LA PANDEMIA DE LA ADICCIÓN A LAS DROGAS (V)

El ser humano es un ser curioso que ha experimentado con sustancias estupefacientes a lo largo y ancho de la Historia. Uno de los testimonios gráficos más antiguos que se conocen relacionado con el consumo de drogas o psicotrópicos, es el de las pinturas rupestres del Neolítico en la meseta de Tassili-n-Ajjer, en el desierto del Sáhara, Sur de Argelia. Entre ellas se encuentra la del famoso hombre-hongo que es una figura antropomórfica con una especie de cabeza de insecto, ribeteada por todo su contorno con un montón de hongos. Y otra que muestra unas figuras en movimiento con cabezas fúngicas sosteniendo en sus manos un hongo, comunicándose éste con sus testas mediante una estela. Datan del 7000 – 5000 a.C. aproximadamente.

También los hongos psicoactivos parece que tentaron a Adán y Eva en el Jardín del Edén, en concreto la Amanita Muscaria, o al menos así lo sugiere un fresco de la capilla románica de Plaincourault en Francia del siglo XII. En la pintura, el “Árbol del Conocimiento” se representa mediante un ramillete de estas setas enteógenas, con la serpiente enroscada ofreciéndole la perdición a Eva, no sabemos si en forma de manzana o algún otro fruto «psiquedélico». Se pueden encontrar más hongos de esta guisa en otras catedrales cristianas. Furias vikingas, chamanes siberianos, renos… asimismo se han despachado a gusto en el uso de la Amanita como vehículo para alterar su consciencia en el marco de rituales místicos.

De América Central (Guatemala, México y El Salvador) son las pequeñas esculturas piedras-hongo correspondientes a diversas etapas de la cultura Maya, que se especula fueron talladas entre el 1500 a.C. y el el 900 d.C., según las fuentes. Este tipo de hongos, los psilocybe, fueron muy popularizados en los años sesenta del siglo XX gracias a las ilustres visitas que tuvo la chamán-curandera mazateca María Sabina, que vivió 91 años. Científicos, escritores, intelectuales, artistas, psicólogos, aventureros de postal, todo tipo de personalidades querían viajar con la chamana a otras dimensiones y recrearse abriendo las puertas de su mente-espíritu, y/o sanarse de diversas dolencias del alma. Pero como no solo de hongos viven los chamanes y los psiconautas, el cactus peyote también ha sido profusamente utilizado en este tipo de ceremonias, siendo el preferido por los nativos americanos. Por supuesto unos cuantos canutos de maría acompañan.

Ayahuasca en otras partes de Sudamérica e iboga en África han sido y son utilizadas de igual manera por el chamanismo autóctono. En la India el misterioso Soma de los milenarios “Vedas” ha cumplido idénticas funciones y, aunque no se sabe a ciencia cierta la composición del brebaje, algunos estudios recientes creen que podría incluir algún tipo de hongo y/o seta enteógena. Los sapos también son amigos de nuestros anhelos de trascendencia y conocimiento cósmico, al menos ciertas variedadades de sapos bufos que contienen en sus glándulas psicofármacos visionarios como la bufotenina y el 5-MeO-DMT (mezclados, eso sí, con venenos fulminantes).


Sapos y drogas

Aunque existen algunas polémicas respecto del uso milenario y místico-ritual de los lisérgicos batracios, hay eminentes autoridades en materias psicotrópicas que apuntan a ciertas tradiciones chinas antiguas que hacen referencia a “sapos que conjuran visiones de esquisitez inaudita” (A. Escohotado en “Historia General de las Drogas”). Igualmente se le relaciona con el chamanismo americano y mesoamericano, teniendo esta ancestral cultura muchas representaciones de batracios en sus templos y esculturas.

En Grecia, alrededor del 1500 a.C. se cree que comenzaron los Misterios de Eleusis, uno de los cultos mas importantes de la Grecia antigua que se prolongaron durante siglos. En ellos, en los “misterios mayores de otoño”, los asistentes consumían una pócima llamada kykéon, que aunque tampoco se sabe a ciencia cierta su composición (aparte de que era un bebedizo que contenía agua, harina y menta), hay quien especula que podría contener ergot, el cornezuelo de centeno.

