LA MUJER MALTRATADA

En la actualidad existen muchísimas relaciones de pareja donde la dependencia de la mujer hacia el hombre, termina convirtiéndola en víctima de maltrato psicológico y físico. Nuestra cultura y nuestra sociedad sigue favoreciendo que las mujeres se crean necesitadas de hacer y aguantar lo que sea para que las quieran y las aprueben quien esté con ellas. Así muchas mujeres maltratadas terminan sintiendo un vínculo de necesidad de ser queridas por quien las maltrata. Al final la relación se convierte en un auténtico calvario, en una adicción terrible que las condena de por vida. 

 Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas.

Mary Wollstonecraft

Tanto si no salen de ella como si por fin consiguen liberarse de esa relación enferma, la sociedad no les ayuda. La mayor revictimización de la mujer maltratada la hacen las instituciones que deberían atenderlas, protegerlas y ayudarlas a desarrollar poder sobre sí mismas y ser emocionalmente libres.

Mujer maltratada: tortura y dolor infernal

Mi amiga me decía que estaba enamorada de su marido y sé que realmente era desdichada. Se creía que le quería. No se daba cuenta de que estaba sometida. Lo que realmente necesitaba era su propio espacio arrebatado, el que hace años le cedió a él. De esta manera ella no tenía autonomía y libertad. Cada día se sentía más pequeña. 

Él se sentía dueño de su realidad. Era despiadado y arrogante. Desprecios, insultos, control, malhumor, burlas, gritos y algún que otro empujón. Ella era el pilar de la casa. Trabajaba, estaba formada, cuidaba a sus hijos, y no se quejaba. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué permitía tanta humillación?

Decía que él la quería pero que era un hombre que sufría mucho, con una infancia difícil. Un hombre estresado, cansado y amargado. Él se justificaba diciéndole a ella que era la culpable de su malhumor y su frustración porque le agobiaba, le exigía, se quejaba y no le valoraba. Ella creía que era poco comprensiva, por eso sacaba lo peor de él. Incluso pensaba que no tenía paciencia, ese era el motivo por el que él se alteraba y desajustaba. Ella se esforzaba mucho por cambiar para conseguir que él se diera cuenta de cuánto le amaba.

Cuando en una relación dejamos que nuestro espacio afectivo dependa de otra persona, entonces dejamos de tener control y de gestionar nuestro sentir esencial, nuestra propia libertad de ser quienes somos. Si lo que hacemos es dar y a cambio esperamos recibir así el amor, lo más seguro es que suframos, aguantando lo que sea y no llegando a sentir más que dolor y aflicción, o en el mejor de los casos, una gran insatisfacción.

Una insana relación: mujer sometida y sin autonomía

Se nos olvida que el objetivo del amor no es dar ni recibir, es compartir. Sí, compartir afecto y bienestar para sentir mutuamente confianza y seguridad. El amor nos da alegría, ilusión y satisfacción personal. Y damos, no como objetivo a cambio de amor, y recibimos, no como una obligación de quien está con nosotros. Lo hacemos desde la motivación de un cariño mutuo que hemos forjado los dos, desde la ilusión, el gusto y la satisfacción.

Cuando busca una relación, la mujer prefiere gustar a un hombre en lugar de buscar a un hombre que le guste a ella porque le aporte bienestar y le haga feliz, es fácil desarrollar una insana relación. Deja de considerarse a sí misma y espera que sea el otro el que le otorgue valor. Su objetivo se convierte en su condena.

Le quiere tener contento, quiere que sea feliz gracias a ella, y le quiere gustar y agradar. Por eso hace todo lo que sea para que él la trate de forma especial: cede, se excede, se somete, se humilla. Y entonces es fácil que el hombre inseguro, el hombre que no sabe amar, se junte con ella, con la mujer que le necesita para sentirse querida y terminar sometiéndola a la tortura del dolor más infernal.

