LAS CASTAÑAS DEL OTOÑO

Me gusta el otoño. Será porque he nacido en esta estación, tal vez, pero me encantan los días nublados, los días de lluvia. Pasear bajo las gotas de agua me pone las pilas. Pero lo que más me gusta del otoño son los productos que solo en esta época del año podemos consumir. Ya sé que ahora se puede comer de todo en cualquier momento, pero no es lo mismo. No es igual comerte una sandía en diciembre que en el mes de julio, como que apetece menos en invierno. Y no es lo mismo comerte unas castañas asadas en noviembre que en agosto, hace mucho calor en verano. 

El otro día me dije: “voy a comprar unas castañas y unas batatas para asar y pasar la tarde”. En qué momento se me ocurrió ir al mercado a comprar castañas. ¡Vaya precio! Y claro, me quedé con las ganas. Pero me acordé de cuando hacía excursiones para ir a coger tan preciado fruto. Recuerdo que nos juntábamos unos cuantos amigos e íbamos a un pueblo cercano de la sierra donde había muchos castaños.

Allí llegábamos, niños y adultos con bolsas de plástico para llenarlas de castañas. He de decir para el que no lo sepa, que las castañas están metidas en una especie de cápsula de pinchos por lo que al cogerlas -normalmente del suelo-, sueles terminar con varios pinchazos en las manos. Esa primera vez, la emoción no dejaba paso al dolor de los pinchos. Volvimos todos contentos, llenos de agujeritos en las manos y con las bolsas llenas de castañas. 

Como era de imaginar, se corrió la voz y tuvimos que volver a recolectar castañas. Esta vez no me iba a dejar las manos en los pinchos, así pues me fui a la ferretería y me compré unos guantes de carpintero. Cuando llegamos al lugar, habían desaparecido más de la mitad de las castañas y nos tocó buscar más a fondo para poder llenar las bolsas. Yo me puse mis guantes y todos se quedaron sorprendidos. «Eh, eso es trampa”, me dijeron. Pero no, no era trampa, era seguridad.

Claro que la seguridad en esta ocasión tuvo su precio. Mientras yo cogía una vaina de castaña, los demás cogían seis o siete. Eso de que “gato con guantes no caza”, es una verdad como un castillo. Al ver que no era productiva la recogida con guantes me los quité, con tan mala suerte que al guardármelos en el bolsillo, resbalé y caí de bruces sobre un montón de cápsulas que se quedaron clavadas en mi cuerpo. Parecía un cactus mejicano.

Volvimos a casa con menos castañas que la primera vez y con una conclusión. Y es que el precio de las castañas en el mercado está más que justificado, el trabajo que lleva su recogida no hay dinero que lo pague. Al día siguiente me fui al mercado y compré medio kilo de castañas que pagué gustosamente. Eso sí con las manos llenas de tiritas para que no olvidara lo que supone ir a por castañas. 


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