PENA DE MUERTE ¿JUSTICIA O VENGANZA?

En It-Magazine buscamos exponer todo tipo de temas, bien informativos, de opinión, o simplemente con una base neutra con la intención de fomentar la reflexión y el sano debate. La pena de muerte es una temática protagonista de numerosas polémicas, enlazadas con otras dos acciones que ponen en entre dicho la interrupción de un ciclo: la eutanasia y el aborto.

El aborto es quizá una trama más extremista que la eutanasia, partiendo de la base de que aún sigue debatiéndose si aquello que está gestándose es o no una persona. Sin embargo, la pena de muerte parece ser una decisión más grisácea que negra o blanca, multiplicando la opción de ofrecer una respuesta con “peros”. Aun así, la vida a veces nos obliga a tomar un camino absoluto en el que es imposible dar marcha atrás.

La pena de muerte sigue estando vigente hoy en día en numerosos países, pese a que desde la Segunda Guerra Mundial pareció haber una tendencia clara hacia la abolición de tal castigo mortal, aunque no se erradicó del todo. Sin ir más lejos, China realizó más de 3400 ejecuciones en 2004. En los Estados Unidos de América, Texas es el estado que más ejecuciones realiza, con 370 entre 1976 y 2006. Singapur es el país con más ejecuciones per cápita del mundo, con 70 ahorcamientos para una población de cerca de 4 millones.

En países como Sudán, Yemen y Arabia Saudí, Amnistía Internacional denuncia a día de hoy la existencia de varios casos de menores condenados a pena de muerte, pendientes de ser ejecutados por no poder certificar su fecha de nacimiento. Pero este inconveniente puede justificarse con las irregularidades propias de un sistema carente de orden y transparencia, que no causaría mayor revuelo del que ya de por sí provoca pensar en la pena de muerte como algo legal. Incluso originaría otro debate: ¿debería admitirse la pena de muerte para menores de edad? ¿Merecen un castigo propio de un adulto si éste va acorde con el delito cometido?

En total, más de 20 países admiten la pena de muerte como sentencia legal y posible ante ciertos crímenes.


¿Admitirías la pena de muerte en tu país?
Más de 20 países aprueban la pena de muerte. ¿Tú la admitirías?

El pensamiento ético: tan aplastante como contradictorio

Desde el punto de vista ético, se alega que, aquel que comete aquellos delitos que privan al prójimo de sus vidas (considerado un bien irremplazable) merece un castigo similar, ya que quien arrebata la vida a otra persona ha roto el contrato social que filósofos como Rousseau estipulaban que existía en la Sociedad, manifestando así por parte del acusado una ruptura con la humanidad. La Sociedad entonces no estaría obligada a protegerle ni a brindarle el derecho a la vida, pues aquel que ha cometido cierto crimen no ha respetado al prójimo.

Por otro lado, se considera que la pena de muerte ejerce un gran consuelo a las personas del entorno de la víctima, quienes merecen, según el pensamiento moral, mejor trato que aquel que va a ser condenado, justificando con ello el intercambio de una vida por otra.

No obstante, desde el pensamiento ético se ofrece un contrapunto en el que se remarca que la vida es el derecho fundamental básico, considerando inmoral alegrarse o sentir un mínimo de alivio o agradecimiento cuando otra persona fallece. Se admite también que aunque el Estado está para velar por la seguridad de los ciudadanos de bien, no le da ningún derecho a arrancar la vida a alguien, pues nadie tiene el derecho de disponer de nuestras vidas. El motivo de este argumento es el peligro que conlleva que el Estado pueda “asesinar legalmente”, convirtiéndose así en un gran peligro para el ciudadano, abandonando, a su vez, el respeto por los derechos humanos.

También se implica el compromiso de incluir a una tercera persona en el oficio de verdugo, pudiendo acarrear con esto tener que superar una situación calificada de cruel, ruin o mezquina.

