EL SÍNDROME DEL AGOTAMIENTO EMOCIONAL

El agotamiento emocional es un estado de incapacidad, desgana psíquica y física para poder hacer frente a las demandas y exigencias habituales de la persona. Este estado hace que se tenga una ausencia absoluta de energía. También de deseo de seguir realizando actividades que se venían asumiendo con alta carga de compromiso y responsabilidad personal.

El síndrome del agotamiento emocional es un estado de derrumbamiento físico y psicológico. Es más conocido por síndrome de “burnout” o “estar quemado”. Aunque surge y se asocia al ámbito laboral, está muy relacionado con la forma en que las personas se implican en las actividades que realizan, sobre todo cuando estas actividades entrañan gran carga de esfuerzo emocional. O incluso suponen un coste personal por lo angustioso y complejo que puede ser el problema que deben afrontar.

El psicólogo Herbert Freudenberger acuñó el término “burnout”. Lo definió como una sensación de existencia agotada debido a la alta percepción de sobrecarga por exigencia de energía, recursos personales y fuerza espiritual del individuo. Habitualmente este síndrome se produce en actividades que requieren una atención continuada de ayuda hacia los demás. La actitud de quien brinda la ayuda suele estar ligada a una gran empatía. Se excede en el nivel de energía y atención que presta hacia quienes requieren asistencia. Esto impide a la persona autorregular las propias necesidades de equilibrio y bienestar. 


¿Se puede enfermar por agotamiento emocional?

Este síndrome se suele presentar en personas que trabajan en el cuidado, apoyo o atención a personas dependientes, tanto humana, psicológica o físicamente. Esa implicación suele ser de largos periodos de tiempo y afectan emocionalmente a la persona que ayuda. Por tanto, va reduciendo sus reservas, desarrollando un agotamiento físico, emocional y mental intenso.

El trastorno de agotamiento es la forma en que el organismo de quien ayuda se paraliza, para que deje de gastar energía de más en un vínculo que está desequilibrado. La única forma de que el cuidador cuide de su propia estabilidad, es que se produzca un cansancio generalizado unido a un estado de desmotivación y apatía propio de este síndrome. Es un sentimiento de “no puedo más”, “no puedo ni quiero seguir ayudando”, “estoy agotado física, psicológica y espiritualmente”, “estoy harto”…

Además incluye un sentimiento de despersonalización que implica distanciamiento, irritabilidad. También pérdida de motivación hacia las personas a las que se ayuda. Se produce un sentimiento de frustración y fracaso al ver que las demandas que se siente que hay que atender, exceden a la capacidad de hacerlas frente.

Se puede decir que no es tanto lo que se está haciendo sino cómo se está haciendo, lo que hace que se desarrolle el síndrome. La persona parte de una actitud de “salvadora” hacia los que demandan apoyo. Siente que puede y debe comprometerse con la situación. Desarrolla a su vez una impotencia constante para poder resolver o solucionar el bienestar de esas personas.

Hay determinados factores personales que favorecen el desarrollo del síndrome. Esto son: alta sensibilidad, empatía, autoexigencia, sentimiento de ser indispensable, expectativas no realistas, elevada implicación, dificultad para poner límites, actitud de sobreadaptación. O una elevada ambición para conseguir cubrir objetivos, idealismo. Su forma de vivir está centrada en la ayuda o el apoyo a los demás.

Su posición de apoyo hacia los demás y su dificultad para decir no a las demandas, así como cumplir con los compromisos adquiridos, acentúan la sobrecarga. Se exponen progresivamente a una exigencia del entorno al que ayudan. Ante las elevadas expectativas y objetivos que se plantean, desarrollan sentimientos de miedo y culpa. De esta manera aumentan la tensión emocional y física cuando sienten que no han cumplido con lo que creen que se proponen. 


Se sufren síntomas mentales y físicos

El cuadro crónico de agotamiento se produce por la acumulación de los diferentes factores estresantes que van percibiendo progresivamente. Generan baja autoestima, agobio, melancolía, tristeza y sentimientos de fracaso e impotencia. Es un proceso y por tanto se va desarrollando por fases que van desde leve, moderada, grave a extrema.

En la fase leve las personas desarrollan síntomas físicos como: dolor de cabeza, neurálgicos o musculares. En la fase moderada pueden aparecer problemas de sueño y alta dificultad para la concentración. También falta de interés por realizar actividades que le generen esfuerzo mental. Por último en la fase grave, aparece el cinismo y aversión a tareas relacionadas con la ayuda que dispensan. En la fase extrema: aislamiento, depresión, crisis existencial y suicidio.

No es sencillo prevenir el desarrollo del síndrome de agotamiento emocional. Esto es porque en muchas ocasiones el perfil de la persona que lo desarrolla tiene una actitud vital y unas inquietudes personales y profesionales tendentes a la ayuda. Igualmente al apoyo hacia las necesidades de los demás. Así su estilo de vida termina siendo absorbido por esta forma de funcionar en su ambiente personal, familiar, social y profesional. La sensación de no tener alternativas que le satisfagan más que aquello que está en su guión vital para sentir autorrealización, hace que aumente la implicación y la dedicación precisamente a esa forma de funcionar.  


La libertad personal y estabilidad como claves

Para poder abordar el problema y facilitar cambios útiles que ayuden a la persona que lo padece, es muy importante tomar conciencia de este hecho en las primeras fases de evolución. Así se pueden tomar medidas que ayuden a modificar los pensamientos que mantienen las conductas dañinas. Y son, a su vez, poco respetuosas con el equilibrio personal. El propósito es poder facilitar cambios saludables para que la persona que lo sufre potencie otros aspectos de su personalidad que están inhibidos. Así modulan y amplían la forma de entender sus propósitos e inquietudes vitales. 

Cuando la persona se encuentra ya en las últimas fases, la necesidad de respetar el estado de desapego por la actividad se hace necesario. Tiene que recuperar su estabilidad y su libertad personal. Desconectar de todo aquello que le ha generado sobrecarga y estrés emocional, físico y mental. Sobre todo de la dedicación a atender a los demás desde la actitud de “salvadora”. Dedicarse a sí misma y buscar actividades tranquilas y de autorregulación mental y emocional. Hacer actividades manuales, pasear, conectar con la naturaleza, descansar, leer. En definitiva, buscar formas de potenciar el autocuidado. 

El cuidado de la regulación energética del metabolismo está afectado por el estrés emocional. Igualmente está asociado a la alimentación. Por eso es necesario aumentar la ingesta de agua tomando dos litros diarios durante tres meses. Eliminar de la dieta los tres grupos mas activadores de glucosa: maíz, trigo y arroz. Y aumentar la ingesta de verduras de hoja verde y proteínas vegetales.

Para finalizar decir que es imprescindible que la persona cambie de rol. Que sea ella la que reciba atención afectiva. Necesita aprender a respetar su espacio personal y emocional. De la misma forma, es recomendable que acuda a terapia psicológica. Todas estas recomendaciones son imprescindibles para producir una transformación vital que favorezca un cambio de adaptación personal. Una forma diferente de percibirse a sí misma y de relacionarse con el mundo que le rodea.


Tags from the story
, ,
More from Ana María Álvarez Sánchez
MI HIJA: UNA ADOLESCENTE AUTISTA
Cuando se enteró de que era autista, respiró. Se sintió aliviada y...
Read More
Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.