LUCÍA Y LAS PERSONAS EXTRAÑAS

La vida está llena de personas que nos encanta llamar extrañas, peculiares, raras. Lucía lo sabe bien. Siempre se sintió una extraterrestre en este mundo pero, con el paso del tiempo, aprendió a aceptarse e incluso a quererse un poquito. Su trabajo como psicóloga en el ámbito clínico la había obligado a entrar en contacto con personas que sufrían males de toda índole y, por tanto, con su profundo océano de emociones. Al principio escogió la especialidad por puro descarte, ya que no sabía exactamente qué hacer, pero el devenir de los años le dió la capacidad de amar realmente su trabajo. Lucía se sentía realizada, sentía que aportaba mucho a la sociedad, sabía con certeza que las personas a las que trataba la recordaban con cariño. Lo que no sabían sus pacientes es que ella recibía mucho más de ellos de lo que daba.

Lucía: su caso más extraño

El caso de Jimena era especialmente recordado por Lucía por muchos motivos: el gran cariño que sintió por ella, el impacto que supuso el caso, y la posterior búsqueda que inició.

Jimena acudió a su consulta privada una tarde que llovía a cántaros. No lo olvidará. El viento empujaba con fuerza el agua contra la pequeña entrada y cuando Jimena abrió la puerta arrastró el agua que se había acumulado, estaba empapada. Lucía la acompañó al baño para que usara el secador y le proporcionó una toalla. Después le ofreció una infusión que Jimena rechazó, y la condujo a su despacho. 

La pobre mujer iba arreglada y, sin embargo, estaba demacrada. Tenía la tez grisácea y daba el aspecto de llevar mucho tiempo sin dormir. Encorvaba la espalda mientras se llevaba las manos al pecho como si quisiera esconder algo. Lucía pensó que quería esconder su dolor. No había tomado asiento cuando comenzó a llorar. Su cuerpo se desplomó sobre la silla. Lucía se sentó junto a ella y le acercó una caja de pañuelos.

– Llora Jimena, llora, no lo reprimas – dijo Lucía.

Estuvieron unos minutos en silencio mientras Jimena lloraba amargamente. Al cabo de un rato cuando las lágrimas cesaron, comenzó a hablar tímidamente:

– No se ni por dónde empezar…  Como usted ya sabe, vengo por mi hija Carla, aunque hoy he preferido venir sola para poder ponerle en antecedentes-

– Hubiese querido conocer personalmente a Carla, pero por favor, tutéame – dijo Lucía.

-Carla es una niña maravillosa- siguió Jimena sin prestarle atención – Es traviesa y revoltosa sí, pero tiene un gran corazón – Las palabras brotaban entre sollozos. -El problema es que dice cosas extrañas-

– ¿Cosas extrañas? – Lucía abrió los ojos de par de par y no pudo disimular una leve sonrisa -. Todos los niños dicen cosas extrañas-

-No – replicó Jimena – Es mi segunda hija, sé que los niños preguntan mucho y dicen cosas que pueden resultar peculiares pero esto es otra cosa, es totalmente diferente y no sé cómo afrontarlo. Incluso me da miedo – Jimena rompió a llorar de nuevo.

– Es normal sentir miedo ante lo que uno desconoce. No te tortures por ello. Has buscado ayuda y eso significa que estás dispuesta a recorrer el camino que sea necesario. Estás ayudando a tu hija-

Respiró profundo mientras asentía con la cabeza y continuó hablando entre el llanto.

– Dice que ve personas donde no hay nadie. Habla de mi padre al que prácticamente no conoció porque falleció hace unos años y lo peor sucedió hace unas semanas- Cogió un pañuelo y se secó el rostro antes de continuar.