Este hongo parasitario de las gramíneas, según las zonas, puede tener gran índice de alcaloides letales (en Castilla, por ejemplo), pero en la zona eleusina era más rico en alcaloides visionarios poco tóxicos como la “amida del ácido lisérgico” (precursor del LSD-25, descubierto por el químico e intelectual suizo Albert Hoffmann en 1943, que vivió 102 años). Sobra decir que le daban también a la marihuana, el vino y el opio, cuyo uso estaba muy extendido, tanto en el marco de este tipo de rituales como en usos recreativos y medicinales.


Uso y abuso de estas drogas

De la antigua Grecia nos llega precisamente el acertado concepto de “phármakon”, de donde proviene el moderno término “fármaco” (medicamento). El phármakon contiene en sí mismo los elementos contrapuestos de “remedio” y “veneno”, como propiedades indisolubles de una misma sustancia. De la naturaleza de cada sustancia dependerán en mayor o menor grado el equilibrio de componentes nocivos o sanadores, y de la pericia en la aplicación de la dosis justa un daño o un auxilio. De esta manera, por ejemplo, el opio de la adormidera (de donde se sintetiza la morfina y por ende, la heroína), no es considerada “buena” o “mala” sino en la medida y la forma en que se consume.

Obviamente hay materias más venenosas que otras, y desde siempre ha sido labor de chamanes, hierofantes y hechiceros varios (que son los primeros médicos que existieron), desentrañar los misterios de las propiedades beneficiosas o perjudiciales de la ancestral farmacopea vegetal. Todo un arte sin duda. Luego llegaron los laboratorios y sus síntesis químicas. 

Es muy fácil caer en la tentación de idealizar románticamente todo esto, y creerse que por consumir este tipo de sustancias enteógenas, «psiquedélicas» y visionarias, uno va a ser iluminado por conocimientos místicos innaccesibles de otra manera. O que va a tener viajes astrales a otras dimensiones que le reportarán un crecimiento personal inaudito, un cósmico bienestar, comunicación con lo telúrico y/o lo divino. Verdad es que nada tienen que ver este tipo de drogas con otras como el alcohol, el tabaco, la cocaína o la metanfetamina. De hecho, en algunas terapias contra la adicción a esas drogas (y a cualquiera en general), y en el tratamiento de diversas enfermedades mentales bajo escrupuloso control, se ha experimentado con la psilocibina, el LSD o la ayahuasca, por ejemplo, de manera exitosa.

Según el usuario claro, pues a nefandos personajes como Charles Manson y su séquito de asesinos sectarios parece que no les sentaron muy bien tantos enteógenos. La tropa de atronados lisérgicos excede en mucho a los afortunados pacientes curados o a los amorosos y filosóficos psiconautas. Yo mismo he visto gente quedarse colgada aparentemente sin remisión por consumir sin orden ni concierto este tipo de psicofármacos, como los típicos “tripis” (cartoncitos impregnados de LSD), por los cuales siempre había alguien en el barrio que se había quedado en la parra.


Cielo e infierno

Como buen “phármakon”, estas drogas enteógeno-visionarias mal empleadas pueden desencadenar malos y aterradores viajes, accidentes y serios trastornos mentales. Ciertos estados de consciencia-inconsciencia y alucinaciones propias de estos compuestos, son inviables experimentarlos de una manera inmediata y festiva, sin una preparación previa, con compañías y en un entorno que no sean los adecuados. Mención aparte del delirio de percepción espacio temporal, extravagante motricidad o parálisis física que inducen. Y aunque no crean una adicción en el sentido más estricto del término, sí que hay personas que se enganchan a estos “viajes” y articulan su vida en torno a toda una parafernalia pseudomística de charlatanería barata que a la larga sale cara. Muchos acaban sin saber volver de esas otras “dimensiones”, y allí se quedan, con rostro desencajado y oración descompuesta.

Igualmente los poderes establecidos han hecho uso de este tipo de sustancias como medio de control mental (véase el infame “Proyecto MK-Ultra” desarrollado por la CIA en la década de 1950). Actualmente todas las drogas son un arma de control sociocultural, y ponzoñas como el alcohol están acabando con muchos nativos americanos con los que no acabaron las limpiezas étnicas coloniales y religiosas, en especial el sanguinario imperialismo católico y sus franquicias.

