HAY DÍAS QUE UNO NO ESTÁ PARA NADA

En aquella ocasión por fin, todo estaba en orden. En ese orden establecido y que tantas veces parecía excesivo. Pero afortunadamente ese día todo estaba bajo control. El tiempo de tomarse un descanso estaba empezando a ser necesario. Las cosas estaban bien dirigidas, en la dirección que sólo uno controla y conoce el final de la carrera. Tal vez ¿demasiado perfecto todo? Un descanso no vendría mal. Tendría tiempo para pensar si todo era tal y como lo había planeado. Sí, lo mejor sería tomarse un descanso. Olvidarse de ese todo que no es nada, dejarlo a un lado, en ese lugar donde no existe nada. Estaba claro. El agotamiento hacía mella en él. Desconectó por completo, se durmió. Antes de dormir conectó el piloto automático y dejó el control en manos de quienes creía confiar, en aquellos a los que pensaba que le eran leales.

Pasó una hora, un día, tal vez un año. El tiempo pasó como un soplo de aire para él. Despertó de su letargo y miró la pantalla del ordenador de a bordo. Todo era un caos, el desorden que reinaba allí era absoluto. Sin embargo él sonrió levemente y pensó: “era de esperar, no siempre todo puede estar perfecto”. Empezó a conectarse con los diferentes lugares que debía dirigir y vio como estaba todo: un desastre. Realizó unas llamadas y esperó.

Una hora, un día, tal vez un año. Costó mucho trabajo volver a encauzar todo tal y como desde el principio, tenía previsto. Estaba muy cansado. Ya no era aquel joven que empezaba con un par de empleados y todo estaba perfectamente organizado… Bueno, casi todo. Ahora el número de personas se había multiplicado por miles en todo el mundo y necesitaba mucha ayuda y mucha confianza para que las cosas estuvieran bien.

El sobre esfuerzo que tuvo que hacer para volver a redirigir todo le llevó a un sopor incontrolado y se durmió. Esta vez no fue consciente de su letargo y cuando despertó no vio solución. Todo se volvió contra él. Quiso rehacerlo todo, volver al principio, rozar la perfección… Fue imposible. El hombre se hizo dueño y señor del mundo. Y lo hizo a su capricho, sin mirar ni dónde ni a quién pisaba o destruía. No escuchaba nada, no miraba atrás. Todo estaba bajo su poder, podía hacer lo que quisiera sin dar explicaciones a nada ni a nadie. Era el puto amo. Y al ver en lo que se había convertido su creación, Dios se durmió para siempre, su ordenador dejó de ofrecer las imágenes que pedía. Su teléfono se desconectó o quedó fuera de cobertura y él decidió perderse en el infinito y más allá.


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