LA ROMÁNTICA IDEA DE PRÍNCIPES Y PRINCESAS

De pequeña leía cuentos. Mis preferidos eran los que narraban historias de príncipes y princesas. La mayoría empezaban siempre de la misma forma: “Erase una vez un reino muy lejano donde vivía una hermosa princesa en su castillo”. Ves películas en el cine, series en televisión y de repente creces y te haces mayor con la romántica idea en tus más anhelados sueños: existe un hombre en algún lugar con el que estás destinada a encontrarte, enamorarte y finalmente casarte.

Y de la manera que acaban los finales felices de nuestros cuentos infantiles: viviendo felices para siempre, todos y cada uno de los días del resto de sus vidas. Ese hombre será una copia de los príncipes de nuestras historias: atractivo, alto, rubio o moreno. Será un hombre fuerte y valiente, divertido y protector para que a su lado nos sintamos seguras y libres de cualquier peligro inimaginable.

Por otro lado, la princesa será una bella mujer, delgada, rubia o morena, de piel blanca y delicada, larga cabellera suelta, lisa y suave. Encantadora por todos los poros de su piel. Poseedora de grandes virtudes y delicada como las amapolas. Siempre a pocos pasos de su príncipe azul, por si acaso necesita ser rescatada.

En nuestras historias de la infancia el príncipe siempre va al rescate de una dama en apuros. Y tiene que emprender una búsqueda para liberarla de un malvado hechizo. Evidentemente como el príncipe logra su cometido, la recompensa es casarse con la bella princesa como premio por haberle salvado la vida.

¿Príncipes y princesas en la vida real?

Todo esto sucede en el universo de las fábulas y la imaginación de esas historias de nuestra infancia que nos acompañan siempre. Pero ¿y el mundo real? El mundo en que vivimos: ¿existen los príncipes y las princesas tal y como las hemos leído en nuestras narraciones? Empecemos con nuestros candidatos a príncipes azules.

En primer lugar para una mujer que haya nacido en una familia de clase social media, donde los ingresos permiten vivir bien, satisfacer las necesidades familiares y permitirse algunos privilegios, o incluso desde un escalón más alto, veo muy improbable que podamos coincidir con nuestro príncipe.

Otra hipótesis sería que tus padres pertenezcan a la realeza de nuestro país o de algún otro país muy lejano. De no ser así, no naces con el título de princesa y, por lo tanto, no vas a tener que ir a un baile de gala organizado por tus padres los reyes o por monarcas de otras casas reales. Este tipo de bailes eran eventos donde centenares de mujeres en edad de casarse se reunían con sus posibles pretendientes. Las jóvenes casaderas desfilaban ante la reina y el rey. Los saludaban y si conocían el protocolo, se podía confirmar que provenían de una familia aristócrata. Si por el contrario no lo llevaban a cabo correctamente, eran plebeyas y sus posibilidades de convertirse en princesas se desvanecían en ese mismo instante.

Por lo que tus posibilidades de conocer a un verdadero príncipe azul se reducen bastante. Y por la vía de las amistades, pues una situación parecida. Tendríamos que frecuentar círculos muy selectos o tener amistades en las más altas esferas, donde nuestros príncipes y princesas se codearan en su vida social.

Otro aspecto a tener en cuenta en la vida real: tanto los hombres como las mujeres, a excepción creo yo de los que aparecen en las revistas de moda o en las películas de estreno en el cine, no somos seres perfectos, ni con un cuerpo prodigioso y belleza insuperable. Ni siquiera nuestra piel es suave como la seda, y tampoco en nuestras venas corre la sangre es azul.

Idea de la pareja: personas independientes que crecen juntas

Hay personas más agraciadas que otras físicamente. Hombres y mujeres que no son deslumbrantes por su físico pero igual tenemos que dejar a un lado la búsqueda de la belleza espectacular y el cuerpo perfecto y fijarnos en su interior, o en unos bonitos ojos verdes como luceros. Y mirando esos ojos mientras conversamos, nos invada la sensación que nos gustaría pasar mucho tiempo a su lado. Incluso quieras descubrir todos los nexos en común que puedan existir entre los dos.

Las mujeres no somos frágiles damiselas que han de estar constantemente protegidas, independientemente de nuestras diferencias biológicas con los hombres. Ante todo somos personas, las cuales se han reforzado en sus capacidades, tenemos más confianza y seguridad en nosotras. Hemos conseguido importantes logros: estar presentes en política, ser ejecutivas de grandes empresas y en general, impulsar grandes cambios en todos los sectores. Todavía nos quedan muchos objetivos que alcanzar, aunque estamos en el buen camino, y con todo el derecho a tropezarnos y levantarnos todas las veces que haga falta para lograrlo.

Y por otro lado, los hombres tampoco tienen que asumir siempre el rol de príncipe azul, y de ser siempre el que salva y protege a su “damisela” en apuros. Han de formar un equipo con su pareja y juntos compartir conocimientos y habilidades, rescatarse mutuamente, indistintamente de quien sea el rescatado o rescatada, él o ella. Y de esta forma, trabajando juntos, hombres y mujeres conseguiremos una sociedad más justa, donde verdaderamente no tengamos que buscar a ningún príncipe azul ni a ninguna princesa, porque esos hombres y mujeres ejemplares, entonces sí que estarán a nuestro alcance.


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