ETERNO Y HERMOSO CRUCE DE MIRADAS

Me desperté como todos los días a quince minutos de tener que salir de mi casa para llegar tarde al colegio. Tomé mi café con la tranquilidad de aquel al que le sobra el tiempo y salí. Caminé por las mismas cinco calles por las que camino todos los días. Nada diferente: misma heladería en la esquina, misma cerrajería, misma panadería. Ya estoy tan acostumbrado a pasar y ver las mismas cosas que el día que algo cambie ni siquiera me voy a percatar.

En la parada del tren, las mismas personas de siempre esperando los mismos autobuses colectivos de siempre que pasan a la misma hora de siempre. Llegó el autobús a los diez minutos — igual que ayer y seguramente, que mañana. Me subí, saludé al chófer con una sonrisa mientras le decía mi parada y me quedé parado en el medio del autobús apoyado contra uno de los caños. Sumido en mi música, veía sin ver quién iba subiendo al autobús, hasta que una joven a la que no había visto antes me arrancó de mis cavilaciones.

Era hermosa pero no tan hermosa. Tenía algo, un “no sé qué” que llamaría la atención de cualquiera. Era bajita, delgada, una nariz curva sin llegar a ser aguileña. Cachetes redondos, tenía una cara casi caricaturesca. Después de observarla disimuladamente unos segundos, cruzamos la mirada. Ahí está ese “no sé qué”, sus grandes y hermosos ojos negros. No, no eran sus ojos, era su mirada, profunda, penetrante. Una mirada capaz de infundir miedo o valor, capaz de congelar o derretir, una mirada ambigua.

Al chocar nuestras miradas, sentí un sudor frío caer por mi espalda. Mis manos empezaron a resbalar del caño. El aire que inflaba mis pulmones se negaba a oxigenarme. Mi corazón estaba por estallar. No podía seguir sosteniendo la mirada, pero estaba en poder de esos ojos. Sentía que sí se cortaba ese puente, si dejaba de ver esas perlas oscuras, moriría. Cuando ella me liberó de su atrapante mirada, observé a mí alrededor y noté que solo nos habíamos movido unos pocos metros. Ese eterno cruce de miradas solo duró un segundo.

Seguí observándola, deseoso de que vuelva a regalarme otro segundo de sus ojos, hasta que se levantó cabizbaja, tocó el timbre y bajó. Ahora subo al autobús con la esperanza de volver a encontrar esos ojos — u otros tal vez — capaces de volver inmortal a quien los mire.


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