LA PALOMA DEL NORTE (II)

Cuando hace mal tiempo -cosa muy normal por estas latitudes-, me gusta posarme en el alféizar de la ventana de Alcaldía, esa que casi siempre tiene las cortinas echadas. Nunca entenderé por qué a este hombre (Odón Elorza) le gusta tanto la oscuridad. Lo que no sabe es que, cuando se ausenta de su despacho, alguien viene a descorrerlas y la luz penetra hasta el más recóndito de su lugar de trabajo. Como paloma que soy me llevo el susto correspondiente. Pero esa claridad dura poco cuando él hace su aparición…

Así estaba yo esperando a que escampara cuando entró cargado de papeles y expedientes municipales. Los dejó encima de su mesa, se quitó la gabardina y el foulard y agarró el auricular del teléfono. Parecía realmente enfadado, tanto es así, que cuando al otro lado de la línea alguien le contestó, comenzó a vociferar y a gesticular con grandes aspavientos: cuando él gritaba, todo el ayuntamiento lo escuchaba.

De paloma a humanos ¿os cuento un secreto? Odón Elorza odia a los funcionarios. El que nunca ha conocido el trabajo remunerado, el que no sabe lo que es ganarse el pan con el sudor de su frente, el que vive de un sueldo público desde siempre, no puede ver a los funcionarios. ¿Por qué? ¿Envidia por no haber aprobado una oposición? Es más ¿alguien sabe cómo sacó la carrera de Derecho? Bueno, esa es otra historia para la paloma del Norte…

Quizás no fuera solo envidia o solo odio, quizás había algo más… Yo arrullaría (traducción para humanos: “diría”) que era MIEDO. Siempre llegaba al ayuntamiento en el coche “oficial” con chófer y guardaespaldas. El vehículo lo dejaba en la misma puerta que él cruzaba raudo y veloz, así como el pasillo que le conducía al ascensor que solo llegaba a Alcaldía, un piso más arriba. Tenía el récord de velocidad y miedo, sí.

Atravesaba como una exhalación la corta distancia entre dicho ascensor y su despacho. Nunca se paraba a hablar con nadie. Iba lanzando “buenos días” a todo aquel que se atrevía a saludarlo. Muy pocas personas osaban acercarse para comentarle algo y fueron cada vez menos cuando un día decidió instalar un arco detector de metales en la entrada a las oficinas municipales.

Su miedo y su odio plasmados en la forma de un gran detector de metales. ¿De verdad pensaba que algún funcionario de su propio ayuntamiento iba armado a trabajar? Aparte de los que legalmente podían llevar pistola que ¡oh casualidad! eran sus propios guardaespaldas.

Era tal su pánico que más de una vez decidió encerrarse en el Salón de Plenos… Suerte que lo flanquean grandes ventanales y balcones para seguir de cerca sus movimientos… Acabo de ver un gusano y tengo hambre.


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