MALTRATO INFANTIL: CONSCIENCIA Y CONCIENCIA

Cuando hablamos de maltrato infantil, la mayoría pensamos que los niños son sagrados y que no hay que hacerles daño. Sin embargo, los niños son vulnerables y son habitualmente los más maltratados en nuestra sociedad. Hay formas de entender el trato hacia los niños que se basan en creencias, en prejuicios, en hábitos adquiridos que permiten que no entendamos del todo lo que significa maltrato. Por tanto, es importante tomar consciencia de lo que significa. También utilizamos conductas, que aún sabiendo que suponen un maltrato, las justificamos. Por eso, también tenemos que desarrollar conciencia ante los actos que realizamos.

Diferencias entre consciencia y conciencia

La consciencia es la capacidad de darse cuenta, la conciencia además, es una actitud moral o ética frente a lo que se es consciente. Cuando tomamos consciencia de algo podemos organizar nuestra forma de comportarnos de manera que se produzca un equilibrio entre lo que sentimos, pensamos y hacemos. Si no tomamos consciencia, nunca podremos darnos cuenta de nuestros actos.

Si somos conscientes de que pegar o gritar a un niño son actos de maltrato, le afectan a su estado emocional y le perturban de distintas formas, tendremos la opción de cambiar esa conducta. Pero si nuestras creencias ciegan nuestra consciencia, seguiremos utilizando el grito o el golpe como forma de proceder cuando queramos corregir a un niño.
Posiblemente, si nuestros hábitos enraizados en costumbres aprendidas son muy potentes, sea más difícil cambiarlos, pero tendremos la oportunidad de replantearnos el proceder y ver opciones para modificarlo.

Si nuestra capacidad de conciencia ética o moral es reducida, aunque sepamos que es dañino el proceder, imperará el impulso y lo justificaremos desplazando la responsabilidad en la conducta del niño. Hablaremos en términos “me sacó de quicio” en lugar de “me descontrolé“.

Si no somos conscientes, nuestra actitud podrá ser errada habitualmente y no entender por qué las situaciones nos desbordan o no se solucionan. Aumentaremos la reacción desajustada pensando que esa es la única manera de resolver el problema. Finalmente, no solo esto generará sobrecarga sino que además, el niño se desregulará, pensaremos que hemos hecho todo lo que hemos podido y que es el niño el que es difícil y no ha sido capaz de aprender lo que le hemos enseñado.

La conciencia se altera con las experiencias amenazantes y la consciencia se nubla con las creencias. A veces, se entremezclan ambas circunstancias y podemos llegar a realizar actos dañinos, sin remordimiento alguno o porque no somos conscientes o porque nos autoengañamos.

Cuando somos inmorales o poco éticos, es posible que los miedos o la inseguridad justifiquen lo que hacemos. También la ambición como forma de sentirnos superiores, obnubilen la conciencia. O incluso nuestras experiencias infantiles nos hayan perturbado tanto el grado de conciencia, que, de adultos, sintamos placer en el daño que generamos.

Es importante entender que si buscamos equilibrio y bienestar interior, no es el mundo el que tiene que cambiar, es la capacidad de ser conscientes lo que puede realmente ayudar.

Si, siendo conscientes de lo que hacemos no podemos modificar nuestra actitud, es que nos resistimos a cambiar, porque la conciencia que hemos desarrollado nos da más seguridad y cambiar nuestras premisas, amenaza nuestra estabilidad.

Un niño maltratado puede ser un adulto maltratador porque ha aprendido que la forma de sobrevivir es haciendo daño. Y aún siendo consciente del daño generado, su conciencia está perturbada porque se siente más seguro atacando que respetando. También puede ocurrir que no sea consciente porque no ha tenido referente de prudencia, de empatía ni de respeto.

La consciencia  y la conciencia son parte inherente del proceso evolutivo. Activan o desactivan la bondad universal. La consciencia es la parte de la bondad que se dirige a lo bueno, a lo bien hecho. Para activarla hay conectar con el bienestar interior y este enciende la luz que se vincula con el equilibrio exterior.  

La conciencia es la parte de la bondad que se dirige a hacer el bien, es un código aprendido que si está desajustado, desdibuja lo que está bien y dirige a actuar de forma alterada.  

Cómo modificar estas conductas

La forma de conseguir modificar la consciencia es atender y respetar el equilibrio interior e intentar conseguir bienestar al centrarnos en lo que depende de nosotros, nada más. Fijarnos es si es coherente o no lo que percibimos, en si es sano o no lo es. A partir de nuestra forma de actuar, ir viendo cómo nuestra realidad va cobrando más matices que podremos abordar progresivamente.

La forma de poder cambiar nuestra conciencia moral es asumir nuestra responsabilidad sobre lo que hacemos y valorar si queremos seguir haciéndolo así. Aislar la conducta dañina y asumir que da igual el motivo, porque si se abusa, si se daña, si se maltrata, si se miente a un niño para conseguir un fin, el único responsable es quien lo lleva a cabo y ese en ocasiones puedes ser uno mismo. Si aún así lo sigues queriendo hacer, es porque en realidad la vida no te ha brindado todavía la oportunidad de cambiar para evolucionar. 

Afinar en los matices del maltrato hacia la infancia es ser más conscientes de lo que es dañino hacia un niño o una niña. Mientras justifiquemos una conducta de daño, de abuso y le llamemos educación es que nuestra consciencia del maltrato está alterada y mientras no nos demos cuenta del daño que se produce en un niño o una niña cuando le gritamos, le pegamos o le obligamos a hacer algo, es que no tenemos conciencia del mal que le generamos. 

Hay algo que está muy claro, hacer el mal es algo malo. Y hacer el mal no tiene cabida en el trato con los niños.


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