A veces el marido de mi amiga tardaba en llegar a casa. Ella ya sabía que posiblemente iba a venir mal. Cuando llegaba y venía enfadado, ella intentaba no hacerle caso para no tener problemas, esperaba a que se tranquilizara. Él lo que quería era buscar cualquier motivo para expresar su tensión y sentir poder sobre ella, haciéndola daño. Entonces decía: “y a ti ¿qué te pasa? ¿no me dices nada? o ¡eres una idiota!”. Ella se sentía realmente enfadada y le contestaba: “¿ya vienes con ganas de guerra? ¿vienes bebido?” Y él le respondía: “¡déjame en paz!”.

No es amor, es dependencia

Se sentía molesta porque él la miraba con desprecio y rabia, haciéndola sentir una desgraciada. Él decía: ¡Qué asco me das! Se sentía humillada pero seguía buscando que él le transmitiera un poco de afecto, de amor e intentaba de nuevo ayudarle a sentirse bien, hacerle feliz para que al final todo fuera bien. Entonces decía: “bueno anda, tranquilízate, que siempre acabamos mal”. Es en su flaqueza cuando él aprovechaba para arremeter contra ella. Se desmoronaba y lloraba.

Entonces estaba perdida porque él la reprochaba, le decía “¿por qué lloras? ¡qué tonta que eres! ¡deja de llorar! ¡Ya no te soporto, no te aguanto más!”. Llorando esperaba que después él ya relajado, le dijese algo que la convenciera y le permitiera sentir el aliento de aquel sentimiento que siempre soñó. Por otra parte, los niños durmiendo, queriendo creerse que estaban dormidos y que no escuchaban todo ese desmán que él generaba.

Soñaba con un cuento de hadas, esa expectativa insensata que nunca llegaba. Se convencía día tras día, que solo sería feliz si conseguía que su marido la amara y poder tener esa familia ideal que tanto añoraba. Ella aún le decía, después de tanto calvario, de someterse y callar: “¿Pero tú me quieres? ¿por qué me tratas mal?” El le contestaba: “claro que te quiero pero no te das cuenta que llego cansado y no puedo más. Si eres mi tesoro”. Al final ella sentía que él era así. La quería, pero el pobre estaba muy mal.

Cuando en una relación la mujer busca el afecto y el hombre seguridad, no es amor lo que se vive, es dependencia. Y esa mala transacción convierte una relación en un tormento donde por unas migajas de amor aparente se soporta un enorme sufrimiento. Y el hombre desajustado, inseguro y despiadado, nunca se sacia y solo obtiene seguridad a base de sometimiento, de control y de crueldad.

Mueres en vida cuando cedes tu libertad

La mujer que necesita sentir amor, no sabe cuidarse y amarse a sí misma, busca alguien que le aporte calor. Utiliza actitudes cargadas de engaño y de abnegación, basadas en creencias obsoletas, como que la mujer depende del hombre y lo necesita o que ha de tenerle contento para que la cuide, la quiera y sienta pasión.

El hombre que piensa igual y cree que es obligación de la mujer que le trate bien haga lo que haga, potencia un falso poder, creando un inmenso dolor en ella. El que no sabe amar, primero la daña y luego la ampara diciendo que es ella la que le maltrata. Ella se lo cree, se siente mal y culpable de no ser capaz que él la quiera. Está convencida que algo hace mal y es su responsabilidad.

En este laberinto de sombras y luces tan agridulce, se mueren en vida aquellas mujeres que ceden su libertad y su vida, queriendo ser amadas por quien más les maltrata.

Yo confío que algún día la mujer rompa con la idea de que necesita que la quieran y comience a vivir con la libertad de ser ella misma. Y si le apetece compartir amor, que busque a alguien que le guste a ella, que le aporte alegría, cariño, respete sus gustos y sus preferencias.

Es fundamental que cualquier mujer sepa disfrutar del mejor amor que hay en la vida, el que se conceda ella respetando siempre su espacio, su libertad y su propia vida.

No existe el amor, sino las pruebas de amor y la prueba de amor a aquel que amamos, es dejarle vivir libremente.

Anónimo

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