EL TRAUMA EN LA INFANCIA: CÓMO AFRONTARLO

El trauma en la infancia afectará a la vida adulta de una persona. Decía el psicólogo, fundador y creador del Análisis transaccional Eric Berne, que la infancia humana es el momento de mayor indefensión y más sufrimiento de la vida, incluso aún teniendo una situación de bienestar familiar y social. Pequeños o grandes, intensos o leves, pero no hay ninguna persona que no hayamos vivido algún trauma en la infancia. En la infancia se reprime dolor y se acumulan miedos para adaptarse a las normas de nuestra sociedad. 

Hay mecanismos psíquicos que nos ayudan a olvidar, a seleccionar o a reinventar para poder sobrevivir y llegar a la época adulta sintiendo que nuestra infancia realmente, no fue tan infeliz o incluso creer que fue muy feliz. Si las vivencias fueron intensas y desgarradoras, las personas conectan con una infancia cargada de miedo, dolor y frustración.

Los adultos vivimos, por tanto, afectados por los traumas de nuestra infancia. Y nuestros desajustes, menores o mayores, son el reflejo de nuestras vivencias. Pero lo que no sabemos, es que si aprendimos a vivir con la impotencia y el miedo, ahora tenemos la oportunidad de desarrollar recursos para superar nuestras limitaciones, las que nos afectaron transgeneracional y educacionalmente. 

Este artículo pretende dar una primera pauta para comprender y para reajustar emocionalmente el dolor y el miedo que llevamos dentro. Espero que pueda servir de reflexión y de ayuda. 

Este conjunto constituido por un temperamento personal, una significación cultural y un sostén social, explica la asombrosa diversidad de los traumas.

Boris Cyrulnik

El trauma: reacción ante la amenaza

El trauma es una reacción psíquica desconcertante e intensa que se produce cuando sentimos amenaza de forma inesperada en nuestra realidad vital. La amenaza puede afectar a nuestra seguridad, a nuestra estabilidad, a nuestro bienestar, a nuestra libertad o a nuestras expectativas. 

Los bloqueos emocionales son indicadores de traumas, de momentos en los que no pudimos resolver, liberar ni regular emocionalmente el dolor sentido. Y esos bloqueos nos desregulan, nos alteran y nos impiden actuar guiados por las sensaciones naturales y cubrir las necesidades esperadas o deseadas. Pero no podemos huir de las sensaciones, de hecho, no debemos huir. Ellas nos guían. Las desagradables nos dicen lo que nos incomoda o daña y las agradables lo que nos da bienestar y nos beneficia.

Es llamativo cómo en muchas ocasiones, somos incapaces de alejarnos de situaciones dañinas o de acercarnos a decisiones que nos beneficiarían. Nos acomodamos al malestar y nos impedimos disfrutar de muchas opciones que nos apetecen. Decimos sí cuando queremos decir no, o decimos no cuando quisiéramos decir sí. Y lo hacemos por temor. 

El miedo emocional lo aprendemos cuando hemos desarrollado la incapacidad de librarnos del dolor en nuestra infancia. Así, vivimos conectados con diferentes miedos inconscientes que hemos asumido como parte de nuestra esencia. Estamos con una activación de ansiedad basal, vivimos asustados y no nos damos cuenta. Y en función del tipo de trauma, su naturaleza, su intensidad, su duración y el momento en que lo hayamos vivido, tendremos una forma diferente de actuar ante circunstancias que conecten con el bloqueo original.

El miedo regula nuestras vidas

Estamos sensibilizados y aferrados a conductas defensivas, las mismas que aprendimos a utilizar para distraer nuestro dolor original, ese que no pudimos liberar. Terminamos desarrollando un patrón reactivo ante la amenaza. También terminamos integrando para sentir seguridad, el mismo patrón de comportamiento que cuando éramos niños, nos hizo daño. 

Cuando esperabas un abrazo y no te lo daban o lo que es peor, te regañaban o te daban un tortazo. 

Cuando necesitabas tranquilidad para afianzar seguridad y te invadían tu espacio emocional con discusiones, con gritos o con violencia. 

Cuando eras tú la víctima del maltrato, al sentir obligación forzada a aguantar el daño que te ocasionaban. 

