LA PANDEMIA DE LA ADICCIÓN A LAS DROGAS (III)

Fui a ver a un colega al psiquiátrico. Llevaba una semana ingresado y la china que había metido escondida se le había acabado. Necesitaba fumar y me dijo que por favor le llevara algo. Yo me negué: “¿Pero tú estás loco o qué? Estás en este jodido sitio precisamente por brotes que te suelen dar cuando te pasas con la hierba o el hash: ¿y me pides que te lleve algo? Ni de coña tío”. Pero por lo visto el cannabis no era el causante de sus recurrentes visitas al centro, sino sus traumas de la infancia y la adolescencia. Según él el cannabis le ayudaba a lidiar con ellos, aunque era evidente que lo único que hacía era empeorarlos, o directamente los desencadenaba. Todos a su alrededor lo veíamos menos él.

Cuando fumaba perdía el control de sus emociones, una explosiva tormenta cerebral se apoderaba de él. Su mirada se volvía errante y amenazadora. Te miraba como desde otro mundo y un torrente de pensamientos megalomaníacos hacían imposible el diálogo. Todo era él y sus peregrinas paranoias hasta que caía rendido en un narcótico letargo, como si se hubiese metido un potente opiáceo. Al rato podía despertar, coger el porro, fumárselo con ansia y volver a algún tipo de convulsiva actividad como si estuviese poseído del baile de san Vito.

Uno detrás de otro, mañana tarde y noche, hasta que un ataque de nervios y la paranoia esquizoide le hacían sucumbir. En esa ocasión estaba convencido de que él, mediante su potente energía espiritual mal canalizada, había sido el causante del terremoto y tsunami que golpeó Japón en el 2011, entre otras apocalipsis divinas. Se sentía culpable de la devastación causada, y necesitaba fumarse un porrillo para que nada parecido volviera a ocurrir.


Cannabis: droga que produce brotes psicóticos

Me insistió hasta el llanto. Él no podía aguantar el internamiento psiquiátrico y la cantidad de medicación que le metían si no se fumaba algún canuto. Como sabía que de una manera u otra lo iba a conseguir, doblé y le prometí que al día siguiente en la hora de visitas le llevaría algo. Me fui a casa entristecido. Efectivamente él era causante de terremotos, tsunamis e incendios: los que él se había proporcionado a sí mismo desde que empezó a consumir drogas, especialmente THC que era su talón de aquiles. Cuando no consumía era una persona cabal que podía mantener sus devaneos mentales a raya. Y allí estaba yo, pillándole algo para que siguiera con su calvario. Porque si éramos amigos tenía que llevarle eso que tanto necesitaba.

El día siguiente salió con un compañero también internado en psiquiatría que se había echado, parecido a él. Un tío sensible y buena gente con pasiones artísticas que había sucumbido a la droga. Como sabía que le iba a llevar algo de hash a mi colega, le había dicho a su madre que ese día no fuera a verle pues tenía terapia y no iba a salir. Y la terapia llegó. Fuimos a la última planta del hospital, a un repecho oculto en las escaleras de emergencia.

Les di la bolsita, y con los ojos como platos se liaron un grueso canuto que fumaron con fruición. Los efectos no se hicieron esperar, se pusieron a vociferar una extraña canción con una especie de jerga que habían inventado. Me aseguraron que era una lengua muerta que ellos habían descubierto en sus extáticas revelaciones de la que ningún filólogo había tenido noticia jamás. Yo también fumé y me abstraí en esa dimensión surrealista. Una mujer apareció de repente y se dio media vuelta asustada ante aquellos personajes en bata y sus estentóreos cánticos.

Hace poco al hijo de 14 años de un conocido lo tuvieron que ingresar tras una especie de ataque epiléptico-neurótico tras consumir marihuana. También a otro chaval de 16 años de una conocida por un brote psicótico-paranoide por igual consumo de yerba. En ambos casos, los padres, tras algunos episodios en que sus hijos habían llegado malamente fumados a casa, hablaron con ellos para disuadirles de su pernicioso consumo. Pero podía más la influencia de los colegas en el parque, y el atractivo de la falsa y bastarda cultura creada en torno al porro. He conocido más casos como los de mi colega y el de estos adolescentes. 


La droga de la juventud… muy adictiva

Cada vez son más los chavales (y los no chavales) que visitan los servicios psiquiátricos por desvaríos producidos por su consumo, y lamentablemente demasiados acaban desarrollando la terrorífica esquizofrenia. Hay muchos estudios que sitúan el consumo de cannabis en adolescentes como disparador de enfermedades como la esquizofrenia y diversos trastornos psicóticos. Lo asegura la propia “International Association for Cannabinoid Medicines” (“Asociación Internacional para el Cannabis como Medicamento”). Cualquiera que pueda tener una predisposición genética o de cualquier índole hacia este tipo de serios estragos mentales crónicos, verá dramáticamente incrementadas las posibilidades de un brote psicótico por fumar canutos, así de simple. Uno solo es suficiente. Yo estoy harto de verlo a lo largo de los años, y he tenido mucha suerte de salvarme. 

