MALDITOS PREJUICIOS SOCIALES

Nuestros prejuicios están arraigados profundamente en nuestra cultura y sobre todo en nuestras cabezas. Podemos definir el prejuicio como el proceso de formación de un concepto o juicio sobre alguna persona, objeto o idea de manera anticipada. En términos psicológicos es una actividad mental inconsciente que distorsiona la percepción. Es decir, etiquetamos de manera negativa algo o alguien en base a nuestra forma de pensar creada desde pequeños.

Hay que partir de la base de que el ser humano necesita tomar decisiones firmes y concretas de manera rápida. Tomamos información generalizada de la que se tiene hasta el momento para emitir juicios y la mayoría de las veces, sin concretar su veracidad. Así que comenzamos a “valorar” lo que vemos por el simple hecho de tener unos valores que nos hacen creer firmemente que lo que pensamos es cierto, ya sea por nuestras propias experiencias o por lo que la sociedad nos dice qué debemos pensar y sentir. Los prejuicios suelen ser negativos y pueden ser muy peligrosos.


Prejuicios escondidos… el Edadismo

Vivimos en tiempos donde han surgido movimientos globales y potentes como el #metoo o el #blacklivesmatter. Pero a pesar de ello seguimos cargados de prejuicios sociales, biológicos y evolutivos que se manifiestan en nuestra forma de hablar, pensar e incluso vivir. En la sociedad actual existen grandes prejuicios como el racismo, es decir, la valoración positiva o negativa de ciertas razas. La xenofobia, sentimientos de aversión, desconfianza o incluso odio hacia lo extranjero o lo que pertenece a otras culturas. O la homofobia, es decir, el desprecio a las personas homosexuales.

Hoy en día, a pesar de la globalización, seguimos escuchando frases como: «todos los hombres son iguales”, “las mujeres son unas exageradas”, “las rubias son tontas”, “los árabes son terroristas”… Son expresiones típicas de prejuicios con las que convivimos a diario.

Pero un prejuicio que es intocable en nuestras vidas cotidianas es el edadismo. Sí, la tendencia a discriminar a alguien por su edad. La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el edadismo como: «los estereotipos, los prejuicios y la discriminación contra las personas debido a su edad«. En un debate organizado por HelpAge, en el que participaron personas mayores, ellas mismas lo definieron como «... acciones directas o indirectas por las cuales alguien es excluido, considerado diferente, ignorado o tratado como si no existiera, por su edad”.

Es una lacra muy dañina. Se tiende a “jubilar” a las personas o a descartarlas en función de su edad biológica. Este prejuicio, a diferencia de los anteriores con los que combatimos a diario, lo tenemos incorporado en nuestras vidas de una forma tan cotidiana que lo aceptamos sin rechistar. ¿Por qué lo hacemos? Consideramos como creencia popular que el cerebro humano se desgasta en etapas muy tempranas. Afortunadamente la ciencia está derribando varios mitos sobre este tema. Es verdad que nuestro cerebro tiene ciclos pero muchas habilidades cognitivas mejoran pasados los 50/60 años.

Como sociedad denunciamos muchos prejuicios pero no miramos más allá e insistimos en despreciar y enjuiciar a personas por su edad biológica. Personas que se sienten vivas, con habilidades increíbles y talento a pesar de que su documento de identidad diga que su edad excede de lo que consideramos “joven”. ¿Por qué la edad cronológica debe determinar tanto a las personas? ¿Por qué no es la persona en sí, sus características, su comportamiento, sus habilidades la que la defina y no su edad biológica? Una persona puede y debe sentirse válida para aportar a la sociedad sin tener en cuenta lo que marque ese documento. La sociedad restringe, manipula, juzga y limita a las personas en función de su edad, entendida como un número, algo que no podemos controlar.

Es un gran error pensar que una persona mayor tiene una limitación para conseguir algo relevante por su edad y que pueda perder capacidad para ello. Podemos encontrar numerosos casos de personas que a pesar de su edad pueden cumplir sus sueños. Casos de personas famosas como Morgan Freeman que ganó la famosa estatuilla dorada a la edad de 67 años o el de José Saramago, escritor portugués que alcanzó el éxito a sus 58 años.

Pero también existen ejemplos de personas menos «conocidas» como el de Penelope Fitzgerald. Inició su carrera literaria a los 58 años y publicó su primer libro rozando los 60 años. O el de Diana Nyad, escritora, periodista y nadadora de larga distancia. Nadó de Cuba a Florida, a los 64 años. Su obsesión durante mucho tiempo fue ser la primera en atravesar nadando de Cuba a Florida sin protección contra tiburones ni ningún traje especial y lo consiguió pasados los 60.

También conocemos el caso de Gladys Burrill. La mujer de más edad que corrió una maratón, a los 92 años, que tuvo lugar en Honolulu, en nueve horas, 53 minutos y 16 segundos, lo que le llevó a entrar en el libro de los Record Guiness y se ganó el cariñoso apodo de «Glady-ator». También pilotaba aviones de varios motores, recorrió desiertos en Arizona y escaló Mount Hood en Oregon antes de correr su primer maratón en 2004 a los 86 años de edad.

Y el de La abuela Moses. Empezó a pintar a los 76 años. También es conocida por ser un ejemplo del «nunca es tarde» al empezar a pintar a una edad avanzada. Comenzó a pintar porque la artritis había lesionado sus manos dejándola inhabilitada para bordar. Tres años después, su arte colgaba en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Todas estas personas nos muestran que todo es posible siempre que lo desees y luches por ello, independientemente de tu edad.

La edad no es una barrera, es una limitación que pones en tu mente.

Jackie Joyner-Kersee

Usamos un lenguaje de rechazo hacia este tipo de personas por culpa de los años que tiene o deja de tener. Es una frontera mental que debemos derribar cada uno en nuestras mentes. Un muro y barrera que la sociedad tiene que ser consciente de ella para poder derribarla. Deshagamonos de estas cadenas que llevamos en nuestra mente y así podremos convivir en auténtica igualdad.


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