Señalaríamos entonces que el fin no justifica los medios, pues aunque el asesinato de un delincuente ayudase a eliminar los crímenes futuros que pudiera ejecutar, se consideraría una medida inmoral. A su vez,  los métodos utilizados en dicha sentencia tampoco serían calificados de dignos, pues no hay una garantía de que sean eficaces desde el primer intento, causando así más dolor al condenado. Las emociones evocadas antes de dicha ejecución tampoco serían positivas, llegándose a registrar en esas situaciones ansiedad, depresión, angustia y pánico. Estas emociones también estarían presentes en los familiares, allegados a los sentenciados y a ajenos, puesto que en algunas ocasiones se televisan de manera pública esas ejecuciones, algo que generaría un espectáculo por el asesinato de alguien. En EEUU dejó de hacerse pública, eliminando así el gran impacto que esa sentencia supone para la población -uno de los motivos por los que se aprobó en su momento la pena de muerte: el escarmiento que generaría ante futuros delincuentes-.


La pena de muerte: muy acertada para prevenir riesgos y ahorrar costes

La pena de muerte ahorra costes y previene de futuros crímenes
La pena de muerte tiene su parte positiva en argumentos utilitaristas

En este punto, y hablando a favor de la pena de muerte, también tendrían cabida en esta clasificación el argumento opuesto al mencionado anteriormente, y es que el fin sí justificaría los medios a la hora de hablar de prevención de crímenes que afecten a vidas ajenas. La prevención general o incluso específica (pues la pena de muerte evitaría que los criminales ejecutados estuvieran en la situación de cometer más delitos) se encargaría de evitar que el reo atacara incluso a sus propios compañeros presidiarios o que se fugase.

La pena capital, por otro lado, es mucho más económica para el Estado, ya que tanto mantener encerrado al delincuente de por vida o su rehabilitación son costes que corren a cuenta de la Sociedad. A su vez, la pena de muerte impediría que capos mafiosos y líderes de organizaciones terroristas continuasen operando desde la cárcel (como ETA o Al Qaeda), aunque los propios funcionarios de prisiones opinan que el problema radica en los medios de control y vigilancia que hay en las cárceles, los cuales dejan mucho que desear en ciertas ocasiones.


Una sentencia definitiva que estimularía más crímenes

Los errores son algo innato en el ser humano, y lamentablemente la idea de una Sociedad perfecta es más una utopía que un proyecto posible. Que existan jueces corruptos, dementes, politizados, racistas o insensibilizados es una realidad que más que ser una ramificación del sistema, lo compone enteramente. La incompetencia está a la orden del día y el desinterés por la auténtica justicia parece ser equivalente a la eficacia de las herramientas con los que se cuenta.

A su vez, ante el delito cometido y a diferencia de quien tiene una situación más humilde, los acusados con mayor desahogo económico pueden permitirse contratar abogados más capaces y comprometidos con su caso, evitando así tal condena. En los procesos con posible pena de muerte también se presentan circunstancias subjetivas, como la intencionalidad del delito. Tampoco hay que obviar la tesitura en la que se encuentra el jurado o el juez de turno, quienes son sometidos en determinadas ocasiones a fuertes presiones emocionales por la presencia o testimonios de las víctimas  u opinión pública, quienes exigen una condena ejemplar ante el acusado; la existencia de la pena de muerte supone aceptar la irreparable afirmación de que habrá un cierto número de personas inocentes ejecutadas, y esto no puede ofrecer una compensación a las víctimas de los errores judiciales.

Paradójicamente, la pena de muerte puede favorecer la comisión de delitos: cuando un delincuente es condenado a ella (o contempla que puede ser su máximo castigo) considera que ya no tiene nada que perder y elimina todo tipo de escrúpulos en sus acciones, creyendo así que puede cometer más crímenes. Razona que ha de evitar a toda costa tal sentencia, aunque eso acarree llevarse la vida de otra persona.

Es más, esos delitos podrían ser adoptados innecesariamente: la amenaza de la pena de muerte produce, según expertos, los mismos efectos que la tortura, y es que empuja a que los acusados pacten con la Policía o la Fiscalía para aceptar penas injustas e incluso por delitos no cometidos, ante la posibilidad de ser condenados a muerte si no se les sustrae una confesión.


