LA PANDEMIA DE LA ADICCIÓN A LAS DROGAS (II)

Estás triste, decaída y no tienes ganas de nada. Por momentos el mundo se te cae encima. Todo son preocupaciones: un trabajo estresante y desmotivador que no te gusta donde no pagan acorde a la carestía de la vida. Te acabas de separar de tu pareja y tienes que dejar la casa porque no puedes afrontar tú sola el alquiler. Los recibos sin pagar empiezan a acumularse y no sabes qué hacer… Para colmo a tu padre le han diagnosticado un cáncer. Lloras mucho y una angustia irrefrenable te embarga. Por las noches no consigues dormir por el ruido de los problemas que retumban en tu cabeza. Por las mañanas te cuesta levantarte porque estás agotada y no tienes energía para afrontar la batalla del día a día. Quisieras quedarte en la cama y no hacer nada, que el mundo siga su inexorable marcha y que te deje en paz. 

Tú también estás triste y el otro día caminando por la calle te dio un ataque de ansiedad. Alguna vez has sido presa de los nervios, del estrés, pero esta vez fue diferente. Nunca habías experimentado algo así: creías que de un momento a otro alguien saltaría sobre ti y te mataría. Te palpitaba el corazón con vehemencia y te costaba respirar. Todo se tornó borroso. Te mareaste y estuviste a punto de darte de bruces contra el suelo.

Te sentaste desconcertado, buscando respuestas. A ti la vida se supone que te va bien: tienes un trabajo que te gusta. Eres un soltero alegre y ligón con un montón de amigos y una familia encantadora que te quiere… ¿Por qué ese repentino ataque de pánico y paranoia? ¿De dónde vienen la desidia y la congoja que últimamente te acompañan? ¿Será que te estás pasando con el alcohol, el éxtasis y la farlopa? ¿O serán los ecos de los abusos que sufriste de niño?


Drogas que alivian el malestar…

Los dos váis al médico de cabecera, y en la sala de espera hay más personas como vosotros con diversos problemas que han desencadenado los mismos síntomas. Todos tenéis esperanza en que él sabrá escucharos y ayudaros pero el médico tiene la agenda muy apretada y tiene que darse cera en despachar a los pacientes. Quisieras contarle toda tu vida y cómo no te mereces las cosas que te pasan y sentirte tan mal, pero para eso tendrás que ir al psicólogo o al psiquiatra. Pero no te preocupes, que mientras tanto él te recetará unas pastillas que te ayudarán.

Te ha tocado tomarte unas drogas llamadas benzodiacepinas, concretamente “alprazolam”, 1 pastilla tres veces al día. Lees el prospecto y te sorprendes de que el médico no te haya dicho absolutamente nada sobre cosas tan importantes como: “Las benzodiacepinas pueden ocasionar una pérdida de memoria y reacciones tales como: intranquilidad, agitación, irritabilidad, agresividad, delirios, ataques de ira, pesadillas, alucinaciones, psicosis, comportamiento inadecuado y otros efectos adversos sobre la conducta”. “Al cesar el tratamiento con alprazolam pueden aparecer síntomas parecidos a los que le llevaron a comenzar el tratamiento con alprazolam (efecto rebote)”.El uso de benzodiacepinas puede conducir a una dependencia” o “Efectos adversos muy frecuentes (pueden afectar a más de 1 de cada 10 personas): Depresión, Sedación, Somnolencia, Trastorno de la coordinación (ataxia), Alteración de la memoria, Dificultad para articular palabras (disartria), Mareo, Dolor de cabeza, Estreñimiento, Boca seca, Fatiga, Irritabilidad.” Uuffff, no parece el medicamento más idóneo para tratar un estado de ansiedad y tristeza depresiva.


Cuando el remedio es peor que la enfermedad

Tienes la sensación de que no deberías tomarlas, y aparte del riesgo de engancharte, parece que los posibles efectos adversos pueden empeorar tu estado de ansiedad e incluso desembocar en algún tipo de psicosis y/o depresión profunda. Pero si te las ha recetado el médico por algo será. Él sabrá lo que te conviene en tu estado. Y como no puedes soportar más la angustia y la tristeza, te las tomas. 

Al principio parecen funcionar y hasta sientes una leve euforia. La ansiedad, la tristeza, los pensamientos negativos casi han remitido pero te sientes muy somnoliento y asténico a lo largo del día y te cuesta poner en orden tu mente. No sientes gran cosa, y los problemas siguen ahí. Han pasado un par de meses desde que empezaste a tomar las pastillas y crees que ya es hora de dejarlas. No aguantas más esa somnolencia y abulia crónica producto de su consumo. Quizá hayan funcionado y la ansiedad y esa horrible aflicción no vuelvan a aparecer. Pero en cuanto tu cuerpo nota la abstinencia de la droga, claro que aparecen, esta vez con una intensidad devastadora acompañada de taquicardias, incluso temes por tu vida. Vas como una exhalación a por la tableta y te tragas una pastilla con las manos temblorosas.

