LA OBEDIENCIA CIEGA COMO PERVERSIÓN

Obedecer no es un valor, no es una virtud. La obediencia ciega al individuo, convirtiéndose en una actitud de sumisión y sometimiento a la que la autoridad social ha tildado de actitud correcta. La obediencia es, en sí misma, una posición que legítima la cobardía y favorece el control sobre el individuo.

La palabra es libre; la acción muda; la obediencia ciega

Friedrich von Schiller.

La obediencia debida se consolida en la infancia, cuando se exige, como algo adecuado y adaptativo, que los niños se sometan sin miramientos al condicionamiento del mundo adulto. Eres bueno si eres obediente. Eres malo si no haces lo que se te dice. Y, en general, la sociedad estigmatiza al que no se somete, al que se rebela o al que osa contradecir una orden establecida. Y así, llegamos a ser adultos adulterados, adultos que vivimos con la angustia de ser rechazados, castigados o despreciados si no somos obedientes.

La obediencia anula nuestra identidad

La obediencia es la anulación de la identidad del ser libre, de tener criterio y respetar nuestra conciencia moral o personal ante cualquier acto por dañino o perverso que éste sea. Reduce la disonancia cognitiva ante un acto perverso porque favorece el sentimiento de protección y seguridad que da ser aceptados por el grupo o por quien ostente el poder y tenga ascendencia sobre nosotros.

Así la persona que obedece deja de sentir tensión y entra en armonía psicológica porque el acto que realiza, sea cual sea, le hace sentir estabilidad gracias a la aprobación y la aceptación de quien se lo establezca. Pero no nos equivoquemos, la obediencia es una actitud pusilánime, irresponsable y cómplice de cualquiera al que se considere autoridad  y puede llegar a favorecer acciones ilícitas, sin que la persona que la use sienta el más mínimo remordimiento.

A lo largo de la historia y hasta la actualidad, vemos como personas, aparentemente normales, llevan a cabo verdaderas tropelías y realizan actos de abuso, desfavorables que perjudican a otros, simplemente porque responden a lo que se espera de ellos. Porque, directa o indirectamente, se les condiciona a actuar en una determinada dirección, aún sabiendo que lo que están haciendo es inmoral, injusto o lesivo para alguien.

El experimento de Milgram

En 1963, en la Universidad de Yale, el psicólogo Stanley Milgram comprobó experimentalmente esta realidad. Escogió a un grupo de 40 estudiantes universitarios a los que se les dijo que iban a participar en un estudio sobre memoria y aprendizaje. Los estudiantes harían de maestros. El que hacía de alumno era un actor pero ellos no lo sabían. Los maestros tenían que enseñarles una serie de conocimientos al supuesto alumno y después les harían preguntas sobre ellos. Por cada error que cometiera el alumno, los maestros deberían penalizarle, apretando unos botones que, supuestamente, generaban descargas eléctricas y éstas se intensificarían por cada respuesta equivocada. 

Al alumno se le sentaba y ataba frente al maestro y se le colocaban electrodos. Luego se les separaba en habitaciones contiguas. Así cada estudiante que hacía de maestro, estaría a solas junto al examinador y al alumno en la otra habitación. Éste escucharía las quejas y los gritos de dolor del actor, que hacía de alumno, que aumentaban cada vez que se incrementaba la potencia de las descargas. Las descargas más potentes llegaban a mostrar al alumno en absoluta desesperación y sufrimiento, con gritos desgarradores que terminaban en silencio. El experimentador le transmitía la consigna a cada  maestro de la importancia de respetar su compromiso con el experimento y cómo tenía que cumplir con su cometido para que los efectos fueran adecuados.

El resultado de la obediencia, por encima del criterio moral

Así, el resultado fue que los participantes obedecieron de tal forma, a las instrucciones y condiciones que les marcaba el experimentador, que si hubiesen sido verdaderas las descargas, el 60% hubieran matado al alumno. Y el 40 por ciento restante le hubiera causado un intenso sufrimiento, simplemente porque era más aceptable cumplir con lo establecido, ser un buen estudiante y comprometido con las consignas que marcaba la autoridad que atender a su criterio moral o a su conciencia personal frente al daño que estaban causando al compañero del experimento.

Ninguno de los estudiantes fue capaz de dejar el experimento y preocuparse por el supuesto alumno que estaba gritando de dolor en la habitación de al lado, sin pedir permiso al experimentador. Y como éste no les daba permiso, se mantuvieron obedientes en el papel que se les había asignado.

La responsabilidad y la libertad de la desobediencia

Este experimento es, al fin y al cabo, la muestra más evidente de la desafortunada función de la obediencia ciega, a la que nuestra sociedad somete a las personas desde que son pequeñas y a las que condiciona emocionalmente. Así las personas prefieren estar subyugadas a la autoridad, aunque lo que ésta dicte sea absurdo o incluso pernicioso, que ser libres y coherentes con su sensibilidad personal, sus convicciones o su criterio moral.

Si se entendiera que un pequeño acto de desobediencia, basado en criterios, principios éticos y sentimientos propios, es un paso hacia la libertad personal y se llevara a cabo, se descubriría el goce y el bienestar que da la responsabilidad personal.

Si las personas fueran valoradas cuando su acto de desobediencia les dignificara, entonces habría auténtica equidad y justicia en el mundo. Y la razón y la honestidad triunfarían frente a la sinrazón y la corrupción.

El acto de desobediencia como acto de libertad es el comienzo de la razón.

Erich Fromm

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