraba de emoción – ¿Es eso cierto?

– La muerte, tal y como tú la percibes, no existe Mara. Tú no eres la voz que parlotea en tu cabeza, eres la presencia que habita en tu corazón. Y esa presencia nunca muere, solo se quita el traje del cuerpo.

Tomando perspectiva

Aquellas palabras fueron un bálsamo. El fuego comenzó a desaparecer y Mara volvió a sentirse más liviana. Sin embargo, había llevado esa carga durante mucho tiempo y no resultaba fácil soltarla. Culparse por la muerte de su hija le había dado una falsa sensación de justicia. Alguien debía pagar por la muerte injusta de una niña tan pequeña, tan vulnerable, tan frágil…

Zahara se acercó y se enroscó a su alrededor, abrazando cada trocito de su cuerpo, y cuando percibió que Mara se relajaba, le susurró al oído: 

– Cuando miras el mundo a través de tu mente, todo parace injusto y doloroso; cuando lo miras a través de tu corazón, ves belleza en todas partes.

Mara lloró amargamente y el gran lobo enjugó sus lágrimas creando una fuente divina que desvió el agua hacia el valle sombrío. Las lágrimas fluyeron y regaron toda la tierra. Solo entonces, Mara sintió un calorcito en el centro del pecho que disipó el dolor. 

– Zahara ¿puedes llevarme con ella? Daría mi vida por volver a abrazarla…

– Aún es pronto. Antes – dijo muy solemnemente – tienes que transitar a través de la montaña oscura.

Mara no respondió, se limitó a coger aire profundamente. Mientras lo dejaba escapar, muy despacio, sintió que una energía se apoderaba de ella. Estaba olvidando lo que acababa de ocurrir.

– No te preocupes – le transmitió Zahara sin emitir sonido – solo te estás despertando. Yo seguiré contigo, nunca estarás sola.

– Pero… ¡Zahara! – gritó Mara mientras se elevaba de aquel lugar y todo se tornaba negro de nuevo.

Estaba en la cama aún con la ropa puesta. Sabía que había estado soñando pero no conseguía recordar qué. Haciendo un gran esfuerzo, vinieron a su mente dos imágenes: se vio a sí misma de color amarillo y también, de rojo muy intenso. Pero nada más. Por más que quiso, no consiguió recordar qué podía significar «que hubiera una Mara amarilla y una Mara roja». Se levantó, se quitó la ropa y se arropó en la cama. Se llevó la mano al pecho, inspiró profundamente y, en su corazón, sintió que había comprendido algo muy importante.


Tags from the story
,
More from Rocío Pérez Torrico
NECESIDAD PROFUNDA DE CONVERSAR
-No me digas que no te pasa nada porque te conozco. Si...
Read More
Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.