LA PALOMA DEL NORTE (III)

En el ayuntamiento hacen sesiones plenarias una vez al mes: comienzan alrededor de las nueve y media de la mañana y nunca se sabe cuándo van a terminar. Hasta para una paloma curiosa como yo, esas sesiones resultan muchas veces de lo más aburridas, aunque eso con Odón era casi imposible. Se reúnen todos los concejales, el secretario, el interventor y por supuesto el alcalde que es quien la preside. Siempre hay por ahí algún ordenanza pendiente de los deseos de los políticos: un vaso de agua, un café, unas fotocopias…

Como ya expliqué en otro capítulo, Odón adolecía de pánico así que, cuando tocaba pleno, cerraba a cal y canto todos los accesos al salón. La verdad es que era muy divertido observar a los trabajadores preguntándose por dónde acceder al piso de abajo o cómo atravesar el cordón policial para ir al otro lado. Odón mantuvo hipotecados los accesos porque le molestaba que alguien interrumpiera la sesión de pleno: ciudadanos cabreados, sindicalistas reivindicativos, colectivos enfurecidos…

Poca gente estaba contenta con las decisiones de este alcalde porque cualquier cosa que proponía, casi siempre la conseguía… ¿Para bien de la ciudad? Si tenía que pasar por encima de alguien, lo hacía sin contemplaciones. Si tenía que negociar algún asunto con Vitoria-Gasteiz -Gobierno Vasco- o con Madrid, allá que iba sin contar muchas veces con su propio equipo de gobierno.

La paloma de Alderdi Eder

Aún hoy se rememoran ciertas imágenes de él quitándose la gabardina y sacando pecho delante de unos adolescentes que corrían por la Parte Vieja y la zona del Boulevard. Les espetaba llamándoles “cobardes” pero cuando alguno apareció armado con piedras, corrió a esconderse detrás de un vehículo. Todo aquel teatro lo hizo a sabiendas de que le estaban grabando. Se mostró muy valiente porque se sentía seguro con sus dos guardaespaldas armados. Sabe ocultar su miedo tras su capa de soberbia pero las palomas de Alderdi Eder somos muy observadoras.

Nosotras las palomas (no sé por qué algunos nos rebajan a la categoría de ratas con alas), también viajamos mucho, no siempre estamos en el mismo lugar esperando las migajas de pan de doña Mercedes. Aquel día había desayunado en abundancia y me encontraba con fuerzas para seguir al vehículo. Odón salió del edificio y con esa velocidad que imprimía a sus piernas, subió al coche y le dijo al chófer: “¡Llévame a Artikutza!”.

¿A estas horas? ¿Tan tarde? ¿Qué hay allí para ir con tantas prisas? Y por cierto ¿qué lugar es ese? Una paloma compañera me lo contó: Artikutza es un enclave en Navarra que pertenece a San Sebastián. Al parecer hace mucho tiempo, un señor muy rico compró esos terrenos y el ayuntamiento donostiarra construyó algo más tarde un embalse. No es una zona segura para nosotras las palomas porque casi todo es bosque y en él habitan algunos de nuestros principales depredadores. Pero la curiosidad me puede ¡qué le vamos a hacer!


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