LOGRO Y SUFRIMIENTO DE ADA LOVELACE

Ada Lovalace pasó a la historia por ser la primera mujer que en 1843 publicó algoritmos para una máquina precursora de los actuales ordenadores: la máquina analítica de Charles Babbage. Ada Lovalace fue realmente la primera programadora de la historia. Tenía una actividad creativa e imaginativa especial, que junto con su formación científica, la llevo a adelantarse a su tiempo en lo que sabía que podía llegar a conseguirse con sus análisis matemáticos.

Nadie sabe el potencial que encierra este poderoso sistema. Algún día podrá llegar a ejecutar música, componer sinfonías y complejos diseños gráficos.

Ada Lovelace

Ada: la primera mujer programadora de la historia

Su historia impresiona. Nace en 1815 como hija legítima de Lord Byron. Éste la abandona cuando tiene dos meses de vida. El primer gran vacío emocional de Ada. Su madre atormentada por el rencor hacia el padre porque veía en su hija la viva imagen de él, presionó a Ada para que orientara su formación hacia todo lo contrario que tuviera que ver con la esencia del padre, obligándola a estudiar ciencias y matemáticas en lugar de literatura, que era su pasión. Ada vivía con el dolor intenso del abandono de su padre y la tortura forzada de la imposición materna.

Ada fue una mujer que vivió atormentada buscando respuestas y favoreciendo las competencias cognitivas frente a las emocionales. Y posiblemente fue un triunfo, aparente en lo personal, pero no la liberó de su sufrimiento emocional. Ni siquiera la historia le permitió que esta labor fuera reconocida. La máquina analítica nunca llegó a terminarse.

Era inteligente no cabe duda, pero infeliz e inadaptada. A lo mejor si hubiese sido más feliz no hubiese sido la primera programadora de la historia. A lo mejor hubiese sido una gran escritora o hubiese potenciado otras habilidades, quién sabe. 

Si no puedes darme poesía, ¿no puedes al menos darme ciencia poética?

Ada Lovelace

Ada era una mujer que tenía la esencia natural de un padre ausente. Que sentía la libertad en sus poros, que vivía desde el impulso y la exploración. Era sexualmente impetuosa y promiscua como su padre. Y la madre, aunque la forzaba a ser de otra manera,  no pudo nunca bloquear la esencia que la empujaba a orientarse en busca de la afectividad y la libertad que su infancia le privó. 

Pero fue como tenía que ser, seguramente porque así tuvo que ser. Si en algo es útil explorar la realidad vital de Ada Lovalace es que es un claro ejemplo de desajuste entre el cerebro racional, el emocional y el primitivo, el pensante, el afectivo y el de supervivencia.

Hay personas que viven deprimidas, no tienen depresión. Hay personas que viven una vida marcada por el dolor, por la pérdida. Además expuestas a la contaminación de exigencias erráticas que les llevan a imponerse sentir lo que no sienten, vivir como no quieren y ser lo que no son. Así le pasó a Ada.

Dicen que hay dolores inexplicables, sufrimientos que te inundan el alma sin ser consciente de qué ni por qué. Hay sensaciones de angustia tan intensas y tan inescrutables que intentas persuadirlas, diluirlas, esquivándolas con recursos del intelecto superior. Este es el caso insólito de Ada Lovalace.

Una mujer torturada por el dolor y el sufrimiento

Ada Lovelace fue una mujer que sufrió el desgarro de perder a un padre, posiblemente su figura afectiva nutriente. Aferrada a aquella parte de ella que buscaba amor y que nunca encontró, a aquella que la guiaba por una emoción desbordante que ansiaba dar forma. Ada fue una niña enfermiza, que a los catorce años enferma de sarampión y siempre viviría con distintas afecciones físicas que le causaban dolor. 

El estado de tu vida no es más que un reflejo del estado de tu mente.

Wayne Dyer

Ada Lovelace vivió sufriendo y huyendo con su mente racional porque la emocional la atormentaba. Murió con 36 años, a la misma edad que su padre, de cáncer de útero. Quién sabe con qué conflictos conectó su naturaleza vital con el lugar corporal donde comienza la vida. Lo que si pidió antes de morir es que la enterraran al lado de su padre. Lo que la vida le quitó, ella quiso simbólicamente, que la muerte se lo diera: estar cerca de quien era su nutriente emocional y con quien nunca pudo estar. 

Y si hablamos de su proyección transgeneracional, es allí donde Ada Lovelace alcanzó su trascendencia. Tuvo tres hijos y los tres se liberaron en su forma de vivir, de los condicionamientos sociales, educativos y culturales que intentaron imponerles.

El primero, el heredero de la fortuna familiar, abandonó a los 16 años todas sus posesiones y buscó su libertad. La segunda hija se liberó a los 30 años abandonando su casa y buscando libertad, siendo la primera mujer que atravesara el desierto de Arabia. Su vida la dedicó a la crianza de caballos, una pasión de su madre. Su tercer hijo, amante del alpinismo, se dedicó a viajar por Islandia y a vivir en la libertad. Fueron sus hijos los que consiguieron liberarla de las cadenas vitales que ella en vida no pudo conseguir.

Pero como podéis comprobar, el caso de Ada Lovelace no difiere de la forma en que la vida nos habla a cualquier ser humano. Porque en el proceso vital no existen casualidades, existen explicaciones en busca de la verdad, de la coherencia esencial. Lo que nos pasa en la vida es siempre la forma en que la naturaleza busca expresar lo que la educación nos impidió conformar.

La casualidad es un desenlace, pero no una explicación. 

Jacinto Benavente

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