LOS RECUERDOS DE “LAS PRIMERAS VECES”

Desde que venimos al mundo y empezamos a respirar en nuestro proceso de formación, aprendemos a oír, hablar, reír e imitar a quienes nos rodean. Durante los primeros años es un no parar de hacer descubrimientos, periódicamente y en abundancia. En nuestra memoria se quedarán grabadas esas primeras veces que nos definirán en los adultos que seremos mañana.

De mi infancia por ejemplo, yo recuerdo con satisfacción la primera vez que aprendí a ir en bicicleta. El momento en el que tus padres te informan de que te has hecho mayor y tienes que dar un paso más. Sí, quitarte esa parte de tu bicicleta infantil que te ayudaba a recorrer la plazoleta de tu barrio, como si de Induráin se tratara. Súbitamente te dan la noticia que tienes que desprenderte de ella. Respiras y de nuevo pones en marcha tu bicicleta. Al principio empujada por un adulto, hasta que tus padres deciden que ya estás preparada y que puedes volar sola. Y de repente ¡lo haces! No hay nadie sujetándote para que no te caigas. Estás completamente sola y descubres orgullosa que has sido capaz de por unos instantes ¡ir sola por la vida! ¡Qué momento de felicidad!


La ilusión de todas esas “primeras veces

Después pasan los años, entras en la adolescencia y sigues experimentando más primeras veces. Yo recuerdo la ilusión que me invadió el día que tuve mi primera colonia. Era un aroma fresco y dulce, botella de cristal con el tapón azulado y adornado con una estrella. Para mí usar aquella colonia era como empezar a dejar de ser menos niña y ser más mujer. Una vez inmersa en la vida adulta, adquirir conocimientos es un no parar. Creo que nunca imaginamos de jóvenes que una vez adultos vas a seguir aprendiendo cada día, a base de vivir, experimentar, sufrir, amar y odiar. Es el equivalente a un master de cualquier especialización en la que has conseguido la licenciatura y todavía quieres alcanzar un grado más que te va a permitir acreditar muchísima más experiencia en tu “curriculum de la vida”.

Esa primera vez que viajamos a un país que no es el nuestro. Cogemos un avión y en nuestra maleta llevamos la ilusión, las ganas, los nervios y la excitación por conocer ese nuevo destino. Aterrizas, te diriges al sitio donde te vas a alojar el tiempo que dure la aventura, dejas tus maletas en la habitación, las abres y a partir de aquí, cogemos nuestras ganas de divertirnos, de conocer otra cultura diferente, de descubrir nuevos rincones del mundo y sobre todo de disfrutar de un nuevo hogar provisional. Aprenderemos sobre todo mundología, una de mis asignaturas preferidas. Al regresar a casa volveremos seguro con más ganas e ilusiones renovadas que con las que hemos emprendido nuestro viaje de ida. 

El primer día que conocemos el mar por primera vez, te invaden muchas emociones al unísono. Una impresión por ver esa inmensa superficie azul cristalina, a la vez que se mezcla un sentimiento de miedo e impaciencia por bañarte en él. Piensas en saber qué se siente flotando en esa inmensidad celeste. El recuerdo de ese instante no nos abandonará nunca, ni siquiera cuando después de esas primeras veces, vengan otras distintas.

La primera vez que a través de un telescopio, ves cómo es la luna. Observas a lo largo de la noche como mágicamente cambia de tono, la vemos con una tonalidad rojiza, después pasa a ser amarillenta para finalmente acabar luciendo con su color blanco habitual y magnífico. Al tiempo que la miras, piensas si alguna vez importarás tanto a alguien como para que vaya en su busca y te la traiga como presente.

En resumen, la vida está llena de primeras veces. Todas y cada una de ellas especiales e imborrables al paso del tiempo, pero perdurarán para siempre en nuestros recuerdos.


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