Cuando no te apreciaban o te despreciaban. 

Cuando no entendías qué pasaba y nadie te lo explicaba y tu única opción era distraerte o bloquearte para no sentir más confusión. Porque si protestabas o te enrabietabas surgía algo aún peor…

Cuando te forzaban a hacer cosas y al ser obediente te valoraban por ello. Y si lo hacías bien, te premiaban pero si lo hacías mal te castigaban o despreciaban.

Y si te rebelabas entonces sí te maltrataban.

Esas formas de sentir y de vivir las hemos tenido en nuestra infancia. La falta de información, de respeto y comprensión, es habitual que acompañe a los niños. Nos enseñan a obedecer, como si eso fuera en sí mismo un valor. Nos da miedo ser diferentes, tener pensamiento libre. Nos enseñan a someternos y aprendemos a reprimir la frustración y el miedo. Y a algunas personas les va aún peor porque lo que les hacen o dicen está cargado de más abuso, de desajuste, con daño expreso y con un nivel de intensidad de la amenaza que afecta a su seguridad física y emocional.

El bloqueo emocional: el dolor

Desplazamos, proyectamos, fantaseamos y nos desviamos de lo esencial, encontrar nuestra estabilidad, nuestra protección natural: vivir en la confianza que nos da estar tranquilos, vivir con bienestar, con coherencia emocional y libertad personal. Sentir un espacio de seguridad protegiendo nuestro estado de armonía, conectando con la calma, con la certeza y con la alegría interior. Esa idea insensata y autofrustrante de que nos sentiremos mejor si conseguimos que cambien los demás, es la que desarrollamos cuando en nuestra infancia, pensar eso, era la única opción.

No desarrollamos regulación emocional porque nos quedamos bloqueados, perdemos nuestra estabilidad, nuestro bienestar o nuestra libertad y no entendemos por qué. Identificamos que lo que sentimos es lo que somos y somos miedo y dolor. Intentamos sentirnos mejor mirando para otro lado, guardando en nuestro interior el sentir de ese daño vivido. Eso nos produce desajustes en la forma de actuar y de enfrentarnos a la vida. Y la única forma de restaurar en la etapa adulta nuestra naturaleza esencial, es reparar emocionalmente lo que en su día no pudimos regular y liberar. 

Hay un aspecto psíquico que nos mantiene bloqueados por el trauma vivido: la incredulidad (lo no esperado negativo). Es conveniente primero detectar cuántas veces nos sorprende la vida con situaciones que nos producen incredulidad y ante las que no sabemos reaccionar. No nos podemos creer lo que nos dicen, lo que nos hacen, lo que sucede. Ante ello, no actuamos como desearíamos sino que nos frustramos o incluso lo justificamos para poder aceptarlo y seguir viviendo como si no pasara nada. Esto nos sobrecarga, nos daña.

Busquemos la forma de liberarnos del dolor

Tenemos que ser conscientes que hay un bloqueo que nos conecta con una actitud aprendida en la infancia y que surge en la actualidad para poder liberarnos de él, cambiar nuestra forma de actuar y superar el estado de incertidumbre y dolor que tenemos bloqueado. Debemos dedicarle tiempo a atender lo que sentimos, lo que queremos, lo que necesitamos y ver qué nos impide actuar en nuestra ayuda, encontrar soluciones y buscar la forma de liberarnos. 

¿Qué emoción nos ayuda a liberar la incredulidad? ¿Qué sensación queremos cubrir? ¿A qué tenemos miedo? ¿Cómo nos gustaría actuar si no lo tuviéramos? 

Las emociones reguladoras del dolor que produce el malestar son: la tristeza para liberar dolor y comprender tu deseo, y la rabia como emoción para poner límites y superar el miedo. La tristeza como abrazo a la sensación de dolor, y la rabia sana y afectiva para decir NO a lo que incomoda y SÍ a lo que apetece. 

Exprésalo por escrito con tranquilidad, afecto interior y decisión. Léelo. Conecta con tu cuerpo. Conecta con tu estado emocional. Vívelo. Compréndete y actúa. Disfruta del cambio que sientes si lo consigues.

Una vez que el trauma está bajo control, el miedo es de poca utilidad y disminuye.  

Martin Seligman

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