LAS SUPERSTICIONES Y LA MALA SUERTE

Veo con bastante frecuencia a gitanas por la calle ofreciendo un poco de romero a cambio de una ayuda económica voluntaria y una pequeña buenaventura para que la vida te vaya bien. Como no podía ser de otra manera, a mi me han ofrecido su ramita de romero. Debo decir que tengo cierta animadversión al romero. No sé por qué pero es una planta que no me termina de enamorar. Y claro, cuando rechazo la rama que me ofrece, la mujer me mira espantada y me insiste para que la coja porque va a ahuyentar los malos espíritus y me va a dar buena suerte. Además “con una ramita de romero no te va a hacer falta tocar madera”, me dice… y Manolo Tena se instala inmediatamente en mi cabeza.

En la canción de Manolo Tena “Tocar madera” se nombran todo tipo de supersticiones: desde dejar unas tijeras abiertas encima de una mesa, si se cruza un gato negro, pasar por debajo de una escalera, verter la sal, romper un espejo, hasta en martes ni te cases ni te embarques. Eso sí siempre que ocurra cualquiera de estas circunstancias hay que tocar madera. Pero no menciona en ningún momento la rama de romero. Entonces me pregunto: ¿de dónde salen todas estas supersticiones y por qué hay que tocar madera?

Navegando por los libros del saber, lo primero que leo es el origen de la palabra superstición. Viene del latín “supertitio” y significa estar o mantenerse de pie, por encima de algo. También leo que la superstición es una creencia irracional acerca de la explicación de un fenómeno determinado. Es decir que ser supersticioso supone creer que existe algún tipo de “condición sobrenatural” por la que un objeto o una circunstancia determinada puede afectar a nuestro destino de una manera positiva o negativa. Y claro para contrarrestar esta “condición sobrenatural”, el ser humano que es muy listo, ha inventado una serie de rituales, entre ellos: tocar madera. Antiguamente las tribus ancestrales bailaban alrededor de una hoguera para que la cosecha fuera buena o para lograr la victoria antes de una batalla. Ahora tocamos madera o llevamos encima un poco de romero. Más fácil pero menos divertido.

La mayoría de las supersticiones tienen un origen religioso, como el número trece que según leo, viene porque en la última cena, eran doce apóstoles y el número trece que era Jesús… pues eso. Todos sabemos cómo acabó su  historia. Sin embargo en China el número de la mala suerte es el cuatro porque al pronunciarlo suena como “morir”. Y la mayoría de la gente lo considera tan desafortunado que en muchos edificios ni siquiera hay piso cuarto. Otro número -el siete-, el más popular entre los números, relacionado con la perfección, con lo divino, con lo superior.  

Hipócrates decía que “el número siete por sus virtudes ocultas tiende a realizar todas las cosas, es dispensador de la vida y fuente de todos los cambios pues incluso la luna cambia de fase cada siete días; este número influye en todos los seres sublimes”.  Si el galeno griego era capaz de decir semejantes elogios al número siete, no me queda otra que salir corriendo y jugarme un par de euros a estos números, incluido el trece. Si, el trece también porque yo no soy supersticiosa, que dicen por ahí que serlo trae mala suerte.


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