¡NO PUEDO MENTIR! (III)

Franco no podía mentir y eso le llevó a tener una vida complicada. Ya en la guardería se convirtió en blanco de todas las regañinas de la profesora y de los tirones de pelo de sus compañeros por esa obsesión que tenía de rechazar cualquier tipo de mentira, por mínima que fuera.

Debido a esa “enfermedad” nunca tuvo amigos duraderos. Le aguantaban un día a lo sumo y siempre era el objetivo de los abusones de clase. Así fue la vida de Franco durante toda su época estudiantil.

Franco pronto llegó a la conclusión de que era mucho mejor para él y para su integridad física mantenerse al margen de su entorno y pasar desapercibido. Sin embargo no podía evitar saltar cuando detectaba la más mínima falsedad, algo que ocurría de manera constante. Independientemente de la edad de las personas que le rodeasen y de la situación individual, social y económica que tuviesen, todas y cada una de ellas mentían una vez sí y otra también. Era agotador para él corregirles de continuo con el fin de hacerles ver la verdad. Aquello se convirtió en un suplicio para Franco.

Sus padres no eran una excepción. Las discusiones con ellos eran constantes durante sus años de niñez y juventud. En muchas ocasiones, tras un buen rato de disputa, le encerraban en su habitación durante horas, hecho que Franco aceptaba de buen grado. De esa manera, al menos, tenía un rato de paz y de “verdad”.


No tuvo suerte en el amor

Aquella extraña “enfermedad” afectó incluso a su vida amorosa. Franco no era inmune a enamorarse como cualquier adolescente. El problema venía cuando comenzaban los típicos juegos que forman parte del cortejo, esas pequeñas mentirijillas que lo hacen tan atractivo y excitante. Franco no podía entender ese proceso, era incapaz de comprender cómo era posible que alguien rechazase un beso cuando todos los indicios previos indicaban que lo deseaba: las miradas, la postura corporal, las sonrisas, los gestos de las manos, los cruces de piernas… Y, por desgracia para él, así se lo hacía saber a las chicas y ellas, indignadas, le rechazaban una y otra vez .

Por consiguiente, Franco nunca tuvo suerte en el amor y sin embargo tampoco le importó demasiado. Prefería vivir solo, enfrascado en los videojuegos, que rodeado de mentiras. A pesar de que él sabía que el mundo virtual de los videojuegos era falso, lo percibía como algo “verdadero” y eso le hacía sentir una gran plenitud.

Pasaron los años, Franco seguía sin poder mentir y el amor seguía sin llamar a su puerta hasta que Alicia se volvió a cruzar de nuevo en su vida.


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