El médico te dice que no puedes dejarlas de tomar repentinamente, que tienes que ir reduciendo la dosis. Pero en cuanto reduces la dosis, la ansiedad y los oscuros pensamientos aparecen porque el medicamento crea tolerancia y tienes que consumir más. Ya estás enganchado, eres otro adicto más a una droga, pero no te preocupes que gozas de cierto privilegio: el médico te ha puesto en la nómina de los enfermos crónicos y disfrutas de barra libre de pastillas a un módico precio. Ni siquiera tienes que ir ya a la consulta para las recetas, en el sistema informático de cualquier farmacia figuran tus credenciales de drogadicto institucionalizado con acceso libre a la droga. 


Tu vida empeora con estas drogas

Han pasado los años y eres un esperpento de todo lo que una vez pudiste llegar a ser. Tus problemas no se solucionaron sino que empeoraron al no estar capacitado para afrontarlos en tu estado de sedación narcótica. Además de benzodiacepinas llevas tiempo tomando antidepresivos y neurolépticos. Has sido internado en varios ocasiones en el psiquiátrico debido a brotes psicóticos e intentos de suicidio. También le das a los estimulantes, fumas muchísimo y cuando bebes alcohol te agarras unas curdas espantosas y colapsas. Parece un milagro que sigas vivo. No tienes trabajo ni nada que te apasione. Estás hecho una piltrafa y te pasas el día catatónico viendo la tele. Todo el mundo te ha dado de lado. Pero tienes mucha suerte de que te hayan concedido una paga y un piso de acogida. Y todo empezó con unas emociones mal gestionadas y unas pastillitas que te recetaron. 

Según datos del Informe de la “Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes” (JIFE) del 2020, España es el país del mundo donde más se consumen benzodiacepinas por cada 1000 habitantes. Se estima que se despachan al día más de 2.350.000 dosis de estas peligrosas ponzoñas (a las que habría que sumar otra ingente cantidad de otras drogas hipnóticas y sedantes). Somos unos campeones en la manera de tratar nuestras ansiedades y depresiones, supongo que también por la cantidad de psicólogos clínicos que tenemos en el Sistema Nacional de Salud (SNS): 6 por cada 100.000 habitantes (según datos del Ministerio de Sanidad del 2018), tres veces menor que la media europea. Por supuesto el consumo ha subido durante la coronavírica pandemia, y lo sigue haciendo.

En un artículo publicado en el New England Journal of Medicine titulado “Our Other Prescription Drug Problem” (“Nuestro otro problema de drogas de prescripción”), los investigadores afirman que el número de muertes por sobredosis vinculadas a las benzodiazepinas en EEUU se han multiplicado casi por nueve entre 1999 y 2015, pasando de 1.135 a 8.791. Pero también “Las benzodiazepinas figuran con frecuencia en los informes sobre casos de sobredosis letales causadas por opioides como la metadona”, según Informe mundial sobre Drogas de Naciones Unidas del 2018.

Así que habida cuenta de la crisis de sobredosis por opiáceos que atraviesan EEUU y Canadá, con miles de muertes anuales, asimismo cabe esperar el protagonismo de las benzodiacepinas en el fatal desenlace. Y, además, dicho informe también asegura que: “El consumo con fines no médicos de sedantes hipnóticos comunes como las benzodiazepinas y otras sustancias similares constituye hoy en día uno de los principales problemas de consumo de drogas en unos 60 países”.


El botiquín de la abuela

Los ansiolíticos, tranquilizantes, sedantes, barbitúricos, antidepresivos y compañía se están convirtiendo en integrantes fijos de nuestros botiquines, junto con analgésicos, antiinflamatorios y somníferos. Son drogas que solo deberían usarse en casos muy puntuales y bajo un estricto control para tratar los síntomas en cuadros extremos de ansiedad. O tratar el terrible y letal delirium tremens alcohólico, por ejemplo (claro que, irónicamente, un síndrome abstinencial de adicción severa a las benzos, puede desembocar en síntomas parecidos al delirium).

Pero en ningún caso recetarlas como si fueran caramelos, a mansalva, que es lo que sucede. Pues lejos de ayudar a curar a los enfermos de estas modernas parcas llamadas ansiedad y depresión producto de nuestro desquiciante estilo de vida, los abisman más en sus garras al zombificarlos y anular sus recursos interiores, mentales y espirituales, para ayudarse a sí mismos. Es una especie de camisa de fuerza invisible que te aliena.

Esta vida no es fácil, en cualquier momento puede surgir una tragedia, una pérdida, un dolor físico y/o emocional, cualquier cosa que nos nuble la razón y el sentido, que nos abata en la desesperación. Pero el mundo tampoco se parará por ello a ayudarte, sino que te dará de sus delirantes drogas para que te las apañes tú solito. 


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