– Estábamos en casa y yo andaba algo preocupada porque Alberto, mi marido, aún no había llegado a casa del trabajo. Normalmente me llama cuando se retrasa pero esta vez no lo hizo. Lo llamé varias veces y no me respondía. Me pareció muy extraño. Pensé que estaría liado y se le habría pasado llamar pero la verdad es que tenía un mal presentimiento. Carla, que es muy observadora, me preguntó qué me pasaba y simplemente le dije qué “tenía ganas de ver a papá”. Entonces se me quedó mirando a los ojos muy seria, me pasó la mano por la cara y me dijo con voz muy tierna: “Mamá, no te preocupes, papá está bien. Ha estado dando vueltas en el coche pero ha podido salirse. Está bien y ya mismo volverá a casa”.

Lloraba intensamente de nuevo y escupía las palabras como si no quisiese tener qué decirlas, como si quisiera zafarse de la carga que suponía tener que pronunciarlas. Lucía lo entendía demasiado bien pues había llevado aquel mismo peso. De pequeña, ella también era una “niña especial” con una gran imaginación o, al menos, eso llegó a creer después de muchos años. Se sorprendió al darse cuenta de que estaba reviviendo su propia niñez y, sacudiendo levemente la cabeza, volvió al presente con la voz de Jimena.

– Yo le pregunté qué era lo que decía. ¿Cómo que papá está dando vueltas? ¿Qué quieres decir? “Que ha tenido un accidente mamá, pero está bien, de verdad que está bien, está a punto de llamar”, me contestó la niña. Yo me quedé paralizada Lucía, literalmente. Mi hija siguió jugando, la ví satisfecha en su ingenuidad por haberme dicho aquellas palabras y haber calmado mi preocupación. Sin embargo, a mi no me entraba el aire en el pecho, no podía respirar, no podía llorar, no podía moverme.

-No supe reaccionar, no sé cuánto tiempo estuve así, solo volví en mi cuando sonó el teléfono: era Alberto. Efectivamente había tenido un accidente, el coche siniestro total. No quiso contarme más. Me dijo que estuviese tranquila, que estaba bien y que fuese a recogerlo al hospital. A mi no me salían las palabras del cuerpo y colgué con un hilo de voz. Al girarme vi a Carla impaciente por saber si era su padre, asentí. Entonces ella se abrazó a mis piernas y me dijo “lo ves mamá, somos afortunadas, papá está bien”-

Ahora las dos mujeres frente a frente derramaban lágrimas, Jimena con desgarro y Lucía intentaba contenerlas. – Cuando llegué al hospital y vi a Alberto sano y salvo, lo abracé con todas mis fuerzas y, solo entonces, me tranquilicé. Me contó que se había salido en una curva intentando dejar espacio a otro vehículo que venía de frente adelantando. Por evitar el choque frontal, el coche cayó por la cuneta dando vueltas de campana. Alberto salió por la ventanilla sin recordar siquiera cómo. Sólo tenía cortes en los brazos y algunas lesiones en la espalda, se recuperaría pronto. 

– ¿Has hablado con tu marido de esto? – Preguntó Lucía.

– Claro que si – respondió Jimena – Él cree que nuestra hija tiene un don y que es extraordinario, pero yo no sé qué creer. Nunca he creído en nada, ¿sabes?, solo en lo que puedo ver, comprobar, tocar. Y esto choca de frente con todo lo que soy. Incluso he llegado a pensar que pudo haber sido fruto de su imaginación, que puede que se invente todas esas cosas. No se Lucía… Alberto no quiere que llevemos a la niña al psiquiatra porque teme que la mediquen pero, al menos, logré convencerlo para traerla aquí. Tengo mucho miedo de que Carla tengo algún tipo de enfermedad y no le estemos dando solución. ¿Me entiendes?

– Por supuesto que te entiendo Jimena, toda madre quiere lo mejor para sus hijos y, como te dije antes, has hecho bien en pedir ayuda si no sabes cómo gestionarlo. Cuando conozca a Carla, y pueda hablar con ella, te podré dar más información pero, en mi opinión, no creo que Carla tenga ninguna enfermedad ni trastorno mental.