¿Qué opina el cristianismo, el judaísmo y el islam sobre la pena de muerte?
Estas son las posturas de las religiones monoteístas ante la pena de muerte

¿Qué opina la religión sobre la pena de muerte?

En el caso del judaísmo, El Rabino Daniel Levy del Beit Jabad de San Miguel de Tucumán, Argentina, explica la visión del judaísmo acerca de la aplicación de la pena de muerte para los delincuentes:

“En la ley judía como concepto no existe la pena de cárcel, porque el judaísmo no concibe que en uso de  todas sus facultades, potenciales y sentimientos, alguien esté encerrado entre cuatro paredes y sea improductivo. El ser humano viene a este mundo a producir, su meta es hacer y a veces se puede equivocar y está contemplado y por eso existe el resarcimiento y el perdón. Existían lugares de detención temporal hasta que se juzgara a la persona, o estaban las ciudades de refugio, que ahí se llevaban a personas que habían matado accidentalmente. Iban a Galut (estas ciudades), y esa persona que mató accidentalmente permanecía allí hasta que falleciera el sacerdote mayor de Israel, el Cohen HaGadol”, completó.

La pena de muerte fue abolida por el Sanedrin hace 2500 años ya que con la aparición de la corrupción y el falso testimonio, era muy fácil armar una causa contra alguien; el tribunal se declaró incompetente para dictar una sentencia que fuera irreversible.

La Iglesia cristiana opina de forma similar, considerando inadmisible la aplicación de semejante condena. El mensaje fundamental de la Sagrada Escritura anuncia, en primer lugar, que “la persona humana es criatura de Dios, y el elemento que la caracteriza y la distingue es ser a imagen de Dios. Para los creyentes, e incluso para los no creyentes, cada vida es un bien y su dignidad debe ser custodiada sin excepciones”. Al fin y al cabo, hay que “dar cabida al Perdón, y no a la Muerte”.

El Islam ha causado gran controversia en este tema. El Corán prescribe la pena de muerte para varios delitos (o hadd), como el robo, el adulterio o la apostasía. Dice: “El castigo para aquellos que luchan contra Dios y Su Mensajero es que se los mate o crucifique, o que se les amputen las manos y las piernas, o que se exilien.” El homicidio es tratado por el contrario como un delito común, no religioso, y por tanto entra dentro de la ley de qisas (venganza): los académicos islámicos defienden que la aplicación de la pena de muerte es aceptable, pero que la víctima, o sus parientes más próximos si esta ha fallecido, tienen el derecho de perdonar al acusado o exigirle un pago en compensación.

Según Mustapha Bouhandi, profesor de religión comparada en la Universidad Hassan II, en Casablanca, los argumentos en favor de la pena de muerte (basados sobre el Corán) responden a una lectura errónea del libro sagrado del Islam, y añade que “Los regímenes árabes la mantienen porque la consideran su principal instrumento de represión, y no quieren perderlo. La mayoría de esos regímenes no están legitimados en las urnas y creen que cualquier clase de oposición que goce de apoyo popular es una amenaza. La pena de muerte es para ellos un medio efectivo de eliminar opositores, o al menos de intimidarlos y frenarlos”.


La pena de muerte: ¿justicia o venganza?

¿Qué es la pena de muerte? ¿Es justicia? ¿Es venganza? De ser considerado esto último, ¿podría basarse este sistema irreversible en un Estado de Derecho? ¿La ley de Talión –ojo por ojo, diente por diente- es capaz de mitigar el mal o lo duplica?

Sin embargo, y desde la ética, dicha condena puede calificarse más de justicia que de venganza cuando el castigo reclamado no resulta desproporcional al daño infligido; entonces sí sería justicia.

Por último, en un sistema criminal civilizado y según los Derechos Humano, las penas deben tener como base ofrecer al condenado una rehabilitación. En este caso, tal sentencia impide al criminal la posibilidad de enmendarse, suponiendo –y esto ya dependiendo de la opinión del lector- que toda persona sea capaz de reconciliarse con la Sociedad.

¿Y tú? ¿Qué opinas?


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