LA VIDA DE UN MELÓMANO Y SU PARAFERNALIA

Aquel que sienta una obsesión o gran pasión por algo estará destinado a un desgaste emocional encapsulado, algo romántico y a la vez irónico. Allí lo único importante será tener la dicha de sentirse vivo. Así como el ser humano necesita el agua, las nubes necesitan cielo, el poeta necesita el verso y un torero necesita el ruedo, un melómano necesita el sonido libido de una melodía o cualquier instrumental que se encuentre balanceando.

Él vive por la música con la arrogancia de admirarla desde el punto más abstracto al más expansivo, delicado y lírico. Se ha convertido en el esclavo del sintetizador, en el ajuste de la aguja en tornamesa, en la pluma del cassette desorientado, en la baqueta del platillo suspendido, en la púa de la cuerda que aparenta ser astuta y afinada. Es metafóricamente una parte indispensable de la reproducción en cada pista. Vuelve y se revierte a si mismo en ese momento detenido de la escucha. Ubica sin problema el instrumento escondido tras la letra, tacta el ritmo, el timbre descendiente de la epifanía, esa armonía que avanza y se alimenta del estímulo extasiado que afecta su campo perceptivo. Intenta relajarse.

Sin embargo la secuencia temporal sonora lo traiciona, le dispara a quemarropa la parafernalia sucesiva, inmovilizándolo al rango exacto de los matices arraigados, entonces… se mantiene, pues ya se encuentra acostumbrado. Un melómano es pasional, un amante excesivo de lo musical. Vive para el disfrute y goza para lo circunstancial. Él no se limita, se alimenta de cada género, subyace con su crítica, posee datos esenciales pocos conocidos de sus artistas o grupos favoritos. Opta por percibir frente al escenario un show o uno de sus conciertos más soñados. Es imprescindible una excelente calidad de audio. Tiene alma de artista e igualmente de coleccionista, es lúdico, sónico.

Todo esto que menciono puede parecer una especie de enfermedad que comienza a manifestarse poco a poco, asimilándose a una alteración emocional negativa sin remedio; sin embargo no lo es.  No se dispersa, al contrario, está asociado consigo mismo más que nunca. Aunque hay que decirlo, siente tan propio ese arte que tiende a perderse por su voluntad en esa exploración infinita musical, palpa a ciegas el camino de un completo musicógrafo sin siquiera conocer el camino de regreso. 


Melómano: vida pasional por la música

-Referencias musicales para cada momento y aspecto de su vida: es más probable y sencillo que recuerde una plática o momento por la música de fondo, por la canción que sonaba de camino en la radio e incluso por haber encontrado semejanza entre la letra y la ocasión. Sucede a menudo que intente encontrar aspectos de su vida en cada melodía. 

Identifica una canción sin usar App’s. No las necesita, tiene todo un registro memorizado de canciones que le han apasionado de artistas variados. Aun así, hay veces en las que no tiene éxito al identificar, eso le ocasiona repasar dentro de si todo un listado, compara fechas, estilos, géneros, intenta reconocer la voz del intérprete, todo con tal de obtener un indicio para continuar con su investigación después. ¿Crees que es capaz de quedarse con la duda? ¡Para nada! Posee una necesidad de conocimiento inagotable. 

Aprecia el arte musical en todos los formatos disponibles, es decir, obtiene el mismo placer al reproducir un disco de vinilo, un cassette compacto, un disquete, una cinta de ocho pistas, un CD, un MP3 o incluso Streaming ya sea por medio de Spotify, Deezer, etc. Es probable que pueda contar o no con todos esos formatos, a pesar de eso procurará tenerlos de alguna manera. Es clásico pero también moderno. 

Escucha de todo un poco, para nada conformista. Un verdadero amante de la música es de mente abierta, no critica sin conocer y no juzga solo por juzgar. Sabe que todo género o subgénero musical tiene razón de ser. Ninguno vale más que otro, igualmente es consciente de que escuchar un tipo de música en especial no lo hace más sofisticado o superior. Es receptivo, se alimenta de conocimiento, el bocado de cada día para él es escuchar. 

Esas serían algunas características de un musicómano en proceso, los primeros “síntomas” para lo que no es una enfermedad, sino una vida pasional y desmesurada por lo musical. En definitiva, un melómano jamás dice que lo es, lo demuestra. 


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