EMILY IN PARIS

La serie protagonizada por Lily Collins aterrizaba en el catálogo de series de Netflix el pasado 1 de octubre, avalada por el hecho de ser producida por Darren Star, productor de Sexo en Nueva York, y por contar con Patricia Field, la estilista encargada de seleccionar los looks de las sempiternas Carrie, Charlotte, Samantha y Miranda. Naturalmente, este lance no ha pasado desapercibido para Netflix, que lo ha aprovechado y rentabilizado ad infinitum. 

¿Por qué? Porque irremediablemente, usted candoroso lector, habrá caído en la trampa de la retorcida estrategia de marketing elaborada por los productores de la serie y, consecuentemente, habrá pensado que Emily in Paris es la sucesora natural de Sexo en Nueva York, pero nada más lejos de la realidad. Nada más lejos de la realidad porque lo único que comparten ambas son los ya mencionados, productor y estilista. Cualquier otra semejanza entre ellas es pura coincidencia.

Así si lo que en Sexo en Nueva York resultaba innovador, reivindicativo y genial, en Emily in Paris resulta ramplón, cutre e impostado. Es por ello por lo que el hecho de compararlas resulta todo un agravio. Sin embargo, dada la insistencia de Netflix y de sus productores por hacerlo, parece conveniente argumentar por qué no hay comparación posible. 

Aviso a navegantes: si usted forma parte de ese grupo de individuos que inexplicablemente declaran abiertamente su amor por Emily in Paris, deje de leer este artículo ipso facto o mejor, quédese y sea partícipe de la constatación de su cuestionable gusto en cuanto a productos audiovisuales se refiere.

Emily in Paris Vs Sexo en New York

La primera diferencia obvia entre ambas producciones es el guión. El de Sexo en Nueva York es un guion brillante porque era inusitadamente valiente para su época. El nuevo milenio aún no se había abierto paso y el mundo ya era partícipe de las aventuras y desventuras de Carrie, Charlotte, Miranda y Samantha. Unos personajes que eran abordados desde un punto de vista realista y sin omisiones.

Retratar la vida de cuatro treintañeras en Nueva York implicaba necesariamente tratar todo tipo de temas, incluso los tabú como el sexo, contribuyendo al empoderamiento femenino, aunque sin caer en la chabacanería y en el mal gusto. Pero más allá de eso, el gran logro reside en la creación de personajes individuales, no idealizados que no son reales, pero que podrían serlo perfectamente.

Porque en todo grupo de amigas siempre habrá una Carrie que no sepa demasiado de hombres, pero sí de zapatos. Una Miranda adorablemente cínica y dispuesta a disfrutar de su éxito, no a disculparse por él. Una Charlotte que piense que los príncipes azules siguen existiendo -¡ilusa!-; y una Samantha, valiente, descarada -y por qué no decirlo- bastante promiscua.

Asimismo, otro punto a favor, sin duda, es que el guión de la serie parece escrito por un neoyorkino de pro que conoce los places to be más in de la Gran Manzana, que contribuye a ese pretendido realismo y a que sus personajes no caigan en la caricatura. 

Por el contrario, el guion de Emily in Paris parece escrito por un niño provinciano de doce años que vive en la década de los 60, y que no ha viajado al extranjero en su vida. Las aventuras de Emily en la capital gala se reducen a ser un pastiche de clichés presentes en cualquier comedia romántica cutre protagonizada por las omnipresentes Kate Hudson, Katherine Heigl o Jennifer Aniston. Pero la cosa no queda ahí, porque su personaje principal, encarnado por la sosísima adorable Lily Collins, parece una Blancanieves perdida en pleno 2020 porque resulta igual de anacrónica y plana.

A diferencia de lo que ocurría con Sexo en Nueva York, que alguien pueda identificarse con Emily parece casi imposible, pues su desarrollo como personaje es nulo y su personalidad es equiparable a la de una ameba. Emily es la personificación de la pedantería y se cree una heroína al acudir al rescate de una compañía de marketing que, al parecer, antes de la irrupción de la misma, no tenía ni no -ni noticias- sobre qué eran las redes sociales.

Porque recuerde, si no es usted norteamericano, lo más probable es que no tenga acceso a WIFI. ¿Redes sociales? ¿Qué invento del diablo es ese? Pero por si no fuera poco, Emily es una pánfila de manual, y ver cómo sus compañeros de trabajo le hacen el vacío resulta todo un guilty pleasure. Porque sea sincero, usted haría lo mismo. 

Aunque, sin duda, lo más bochornoso es la forma en que se retrata a los franceses, los cuales son caricaturizados ad nauseam. Porque, al parecer, los franceses solo comen baguettes y croissants, o no comen. ¿Quién necesita hacerlo cuando uno se puede alimentar de aire y glamour? Pues eso. Además parece ser que también son vagos, infieles, sexistas por naturaleza y profundamente xenófobos.

Asimismo, como si retrocediese en el tiempo hasta el reinado de Luis XIV, parece ser que su relación con el aseo personal sigue siendo un tanto conflictiva. Como ya lo hicieran sus pasados versallescos, los franceses prefieren optar por un buen eau de parfum antes que una buena ducha. Todo muy Ancien Régime. 

¿Y qué hay de la moda? La moda es, sin duda, uno de los ejes vertebradores de Sexo en Nueva York. Porque, además de dedicarse a hablar sobre relaciones interpersonales, Carrie era una apasionada de la moda hasta límites insospechados y su estilo era una extensión de su personalidad, como ocurría en el caso del resto de personajes. Carrie prefería gastarse el dinero en comprar la revista Vogue, en lugar de la cena, porque la alimentaba más. Su vestidor estaba plagado de zapatos de Manolo Blahnik, de bolsos de Fendi y de conjuntos de Dior. Porque, definitivamente, quien dijera que el dinero no da la felicidad, no tenía ni noticias de las colecciones de Galliano para Dior. Y todo eso con un sueldo de columnista. Eso sí que es hacer magia.

Por el contrario, en Emily in Paris el papel que juega la moda es puramente ornamental. Emily no tiene estilo ni nociones de ello. Es capaz de llegar una mañana a París, vestida cual granjera busca esposo, con botines track y camisa de leñador y transformarse en Cenicienta de noche, poniéndose un tutú, no porque sepa qué es el “new look” de Dior ¡qué demonios es eso!, sino porque es el primer resultado de la búsqueda “estilo parisino” en Pinterest. Aunque, si por algo destaca Emily en el terreno estilístico, es por tener la habilidad de mezclar estampados y colores de la forma más desacertada posible, hasta el punto de lograr que parezca que se viste a oscuras. Sin duda, un hito al alcance de pocas. 

Emily in Paris es, en fin, una serie hueca y anacrónica hecha a base de clichés, que guarda un estrecho parecido con casi todas las comedias románticas que han visto la luz desde el inicio del milenio. Sin embargo, si hay algo a lo que no se parece es a Sexo en Nueva York, serie con la que apenas guarda relación, pero que aún así es utilizada como herramienta de marketing para intentar envolver a este producto vacuo en un áurea de prestigio que no tiene. 


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