Supongo que los primeros colocones que se agarró el prototipo humano fueron por accidente, buscando comida se echaría al gaznate un hongo o una solanácea o lo que fuera y a fliparlo. De una forma u otra siempre hemos jugado a alterar nuestras mentes y cuerpos con sustancias exógenas, y crear toda una cultura estupefaciente que diera sentido a la vida. Es innegable y crucial la importancia histórica del chamanismo en la génesis y desarrollo de la medicina y la sanación espiritual, pero también es verdad que muchos chamanes y curanderos de esta guisa han sido de los primeros adictos existentes.

Un tipo diferente de adicto desde luego, completamente integrado en una cultura mística y supersticiosa integrada en el puro pulso de la Naturaleza. Como un phármakon en sí mismo, ni bueno ni malo. Sencillamente una persona que sin su droga carece de una identidad, y no sabe comunicarse con la naturaleza o el dios o la diosa o el elemento trascendental de turno que sea. También una manera de ejercer cierto dominio e influencia en la comunidad. 

Hay que salvaguardar y proteger el legado cultural del chamanismo y cualquier tribu indígena que haga uso de estas sustancias en el marco de sus ceremonias y sanaciones, eso por supuesto. Pero no caer en una vanidosa traducción a nuestros códigos hedonistas y frívolos de urbanitas humanos “modernos”, como hacen muchos apologetas intelectualoides del colocón universal, de que en la vida es una parada necesaria en la historia de todo ser humano tener que drogarse y “viajar” para conocerse a uno mismo de una manera “superior”. Porque además puede que en realidad no haya nada más allá, en un sentido físico, intelectual y espiritual, de lo que la droga pueda ofrecer por sus simples e inherentes efectos y el marco cultural-supersticiones-fe en el que se consume.

Lo que vivimos ahora es la grosera trivialización globalizada del consumo de estupefacientes, la total falta de respeto e ignorancia sobre lo que nos metemos en el cuerpo, la mente y el espíritu. Donde la mayoría de la gente no sabe relacionarse socialmente si no se toma “algo”. Y cualquiera debería acercarse con respeto y temor reverencial ante cualquier sustancia alteradora de la mente y el cuerpo, ante un simple vaso de vino o cerveza, incluso más a estos visto los estragos que causa el alcohol.


El psicotrópico definitivo

Necesarios usos estrictamente medicinales y terapéuticos aparte: ¿nos ha hecho mejor como especie, como individuos, como animales humanos, como lo que sea que seamos y podemos llegar a ser, el consumo de tantos fármacos y drogas? ¿Nos hemos conocido mejor a nosotros mismos? ¿Está la mente universal más iluminada? A tenor del panorama social mundial, es evidente que no. Sin embargo, hay una droga que parece que podría ayudarnos, una droga oculta en lo más profundo de nuestro interior, gratuita y siempre disponible: la sobriedad.

En los erráticos tiempos de narcosis y estupefacción global en los que vivimos, donde las drogas ya no revelan nada más que el peso de sus cadenas y la miseria en la que viven sus víctimas, lo revolucionario es embriagarse de sobriedad. Esta droga casi no tiene efectos secundarios, salvo los de mirarse de verdad cara a cara a uno mismo y al resto del mundo. Y esto sí que es un auténtico viaje místico trascendental porque lo telúrico, lo cósmico y lo divino ya residen en tu interior por sí solos, y no necesitan más que de una adecuada dieta y tu serena mirada para manifestarse. 

Un niño juega, aprende, crea, se ilusiona y se divierte como de adulto no sabrá hacer, y no necesita de ninguna sucia droga para hacerlo. Es la sociedad y sus estúpidos pasatiempos narcóticos quien le acabará engañando para convertirle en un consumidor que consume su propia ruina, y enriquece a los oscuros comerciantes de la desdicha humana. Para convertirle en un esperpéntico títere conformista fácilmente manipulable, con la mente siempre obnubilada y atrofiada. Se nos ha metido hasta el tuétano que necesitamos de una u otra droga para poder vivir, lo cual es falso, y tenemos que sacarnos de la cabeza esa mendacidad. Tenemos que extirpar el mismo concepto de droga de nuestras mentes. No obstante, yo, personalmente, tengo que sentirme muy afortunado, pues he aprendido un montón de las drogas: que cuanto más lejos estés de ellas más sano, espiritual, creativo, íntegro, pletórico y feliz serás. 


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