Quizás tenga ese don especial del que habla tu marido o quizás se lo invente, tal y como piensas tú, y el resultado sigue siendo el mismo para ti. Se trata de aceptar la situación por la que está pasando tu hija.

¿No has pensado que si se lo inventa lo hace precisamente para llamar tu atención? Puede que perciba que te ocupas más de ella cuando dice esas cosas. Por otra parte, ¿porqué te cuesta tanto abrirte a la idea de que lo que experimenta tu hija pueda ser real? Es cierto que vivimos en un mundo que da demasiado valor a las apariencias pero también lo es el hecho de que la ciencia cada día desdibuja más la frontera entre lo material y lo inmaterial, ¡en muchos ámbitos! El mundo no es lo que la mayoría de la gente cree que es. No es un absoluto. Quizás estaría bien que tú y yo. – ¿Qué intentas decirme Lucía? ¿Qué debo creer a mi hija? ¿Qué es real lo que le sucede? Porque eso…

– Intento decirte que no juzgues precipitadamente. Acepta la situación y escucha a Carla con atención. ¿dice esas cosas extrañas con amor? ¿o las dice enfadada y confundida? ¿desde dónde la escuchas tú? ¿desde el miedo o desde la comprensión? Nuestra percepción cambia cuando llevamos a cabo una escucha activa y con plena consciencia, dejando a un lado los miedos y las limitaciones. – Puede que tengas razón – dijo Jimena con una voz apenas audible – Llevo varios días que apenas duermo, apenas como… lo único que hago es darle vueltas a la cabeza e imaginarme los peores escenarios. Estoy aterrada, quizá haya exagerado la situación. No lo sé, estoy demasiado confundida, ya no sé ni qué creer.

En ese momento suena el teléfono del despacho y Lucía lo silencia, no quiere interrumpir el momento. Jimena continua en llanto. El teléfono vuelve a parpadear y ante la insistencia de su recepcionista Lucía decide salir a ver qué ocurre. – Jimena, discúlpame, parece que hay una emergencia y necesito salir unos minutos. Te propongo que hagas unas respiraciones profundas mientras estoy fuera, será solo un momento. 

Asintió sin demasiado entusiasmo y Lucia le dedicó una tierna sonrisa antes de salir del despacho. – pero bueno María, ¿qué ocurre para que llames de esa forma tan insistente? ¡Estoy ocupada! – dijo con Lucía en tono desagradable. – perdona Lucía, creí que estabas sola – musitó la recepcionista mientras bajaba la cabeza. – La primera paciente de la tarde llegó temprano y aún no estabas aquí, así que… – espera un momento, la primera paciente de la tarde era Jimena García que asistía acompañada de su hija pero se ha anulado la cita precisamente por eso te llamaba. Debes tener a otra persona en la consulta – recalcó María.

– ¿Cómo voy a tener a otra persona en la consulta María? ¡Claro que no! Es Jimena García. Probablemente anulara la cita esta mañana y después pudo sacar tiempo para asistir. No importa, el caso es… – Lucía, – insistió María – acaba de llamar Alberto, su marido, para comunicar que Jimena ha muerto este mediodía. No ha dicho cómo y yo no he querido preguntar, estaba muy afectado. Le he presentado mis condolencias y he colgado. Se me ha roto el corazón. ¡Qué pena! ¡Tan joven! 

Había palidecido y ya no escuchaba. Sin pronunciar sonido se giró bruscamente y enfiló el pasillo hasta la puerta que daba su despacho. Abrió de golpe. Allí no había nadie. Miró debajo de la mesa, detrás de la puerta, en el armario… Nada. Se dirigió al baño y solo encontró la toalla que le había dado a Jimena cuando llegó empapada. No podía creerlo, no entendía absolutamente nada y, sin embargo, tenía en sus manos la prueba de que había sido real.


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