El cannabis es la droga no legal más consumida en el mundo con fines “recreativos” con diferencia, y la principal junto a alcohol y tabaco en la que se inician las juventudes. Teniendo en cuenta que el consumo aumenta, y acorde a datos del ya referenciado “Informe Mundial sobre Drogas 2018” de Naciones Unidas: unos 192 millones de personas consumieron cannabis en el 2016, de los cuales “Según las estimaciones iniciales, 13,8 millones de jóvenes de 15 y 16 años consumieron cannabis en el año anterior en todo el mundo”

Sobra decir que el cerebro, la psique, las emociones, la mente, el espíritu, el cuerpo entero de una persona de 15 o 16 años no está lo suficientemente desarrollado como para asimilar un colocón de yerba y/o haschisch, ni de alcohol ni de ninguna otra droga. Y hay niños que con 12 años ya empiezan a fumar yerba y beber, incluso más jóvenes en zonas depauperadas por la pobreza. De esos millones de chavales drogotas muchos acabarán enfermos mentales. Y a su vez entrarán a ser consumidores crónicos de pastillas ansiolíticas, neurolépticas, antidepresivas y compañía. El efecto mariposa y sus ondas de círculos viciosos haciendo de las suyas.

Pero la percepción de esta planta milenaria como sustancia estupefaciente no suele ser la de una peligrosa droga, sino la de un juego entretenido que reporta risas, buen rollo, imaginativas ocurrencias, aumento de la sensibilidad visual y auditiva, relax, inspiración artística u otras placenteras sensaciones. A veces así es. Quien tenga suerte y cierto equilibrio fisioquímico podrá disfrutar de tales efectos. Una, dos, tres, cuatro veces… hasta que la tolerancia y la dependencia empiecen a hacer mella y la oscuridad de la adicción lo nuble todo. Es una droga muy adictiva y difícil de dejar. A algunos les cuesta mil porros perder la cabeza y el control de su vida. A otros cien y como hemos visto antes, a otros solo un par. En la ruleta rusa de las drogas nunca se sabe cuándo puede salir la bala ni si hay más de una en el tambor.


Del uso medicinal al empanamiento mental

No hay duda de que la marihuana es una planta con un aspecto medicinal muy importante. Son conocidos los efectos paliativos de sus cannabinoides (THC y CBD) sobre los desagradables efectos secundarios de la quimioterapia. Y el CBD está teniendo gran auge y efectividad como antiinflamatorio en diversas afecciones reumáticas, dolores musculares y tratamiento de pancreatitis, por ejemplo. Incluso hay estudios que tratan de relacionar la marihuana medicinal con la cura de algunos tipos de tumores, aunque este punto no está del todo claro. 

Sin embargo, una cosa es el control de los cannabinoides específicos y sus cantidades sintetizadas en laboratorio para aplicarlos en su dosis justa en determinadas dolencias, y otra muy distinta liarse los cogollos secos o el hash y fumárselo a saco con frivolidad hedonista, perdiendo el respeto a la planta. Y hay plantas muy potentes que pueden causar colocones enteógenos muy difíciles de llevar, incluso aterradores, lejos de las risitas y el buen rollo que buscan sus consumidores. Su consumo crónico también está relacionado con enfermedades respiratorias y cáncer de pulmón.

El fumeta de turno para quien su vida ya solo gira en torno al porro, y que mira con envidia a esos nuevos adeptos que tanto se ríen, charlan animadamente y se relajan, te negará que tenga un problema ni que sea un drogadicto. Precisamente te pegará la charleta sobre los extraordinarios beneficios de la planta, aunque no veremos en él nada de beneficioso ni mucho menos extraordinario. Salvo contadas excepciones, el fumeta inveterado vive en un estado de abulia crónica, amargura, atrofia mental, mareo, conformismo, oscuro narcisismo. Arrastra sus pies con el petardo siempre colgando de los labios, emanando ese empalagoso tufillo. Pero él se cree alguien muy rebelde, y es precisamente su rebeldía la que se ha fumado, pues sin sus queridos porros ya no es nadie. 

Como dijo un antiguo colega fumeta en el club de fumadores, mientras veíamos el sobrecogedor documental “Tierra de Cárteles” de Matthew Heineman: “Quien se engancha a cualquier droga de esas lo hace porque no está agusto consigo mismo, necesita esas mierdas para sentirse alguien”. Este colega se pasaba el día entero apalancado en un sofá fumándose un petardo tras otro, sin descanso, borrando poco a poco los contornos de su propio ser. Pero los oscuros drogadictos eran otros.

Desde pequeño es un tufo que también me ha acompañado, siempre había un primo, un hermano, un tío, los mayores del cole o el grupo de crápulas de la calle fumando petas, mientras Tierno Galván decía aquello de: “Rockeros: el que no esté colocado que se coloque… y al loro”. Parece que caló hondo, muy hondo, el mensaje… y no solo entre los rockeros. A lo de “estar al loro” nadie ha hecho caso.


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