EN LA GUERRA TODOS PIERDEN

Entre el 11 de marzo de 1990 y el 25 de diciembre de 1991 tuvo lugar la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron un acuerdo internacional para declarar la desaparición del estado socialista más grande del mundo. Esto marcó así mismo el fin de la guerra fría. El entonces presidente de la URSS Mijaíl Gorbachov quiso reformar el sistema socialista para virar hacia el capitalismo. La reforma se bautizó como la “Perestroika”. Esto llevó al colapso económico de la Unión cosa que no gustó nada a la parte más conservadora del Partido Comunista. Fue el comienzo de la desintegración del sistema de las repúblicas socialistas. La primera en conseguir la independencia fue Rusia, seguida por la declaración de soberanía estatal de Ucrania. En 1991 se reconocieron la independencia de Estonia, Letonia y Lituania.

Parece que los ucranianos o al menos el poder político, querían borrar del país todo rastro de comunismo. A primeros de diciembre de 1991 se celebraron en Ucrania las primeras elecciones, dejando bien clara la posición de sus habitantes. Más del 90% apoyaban la Declaración de Independencia y elegían presidente. Tres años más tarde fue suscrito el Memorándum de Budapest. En éste, entre otros puntos, Ucrania cedía a Rusia 5.000 bombas nucleares y los correspondientes vehículos necesarios para usarlas. Así mismo se incluyeron 176 misiles balísticos y 44 aviones bombarderos de gran alcance y con capacidad nuclear.

En 1997 los presidentes de Rusia y Ucrania firmaron el “Tratado de Amistad, Cooperación y Asociación. Establecían las bases para sus «relaciones en los principios del respeto mutuo, la igualdad soberana, la integridad territorial, la inviolabilidad de las fronteras, la solución pacífica de las controversias, la no utilización de la fuerza ni la amenaza de la utilización de la fuerza”

Pero la economía de Ucrania no pasaba por su mejor momento. El periodista Georgiy Gongadze fundó un periódico en internet donde publicaba la corrupción de los políticos de su país. Fue secuestrado y asesinado. Nadie osó culpar al gobierno reinante pero los rumores señalaban como instigador al presidente prorruso Leonid Kuchma. Este hecho sumado a las sospechas de fraude en las elecciones presidenciales, dieron origen a la “Revolución Naranja”.

El año 2004 llegaba a su fin con miles de manifestantes, actos de desobediencia civil y huelgas por todo el país. La consecuencia de esta revolución fue la decisión del Tribunal Supremo de anular las votaciones y convocar nuevas elecciones. Esta vez bajo la estricta mirada de los observadores internacionales. La victoria se decantó para la oposición con el 52% de los votos. El nacionalismo ganaba en Ucrania. Con la investidura de Víktor Yúshchenko como presidente, la Revolución Naranja se desactivó.

Para muchos rusos esta Revolución Naranja estaba vinculada al fascismo. La esposa de Yúshchenko -Kateryna Chumachenko- había nacido en los Estados Unidos y situaban a la familia con grupos de extrema derecha. Esta unión entre ucranianos y americanos llevó a la creencia de que la Revolución fue incentivada por la CIA.

En el verano de 2008 Ucrania anunció que firmaría un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea pero la condena de la esposa del líder de la oposición Viktor Timoshenko a siete años de prisión por delitos financieros, empañó el esfuerzo del país para integrarse en la Unión Europea. Los representantes de la U.E. presionaron para que Ucrania pusiera fin a la detención de Yulia Timoshenko por su delicado estado de salud. Ella acusaba al presidente de estar detrás del asesinato del periodista.

Tras encadenar multitud de reuniones y aplazamientos en 2013 Ucrania seguía sin entrar en el mercado europeo. Las exigencias de Europa eran las reformas electoral, judicial y constitucional por parte del gobierno ucraniano. Pero lo que de verdad preocupaba era el doble juego del país ya que el presidente Yanukóvich negociaba al mismo tiempo con el gobierno ruso para la cooperación con la Unión Aduanera de Bielorrusia, Kazajistán y Rusia. En vista de que no se llegaba a un entendimiento, un decreto suspendió las conversaciones entre unos y otros. En su lugar propuso la creación de una comisión de comercio entre Ucrania, la Unión Europea y Rusia. Todo ello puso en pie de guerra a los partidos de la oposición dando inicio al “Euromaidán”: una ola de protestas aún más grande que la Revolución Naranja.

Los disturbios y las manifestaciones recorrieron todo el país pidiendo la dimisión del presidente Víktor Yanukóvich. Como siempre que hay una revuelta algunos grupos de extrema derecha aprovecharon la circunstancia para tomar edificios como el del Ministerio de Justicia en Kiev, llegando a secuestrar a funcionarios públicos. Se contabilizaron un total de 98 muertos, 15.000 heridos y 100 desaparecidos. El Parlamento convocó elecciones resultando ganador el partido proeuropeo comandado por Petró Poroshenko. La investidura del nuevo presidente supuso un cambio en el país: ahora pasarían a formar parte de la OTAN.

Pero Yanukóvich no se rindió. En marzo de 2014 el expresidente solicitó a Rusia el uso de fuerzas militares para restaurar el orden en Ucrania. Mientras en la península de Crimea soldados rusos armados y sin identificar iniciaron maniobras. Vladímir Putin recibió la autorización del Parlamento ruso para desplegar sus tropas en Ucrania y tomar el control de Crimea. En la península votaron en un referéndum la unión con Rusia como estado federado. Así se declaró la independencia como República de Crimea y solicitaron formalmente la anexión a la Federación de Rusia.

Mientras tanto la tensión fue creciendo en el resto del país entre los partidarios de Rusia y de Europa. Se organizaron milicias locales en las regiones de Donetsk y Lugnask. Tomaron edificios gubernamentales y declararon la autonomía de ambas repúblicas. Los disturbios son conocidos como la “guerra del Donbás”. Tras el derribo del vuelo 17 de Malaysia Airlines en julio de 2014 por misiles antiaéreos, la Cruz Roja consideró que había un estado de guerra civil. Tanto es así que el Ministerio de Justicia solicitó la prohibición del Partido Comunista en Ucrania. Siete años más tarde Rusia desplegaba su ejército en la frontera con Ucrania y estallaba -de nuevo- el conflicto.

Siempre se sabe que en un guerra todos pierden. Y que ninguna es justa. También que la primera víctima en un conflicto armado es la información veraz. La enorme partida de ajedrez que disputan OTAN y Rusia con las agencias de espionaje de por medio, ya va durando muchos años. Prácticamente desde la creación de la Organización al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Se habló de “guerra fría” en su momento pero da igual la acepción que le demos: siempre los americanos serán los buenos y los rusos los malos.

En marzo de 1986 el gobierno socialista con Felipe González a la cabeza (el señor X), se celebró un referéndum para consultar a la población su permanencia en la OTAN. Con una participación casi del 60% ganó el “sí” en todo el territorio menos en el País Vasco, Cataluña y parte de las Islas Canarias. Actualmente el gobierno socialista de Pedro Sánchez en lugar de ayudar a la población con víveres, agua o atención médica, envía armas a los ucranianos.


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